¿Cuántas veces no salimos a buscar alguna cosa que nos urge y volvemos a casa cargados de bagatelas y habiendo olvidado lo más importante? ¿O nos reunimos para tratar un tema y se habla de todo menos de aquello? En el Evangelio se ilustra una situación semejante pero referida al conjunto de la vida. Un escriba le pregunta a Jesús cuál es el mandamiento principal. No es extraña la pregunta porque, en tiempo de Jesucristo, el judaísmo había llegado a conocer casi un millar de preceptos. De ahí que algunos disputaran sobre cuál era el más importante.

Desde otra perspectiva podríamos decir que aquel escriba pregunta: ¿qué es lo más importante qué debo hacer para que mi vida tenga sentido?, o bien ¿qué no puede faltar en mi vida? Jesús recuerda el mandamiento principal que tiene dos partes: amar a Dios sobre todas las cosa y al prójimo. De hecho son las dos caras de la misma moneda, porque no podemos amar a Dios y despreciar al prójimo y, viceversa, para amar verdaderamente al prójimo debemos hacerlo desde Dios.

Este precepto resume la moral cristiana. Como bellamente decía san Juan de la Cruz: “Que ya no tengo oficio, que ya sólo en amar es mi ejercicio”. San Agustín lo sintetizó de otra manera: “Ama y haz lo que quieras”. Y el santo carmelita insistía, “En la tarde de la vida serás examinado sobre el amor”.

Es fácil darse cuenta de que el precepto del Señor corresponde verdaderamente al deseo de nuestro corazón. Quien ama, como Cristo nos enseña, cumple su vida. Por eso san Agustín señalaba que el pecado no consiste más que en un desorden de los amores. Y pone algunos ejemplos gráficos. Dice que si un marido regala a su mujer un anillo y ésta se fija en el anillo y no en el esposo que se lo ha dado (se entiende como término), entonces es fácil pensar que quiere más el regalo que a quien se lo da. Además, en seguida nos damos cuenta de que los demás mandamientos concretan el primero. 

La Virgen nos enseña que todos los mandamientos son concreciones del mandamiento principal y primero.