Se va tensando el ambiente de confrontación entre los Sumos Sacerdotes, los líderes religiosos del Templo, las autoridades romanas y los discípulos de Jesús. Cuando el temor y el miedo se convierten en el motor de las decisiones, es necesaria una víctima que se convierta en el blanco de todas las iras. Jesús acoge esa función redentora y liberadora. Su sentencia está decidida. Ahora la maquinaria del mal y del pecado se activa. Para dañar, para herir, para provocar dolor hay que proponérselo, hay que quererlo y hay que emplear los instrumentos necesarios para que se active ese satánico plan. Todos los personajes que intervienen en el juicio, las acusaciones, la sentencia, y el proceso de detención, tortura y finalmente crucifixión de Jesús deja aflorar todo lo oculto que la humanidad va acumulando cuando vive alejada del amor de Dios. Jesús ha venido para ser luz, e ilumina la pequeñez, los miedos, las mentiras y ambigüedades de los hombres.

La fe de Jesús no ofrece ofertas ilusorias o ingenuas. No habla de hacernos una vida fácil, cómoda, sin sufrimiento, ni dolores. Lo que nos enseña sirve para ser verdaderamente humanos, vulnerables, frágiles, pero fortalecidos por la presencia y fortaleza que nos da el Espíritu de Dios que habita en todos nosotros y nos regala la fortaleza y la sabiduría para vivir en medio de los afanes y tribulaciones del día a día. Somos pura fragilidad y pura vulnerabilidad, pero una fragilidad acompañada y habitada. Jesús reúne a sus discípulos consciente de que el ambiente se había enrarecido y tensado. Sabe que las autoridades judías le han sentenciado. Sabe que sus discípulos están empezando a flaquear, algunos ya lo han abandonado, sabe que Judas ha estado dialogando con los sumos sacerdotes y que le han puesto precio a su cabeza. Sabe que su final está cerca. Lo que nosotros vivimos cuando estamos acorralados por las dificultades suele ser una defensa que se vuelve ataque.

Todos los gestos, palabras, miradas y acciones están siendo ventana de cómo es Dios. Jesús recuerda cómo se sintió en la unción de Betania. Como le alivió y le dio consuelo ese gesto de la mujer que le lavó los pies con sus lágrimas, que vertió perfume en sus pies, que le secó con su cabello. Esa mujer que con un derroche de amor le acarició el alma. Y eso mismo lo quiere hacer con sus discípulos. Sabe que las circunstancias les sobrepasa. Son unos buenos hombres, pescadores, rurales, que conocieron a Jesús y pusieron su confianza en Él. Pero sabe que en medio del conflicto se bloquean, se paralizan por el miedo. Y Jesús quiere darles consuelo, quiere que se sientan confortados. Y se levanta, y se arrodilla, y se ciñe la toalla, y se pone a lavarles los pies. Es la imagen de en qué Dios creemos. Es el Dios que se arrodilla frente a lo humano. Que se preocupa de levantarnos y de darnos consuelo en medio de los conflictos de la vida. Jesús les dice a los discípulos que es precisamente nuestra dimensión consoladora la que nos identifica con Dios.