Hoy la Iglesia celebra la memoria de san Juan María Vianney, el santo Cura de Ars, patrono de todos los párrocos. Y el Evangelio de hoy nos ofrece una imagen preciosa para entender tanto su vida como la misión de todo cristiano.

Los discípulos están en medio del lago. Es de noche. El viento es contrario y las olas sacuden la barca. Seguramente muchos de nosotros nos sentimos así alguna vez: haciendo lo que podemos, pero con la sensación de que las dificultades son demasiado grandes.

Y entonces aparece Jesús caminando sobre las aguas. Lo primero que hace no es calmar el mar, sino calmar el corazón de los discípulos: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».

Es significativo. Muchas veces queremos que Dios elimine inmediatamente nuestros problemas, pero Él empieza regalándonos su presencia. Porque cuando Cristo está en la barca, las tormentas no tienen la última palabra.

Pedro se atreve a dar un paso impresionante. Sale de la barca y camina sobre el agua. Mientras mantiene la mirada fija en Jesús, todo parece posible. Pero cuando empieza a fijarse más en el viento que en el Señor, el miedo lo vence y comienza a hundirse. Cuando ponemos el foco en nuestras fuerzas, en nuestras preocupaciones o en las dificultades, acabamos perdiendo la paz. Sin embargo, basta un grito sencillo: «Señor, sálvame», para que Jesús extienda la mano.

San Juan María Vianney vivió precisamente de esa confianza. Humanamente no destacaba por sus grandes cualidades intelectuales. Incluso tuvo muchas dificultades en sus estudios. Pero aprendió a mantener siempre la mirada puesta en Cristo. Pasaba largas horas delante del Sagrario, convencido de que un sacerdote no puede sostener a los demás si antes no se deja sostener por el Señor.

Por eso miles de personas acudían a Ars. No iban buscando a un hombre extraordinario, sino a alguien que transparentaba la presencia de Jesús. Su vida nos recuerda que la verdadera fecundidad de la Iglesia no nace de la eficacia, sino de la santidad.

Hoy es también un buen día para rezar por todos los sacerdotes. Para que, como el Cura de Ars, sepan señalar siempre a Cristo y no a sí mismos. Y para que nunca olviden que, incluso cuando arrecian el viento y las olas, el Señor sigue acercándose y repitiendo las mismas palabras: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».