Hoy la Iglesia celebra la fiesta de la Transfiguración del Señor, uno de esos momentos del Evangelio en los que, por un instante, el cielo parece abrirse.

Jesús lleva consigo a Pedro, Santiago y Juan a un monte alto. Allí, delante de ellos, su rostro resplandece como el sol y sus vestidos se vuelven blancos como la luz. Los discípulos contemplan, por unos momentos, la gloria que normalmente permanece escondida bajo la humanidad de Jesús.

¿Por qué ocurre esto?

Porque muy pronto llegará la cruz. Jesús sabe que sus discípulos van a vivir el escándalo de la pasión, el miedo y la oscuridad. Y antes de ese momento les concede un anticipo de la Pascua, una luz que puedan recordar cuando todo parezca perdido. Es como si les dijera: “Cuando me veáis crucificado, no olvidéis quién soy realmente”.

Pedro reacciona como reaccionaríamos muchos de nosotros: «¡Qué bueno es que estemos aquí!». Quiere detener el tiempo, construir tres tiendas y quedarse para siempre en aquella experiencia tan hermosa.

Y, sin embargo, el Evangelio continúa bajando del monte.

Porque la vida cristiana no consiste en permanecer siempre en los momentos de consuelo, sino en dejar que esos momentos nos den fuerza para afrontar el valle, la rutina y también la cruz. Todos necesitamos nuestros “Tabor”: esos instantes en los que sentimos especialmente cerca a Dios. Pero no son un destino, sino un impulso para seguir caminando.

En medio de la escena resuena la voz del Padre: «Este es mi Hijo, el amado… Escuchadlo».

Es una invitación muy actual. Vivimos rodeados de voces, opiniones, prisas y ruido. Cada día escuchamos cientos de mensajes que quieren decirnos cómo vivir, qué pensar o qué buscar. Y, en medio de todo ese ruido, el Padre nos recuerda cuál es la voz que nunca deberíamos dejar de escuchar: la de su Hijo.

El Evangelio termina con un detalle precioso. Los discípulos, llenos de miedo, caen rostro en tierra. Entonces Jesús se acerca, los toca y les dice: «Levantaos, no temáis».

Así actúa siempre el Señor. No solo nos muestra su gloria; también se acerca a nuestra fragilidad. Nos levanta cuando caemos y nos devuelve la paz para seguir adelante.

Quizá hoy, en la fiesta de la Transfiguración, el Señor quiera regalarnos precisamente eso: la certeza de que, aunque a veces el camino pase por la oscuridad, la última palabra nunca la tiene la cruz, sino la luz de Cristo resucitado. Por eso podemos seguir caminando con confianza, escuchándolo y dejándonos transformar poco a poco por su presencia.