En este XIX domingo del Tiempo Ordinario, el Evangelio nos presenta una escena que refleja muy bien nuestra propia vida.
Los discípulos están en una barca en mitad del lago. Es de noche. El viento sopla en contra y las olas no les dejan avanzar. Seguro que más de una vez nos hemos sentido así: haciendo todo lo posible, pero con la sensación de que la vida se complica, que los problemas nos superan y que Dios parece estar lejos.
Sin embargo, Jesús nunca ha dejado de mirar a sus discípulos. Mientras ellos luchan contra el viento, Él está orando. Y, cuando llega el momento oportuno, se acerca caminando sobre las aguas.
Lo primero que hace no es calmar la tormenta. Lo primero que hace es calmar el corazón de los suyos: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».
Es una enseñanza muy profunda. Muchas veces le pedimos al Señor que elimine inmediatamente nuestras dificultades. Él puede hacerlo, pero con frecuencia comienza regalándonos algo aún más importante: su presencia. Porque cuando descubrimos que Cristo está con nosotros, incluso la tormenta cambia de significado.
Pedro da entonces un paso valiente. Sale de la barca y empieza a caminar sobre el agua. Mientras mantiene la mirada fija en Jesús, lo imposible se hace posible. Pero, en cuanto fija la atención en el viento y en las olas, aparece el miedo y comienza a hundirse.
¿No nos pasa también a nosotros? Cuando vivimos mirando constantemente nuestras preocupaciones, nuestros límites o las noticias que nos inquietan, es fácil perder la paz. El miedo acaba ocupando el lugar de la confianza.
Pero hay un detalle precioso. Pedro no pronuncia una oración larga. Solo grita: «Señor, sálvame». Y el Evangelio dice que “enseguida” Jesús extendió la mano y lo agarró. No esperó a que Pedro demostrara una fe perfecta. Lo sostuvo en medio de su fragilidad.
Quizá esa sea una de las grandes noticias de este domingo: la fe no consiste en no tener nunca miedo. Pedro tuvo miedo. La diferencia es que, cuando empezó a hundirse, no dejó de mirar a Jesús. Le pidió ayuda.
Todos tenemos tormentas: una enfermedad, una preocupación familiar, una decisión difícil, una incertidumbre sobre el futuro. El Evangelio no promete que desaparecerán de un día para otro. Pero sí nos asegura que nunca las afrontamos solos.
Hoy Jesús vuelve a acercarse a nuestra barca y nos repite las mismas palabras que escucharon los discípulos aquella noche: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Y quizá la pregunta que nos deja es muy sencilla: ¿qué estoy mirando más estos días: el viento y las olas… o a Jesús? Porque cuando la mirada permanece fija en Él, incluso en medio de la tormenta, el corazón encuentra una paz que el mundo no puede dar.