La solemnidad de la Asunción nos recuerda que María, después de haber compartido plenamente la vida y la misión de su Hijo, participa también de su gloria. Su destino está unido al de Cristo: la que acogió al Señor en su seno y en su corazón es llevada en cuerpo y alma a la vida eterna. En María contemplamos la primera realización de la esperanza que Dios ofrece a toda la humanidad: la resurrección y la plenitud de la vida. Ella es la nueva Eva, junto al nuevo Adán, Jesucristo, y anticipa nuestro propio destino glorioso. La Asunción nos revela así la dignidad y la nobleza del cuerpo humano, llamado no a la corrupción definitiva, sino a participar de la gloria de Dios. María no fue ajena al sufrimiento ni a la muerte; como su Hijo, recorrió el camino de la entrega y del amor. Por eso, su muerte puede contemplarse como una verdadera «dormición», una maduración del amor que la conduce al encuentro definitivo con Cristo. Celebrar hoy a María es celebrar también nuestra esperanza. En ella descubrimos que la muerte no tiene la última palabra y que nuestra existencia está llamada a la plenitud. Su Asunción nos invita a vivir con los pies en la tierra, pero con el corazón orientado hacia el cielo. Y nos recuerda que quien acoge a Cristo y vive en el amor está ya caminando hacia la vida que nunca termina.