Hoy lunes escuchamos a Jesús invitándonos a seguirle a Él, no a unas normas, unas leyes o unas directrices morales. A la fe no se llega por un asentimiento intelectual o a una adhesión racional a un código de conducta. Se llega a la fe por un encuentro con la persona de Jesús que despierta en nosotros una respuesta agradecida. El joven del Evangelio se acerca a Jesús desde una insatisfacción evidente. No hay autocomplacencia, ni sentimiento de satisfacción. Hay inquietud de quién ha probado por todos los medios llegar a la plenitud y por fin descubre que no es su esfuerzo, ni sus recursos lo que le darán la felicidad. Siente que por mucho que se esfuerce, nunca llegan los resultados de una vida en paz y alegría. Que necesita que alguien le responsa a todas sus dudas y sus inquietudes. Y piensa que es Jesús que se las puede resolver. Por eso se anticipa, sale a su encuentro, y se postra a sus pies.
Jesús por su parte le acoge, le presenta la Ley de Moisés y sus mandatos como el camino ordinario para vivir la Alianza. El joven siente que todo lo que dice Jesús él ya lo vive, ya lo cumple. Muestra cierta dosis de arrogancia, de seguridad en sí mismo, de una autoestima alta, pero sigue esperando que Jesús le ilumine en su inquietud. Y Jesús lo hace: Vende todo lo que tienes y sígueme. Cambia radicalmente tus prioridades y tus seguridades. Hoy la llamada es a abrir caminos nuevos. Dejar los apegos, los logros, la sala de trofeos de nuestra vida, nuestras comodidades actuales para volver a ser seguidores del Reino Evangelio nos confrontan con la exigencia y la radicalidad del seguimiento a Jesús. Para poder ser plenamente de Dios y de los hermanos, es necesario soltar amarras, salir de nuestras zonas de confort y atrevernos a caminar por donde el Espíritu nos guíe, confiando únicamente en su providencia. El joven no quiso fiarse de Jesús y se marchó entristecido. Ojalá que nosotros no tengamos actitudes de ricos y podamos dejar espacio en nuestro corazón para que Jesús sea el más importante.