Uno de los grandes problemas de nuestro mundo es la apropiación que hace de lo que son dones y regalos de parte de Dios. Nos sentimos dueños de todo, de la tierra, de sus recursos, de las personas, del tiempo. Estamos deseando que se haga nuestra voluntad, olvidando la petición humilde de que se haga la voluntad de Dios. Y eso vuelve casi imposible una relación de dependencia amorosa respecto a Dios. El sentimiento de superioridad, de arrogancia, nos dificulta el acceso al corazón de Dios y del hermano. Se he empoderado el individualismo, el aislamiento, el que cada uno haga lo que quiere, sin cultivar la gran fuerza que tiene lo comunitario y la búsqueda conjunta del bien común. Por eso la fe lo que busca es despertare una identidad de hijos de Dios y las promesas esperanzadas que Dios pronuncia lleno de amor.
Hemos vivido recientemente la alegría de ganar el segundo mundial de fútbol de nuestra historia. Y una de las declaraciones más comentadas de nuestro seleccionador es citando a Alfredo Di Stéfano es: “Ningún jugador es tan bueno como todos juntos.” Esa cita es aplicable también en la vida de la Iglesia. Pedro le pregunta a Jesús sobre la recompensa que van a recibir los que nos decidimos a seguir a Jesús. Y Jesús habla de una recompensa común, no privada ni individualista. El verdadero tesoro y la gran recompensa no es la seguridad que podamos acumular. Es la relación que tengamos con Dios y con los hermanos. Nuestra fe se hace creíble cuando el mundo ve en nosotros el rostro de Jesús. El seguimiento de Cristo nos exige no seguir nuestro propio capricho o gusto, y es por esto buscamos mirar a Jesús que nació, vivió y murió en una vida sencilla y pobre. Pidamos al Señor que nuestro corazón se mantenga indiviso, rechazando todo afecto que entorpezca el poder amar a Dios con toda la mente y el corazón. Dialoga con el Padre sobre nuestra disposición a buscar y hacer sólo su voluntad, al estilo de Jesús.
Estamos llamados a mostrar con nuestra vida cristiana que Dios es suficiente y el único absoluto, enmarcando así nuestro compromiso de seguirle. El testimonio humilde de una fe madura muestra que Dios es suficiente y que en Él se encuentra la verdadera plenitud. La primera y principal función del seguimiento de Jesús es romper toda esclavitud y dependencia de las riquezas, de las valoraciones, honores, prestigios, privilegios, el afecto desordenado por las criaturas para dejar el corazón libre sólo para Dios. Cuando nos vaciamos de los apegos, nuestro corazón queda plenamente disponible para el diálogo interpersonal, comprometido y esponsalicio con Dios y para el servicio sincero por los hermanos y por la misión evangelizadora de la Iglesia.