La parábola nos invita a reconocer lo permanentemente llamados que somos por parte de Dios. La llamada no acontece sólo una vez en la vida. No es cierto que hay trenes que pasan sólo una vez por la vida y no vuelven. En el caso de nuestro Dios su llamada es irreversible, constante, en todo lo que ocurre. Nos llama lleno de paciencia a sentirnos útiles, valiosos, necesarios. A descubrir que tenemos un espacio reservado para desplegar los talentos que Dios previamente nos ha dado. Lo que me toca hacer a mí, nadie más lo podrá realizar. Se quedará sin hacer. Y eso no en clave de exigencia, de presión, de castigo. Sino de tristeza al ver la cantidad de talentos enterrados que no han dejado mostrar lo más maravilloso de cada uno de nosotros, lo que llevamos dentro.  

Dios no llama a los capaces, sino que capacita a los que llama. Nos llama a construir junto a los demás, redes de amor y de compasión. Proyectos que llenen de alegría y de felicidad las vidas de los que nos rodean. Presencias ofrecidas cuando los demás viven días de oscuridad, de enfermedad, de tristeza. Cada momento es una llamada y una invitación a reconocernos colaboradores en la construcción del Reino. Desde nuestro nacimiento estamos sumidos en un proceso de descubrimiento. Nos revelamos a nosotros mismos en ese proceso de autorreconocimiento. Desde bebes nos asombra la aparición del propio cuerpo. Nos sorprenden las manos, los pies, la corporalidad que nos configura y que se vuelve el vehículo que nos aproxima a los demás. Igualmente nos vamos haciendo conscientes de nuestra personalidad, la voz, la inteligencia, el humor, las habilidades. Que Dios nos llame es el permanente recordatorio de que somos, no para nosotros mismos, sino para los demás. La parábola de los trabajadores de la viña, es Jesús introduciéndonos en el sentido, propósito, y realización de la vocación humana. 

No hay mayor recompensa y satisfacción que dar la propia vida, cada día en todo lo que hacemos y vivimos. Responder a la llamada no es una heroicidad o un privilegio. Es la necesidad más profunda que todos tenemos de saber nuestra identidad y nuestra misión. La recompensa será igual para todos. No hay espacio para la comparación y la envidia. La recompensa de haber pasado por este mundo haciendo el bien y quedar permanentemente en el recuerdo en el corazón de cada persona a la que hemos amado.