El Evangelio de hoy describe cómo se actúa y se vive en el reino de Dios. Cuál es la prioridad que Jesús señala dentro de todas las indicaciones que nos da la Palabra de Dios. El buen cristiano es, en esencia, un buen contemplativo, que descubre la presencia de Dios y tiene la virtud para ver el sufrimiento de los demás. Jesús no se da por satisfecho con una lectura legalista de la Ley. Ver lo que hay, es el primer paso sin el que no podría darse ningún otro paso más. ¿Por qué no vemos lo que pasa?, ¿Por qué nos vemos sólo a nosotros mismos? Porque vivimos bajo una fuerte presión por el rendimiento. Nos han enseñado que somos y valemos en la medida en que producimos y poseemos. Producir y poseer nos tiene tan ocupados que no vemos lo que hay a nuestro alrededor. Si nuestra oración silenciosa no nos ayuda a ver el mundo y a los hermanos es que no es una oración verdadera. 

Cuidar la interioridad y la espiritualidad no nos aleja de nuestros hermanos y ni nos aleja del mundo, al revés, nos introduce más profundamente en él. Los cristianos que hoy interpretamos la palabra no nos damos por satisfechos con escucharla y buscamos en el relato el sentido más profundo del «haz tú lo mismo». Si no nos entregamos a lo que hay, no podremos ver a Dios y al prójimo. La visión viene de la entrega, puesto que entregarse es meterse dentro de lo que hay. Lo más grande del cristiano no es su responsabilidad moral, es la delicadeza al socorrer y cuidar de sí mismo y de los prójimos, aunque sean desconocidos. Lo más grande del bautizado es que tiene su corazón en su sitio y que, por eso, es capaz de priorizar la presencia de Dios en su vida y de conmoverse con la necesidad de sus hermanos. Esa fe es la que nos hace verdaderamente humanos. Y es que cuanto más humanos somos, más divinos nos volvemos. Y entonces hacemos el gesto mínimo e inmenso de aproximarnos a los prójimos entre los que nos sentimos familia. Cuando otros ignoran y permanecen indiferentes ante el sufrimiento de los más necesitados, los cristianos aparecemos como luz del mundo y como sal de la tierra. 

Nos sentimos afectados por las heridas y los sufrimientos de nuestros hermanos más desamparados. La urgencia de tender la mano al que lo necesita pospone todos nuestros proyectos e interrumpe nuestros planes. La inquietud por la vida amenazada del otro predomina sobre sus propios planes y hace emerger lo mejor de su humanidad: un yo desembarazado de sí mismo. Pongamos más interés en descubrir necesidades, que en conservar costumbres. En inventar respuestas más que en repetir fórmulas, traigamos a casa las cuestiones fundamentales que habitan en la gente: la vida, la muerte, el amor, la verdad, la paz, el futuro de la tierra. No ofrezcamos respuestas estándar que han sobrepasado ya su fecha de caducidad ni nos dejemos paralizar por el desánimo: precisamente porque las cosas se han agravado tanto, está permitida la esperanza.