Dios no nos pide ser evangelizadores perfectos, sino enamorados de Cristo y de su misión. No quiere que confundamos la vocación al servicio con el abuso de poder y la búsqueda de honores, grandezas y tratos privilegiados. Afrontar el realismo de nuestras fragilidades personales es la mejor forma de no engreírnos y considerarnos con cierta superioridad moral. La pequeñez es la puerta que se nos abre para la humildad y la misericordia de Dios. El Buen Dios ha decidido hacer obras grandes en la pequeñez de su Iglesia, pero para que esas obras se hagan necesita que no nos apropiemos de los dones y los talentos que Dios nos da. Hoy el evangelio nos invita a enfrentamos a las inercias, a las costumbres, a los tratos de recibir honores, privilegios, o tratos de favor.
Este día nos invita a despojarnos de las falsas apariencias y autoexigencias que nos agotan, para acoger la verdad liberadora de que Dios nos prefiere auténticos, heridos, con olor a oveja, enamorados y conscientes de nuestra debilidad, antes que impecables pero vacíos de amor. La ilusión idealizada del evangelizador perfecto. Con frecuencia, el cansancio en la vida cristiana no proviene tanto del exceso de trabajo como de la pesada carga de intentar sostener una imagen idealizada de nosotros mismos. Sin embargo, estamos llamados a mirar nuestra historia con realismo y esperanza, recordando que no se nos pide ser evangelizadores perfectos, sino enamorados de Cristo y de su misión. Nos exigirnos a nosotros o a los demás una perfección moral absoluta que significa olvidar la esencia del Evangelio. A los cristianos no se les exige que sean moralmente perfectos; el mundo actual no soporta a los fariseos, y menos a quienes lo son en nombre de Dios.
Lo que verdaderamente se pide a los creyentes es honestidad y transparencia. Nuestra fe no puede ser significativa verdaderamente y afectar a los corazones si no es fraterna, lo cual exige que la experiencia de nuestra miseria común transparente en ella: somos pecadores hablando a otros pecadores. La verdadera fuerza del cristiano no radica en su impecabilidad, sino en el enamoramiento. La dedicación de nuestras vidas a la misión requiere un enamoramiento de Jesús que seduzca y cautive al cristiano de forma que nada ni nadie le pueda separar del amor de Cristo personalmente experimentado. Es este amor apasionado el que nos permite sostener la misión a lo largo de los años sin sucumbir a la inercia. Volver al amor primero Estamos invitados a deponer las armas de nuestro perfeccionismo frente al Señor y a dejarnos mirar por Él en nuestra más absoluta verdad. El Señor nos recuerda continuamente que Él no necesita sujetos perfectos para su misión, no llama a los capaces, sino que capacita a los que llama.