Llevo tantos años escribiendo comentarios al Evangelio que ya varias veces me han tocado los ¡Ay! del Señor. Tengo que reconocer que me da para hacer un examen de conciencia y pensar cuántas veces el Señor habrá dicho ¡Ay! por mi este año. Sin duda más de las que a Él y a mi nos hubiera gustado.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más grave de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad!

Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello.

Cuántas veces me conformo con dar el diezmo, con hacer lo justo o lo que me exigen. Y lo hago con mala cara, a rastras. Hasta en tratarte a Ti hago lo justo. Cuántas veces me deja indiferente la injusticia pues pienso que no puedo hacer nada. Cuántas veces no tengo misericordia porque me molesta cómo es el otro, cuantas veces pongo mi fidelidad en juego tonteando con el pecado.

Ayúdame Señor a que no tengas que lamentarte.

¡Guías ciegos, que filtráis el mosquito y os tragáis el camello!

Cuántas veces tengo una medida para mí y otra para los demás. Soy muy exigente con los demás y para mí todo lo justifico. Consejos vendo y para mí no tengo.

Ayúdame Señor a que no tengas que lamentarte.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis rebosando de robo y desenfreno! ¡Fariseo ciego!, limpia primero la copa por dentro, y así quedará limpia también por fuera.

Cuántas veces vivo de la imagen que los demás tengan de mí. Como me humilla que descubran mis debilidades, mis faltas y mis pecados. Hasta quiero venderme a mi Dios con una imagen totalmente falsa. Cuántas veces me cuesta pedir perdón a Dios y a los demás y la copa va rebosando.

Ayúdame Señor a que no tengas que lamentarte.

Los próximos días seguimos con los ¡Ay! del Señor. ¿No te dan ganas de hacer un buen examen de conciencia, una buena confesión y así conseguir que el Señor no tenga que lamentarse?

Mira cómo te mira la Madre del cielo, conoce todas nuestras debilidades y no deja de querernos. Pidamos la gracia de la humildad de corazón y digamos: Ayúdame Señor a que no tengas que lamentarte.