Por lo menos han sido dos las entrevistadas que esta semana han dicho “no” al éxito como objetivo profesional, una jugadora de baloncesto de élite y una de nuestras actrices en ciernes. Las dos coinciden en que vivir es guardar cierto equilibrio vital y no volverse loca con ascender al estrellato. Tiene gracia que “estrellato” y “estrellarse” compartan la misma raíz. En la fe cristiana subir al mayor de los éxitos, es descender al subsuelo de uno mismo. Pero no por un masoquismo incurable, sino porque desde abajo alcanzamos a ver que todos somos hijos de Dios, y ahí descansa una paz que al mundo le cuesta ver. Servir es ponerse en las manos de otro, lavar los pies del prójimo es dar importancia a la vida ajena más que a la propia. Esto lo digo porque en la mitad de septiembre, es decir, hoy mismo, nos encontramos con la Santa Cruz, que es un enigma mayor que el monolito de Kubrick en las primeras escenas de “2001, una odisea del espacio”. En estos días he acompañado a morir a una anciana octogenaria que, a pesar de su situación límite, debida a un cáncer incurable, quería seguir en la cresta de la ola, dando instrucciones a sus hijos, marcando el compás de la partitura de su vida, pobrecilla, le quedaban pocos días por delante y seguía en el caballo con la espada en la mano, creyéndose un héroe del ciclo artúrico. El gran filósofo Clean Eastwood, filósofo por lo mucho que nos regaló en sus películas, dice que a los noventa y seis años el cuerpo ya no funciona como aliado. No es una perogrullada, es una aceptación de que avanzar en la vida es caer en la cuenta de que nuestro reino no es de este mundo, y el espejo nos va haciendo spoliers. Cuando le das definitivamente las riendas al Señor, Él te pone inmediatamente a servir, y en los momentos últimos nos regala la sopesa de una vida aún mayor. Porque no hay mayor amor que dejarse querer, pero no por resignación, sino por auténtica pasión. La anciana que sufre y se deja curar las escaras, estay abriendo la puerta de la verdadera vida a los demás. Es lo que dice Chesterton sobre el encuentro con los mendigos: “quien mendiga es el verdadero rico, porque a cambio de unas monedas ofrece el amor de Dios al donante, que se da a una persona que no es de su linaje ni de su familia, le abre el corazón a una fraternidad universal por ese pequeño desprendimiento y desapropiación”. El logro último del ser humano es dejar que los demás nos cuiden y nos quieran. Entonces se caen los disfraces de héroe y heroína, y uno empieza a entender la cruz, sin teorías ni filosofías de joven cristiano que se las sabe todas. Antes de morir, el Señor se acerca al Calvario muerto de miedo, sudando sangre, con sed, pidiendo incluso vinagre, deja caer la cabeza, grita y expira. No es la muerte de un héroe griego, ni de un mártir de escayola, es un apasionado de la vida que no sabe nada del horror de tener que morirse. Es la gran muestra de la verdad de sí mismo. Y sólo la verdad no finge. Hay gente capaz de hacer un teatrillo antes de morir, simulando que no tiene miedo por dar ejemplo a la familia, y que se hable de sus últimas palabras por generaciones. En cambio el discurso último del Señor es un fuerte grito y se acabó. La sensibilidad que mostró el Señor a lo largo de su vida pública, ensalzando a los pájaros y hablando de la belleza de la vestidura de los lirios, no podía hacer de su muerte una impostura, ni fingir ni dar ejemplo. Tocaba morir, tocaba sufrir, como cualquiera de nosotros. El Señor nos enseñó a vivir en verdad.