Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz se nos fue al Cielo con apenas 24 años de vida, a causa de una rápida enfermedad que le causó tremendos sufrimientos ofrecidos y unidos de modo heroico a la Pasión del Señor. Encontrar en ello un camino de plenitud y de amor es obra sólo de la gracia de Dios, que nos permite identificarnos con Cristo en la Cruz, uniendo los sufrimientos físicos o morales que nos sobrevienen en la vida haciéndolos fecundos por su unión con el misterio redentor del sacrificio del Señor.
Job añade otras pruebas y tentaciones a las ya vistas los días anteriores: la incomprensión de sus amigos, la lejanía de sus familiares, el sentimiento de abandono de Dios. Quizá uno de los versículos más delicados de comprender es el «Eloí, Eloí, lemá sabaqtaní» de Cristo en la Cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mc 15,14). Ese sentimiento de abandono total, de hundimiento, lo encontramos a lo largo de la historia encarnado en miles de santos que han recorrido el camino de la humillación, el anonadamiento más radical, la muerte del propio yo. Y en la muerte, aparece la vida. En la oscuridad más absoluta, la luz más brillante.
El acto de fe de Job no deja lugar a dudas de que todo sufrimiento, de la naturaleza que sea, vivido en unión con los sentimientos de Cristo en la Cruz, no son un camino de hundimiento y de muerte, sino un camino salvífico. Detrás de tantos males, los santos encontraron la victoria de Cristo.