Segundo domingo consecutivo que Jesús entabla una fuerte conversación con los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo… ¡y el domingo próximo culminará la trilogía!

El domingo pasado el Señor les hizo considerar su desobediencia. Hoy, les hace reflexionar sobre su esterilidad en las obras de caridad. Acude para ello a la parábola de la viña, un texto que tiene su fuente en la primera lectura, el canto de la viña del profeta Isaías. Como buen judío, Jesús conoce bien la Sagrada Escritura y a lo largo de sus discursos, hace innumerables referencias y alusiones a pasajes y relatos, salmos, y detalles varios del Antiguo Testamento. Pero les dota de una profundidad nueva, dado que Él es la clave misma para interpretar la Escritura, y Aquél que nos explica su significado más profundo.

Tres ideas.

La primera, la feracidad o la esterilidad. Las vides se miman para recoger una uva buena. El esfuerzo que conlleva ese fin tiene que merecer la pena. Pueden ser muchos los factores que generen agrazones o frutos mediocres, pero un agricultor no volverá a trabajar un campo que sabe que no da fruto. Es muy mala inversión. Cristo ha sembrado en nosotros la semilla de la palabra de Dios para que de uvas buenas. No es poco el esfuerzo que ha puesto en ello: toda la historia de la salvación, que aparece hoy retratada en esta parábola y cuya obra cumbre es la presencia del Mesías en la persona De Dios mismo encarnado. Una locura… de amor. Y una inversión de tiempo y esfuerzo brutal de ese gran propietario, que es el Padre.

La segunda, el propietario y el trabajador. El fruto de la vendimia pertenece por justicia a su propietario. Quien ha sembrado la palabra es Dios y, por lo tanto, los frutos de santidad que genera esa palabra no son para la gloria humana, sino para la gloria divina. Pretender que los frutos de santidad son debidos a los méritos de la Iglesia sería el mismo pecado que achaca Jesús a los sumos sacerdotes y ancianos: ellos no son propietarios de la santidad del pueblo de Dios. La gloria pertenece sólo a Dios, y no a los hombres. Han recogido unas uvas que son de Dios, pero que se las han quedado ellos. Y eso genera esterilidad, primero en ellos, y luego en el pueblo. La casa de Israel es la viña del Señor. Y cuando llegó el tiempo del Mesías, no dio el fruto esperado, ni los trabajadores -los sumos sacerdotes y ancianos- deseaban la gloria de Dios. Nace así la Iglesia del costado abierto de Cristo, que dará el fruto de santidad que Dios desea.

La tercera, el original y lo artificial. En el evangelio de San Juan, Cristo se define como la vid que da vida a los sarmientos que permanecen en ella. No aparece esta alusión en las lecturas de hoy, pero creo que viene bien traerlo a colación. Cristo es Dios y, al estar unidos a Él, somos su viña y damos los frutos de santidad propios de la sabia que recibimos. Esa sabia es la original que brota del corazón de Cristo y cuyo corazón bombea a todos los miembros de su cuerpo, que es la Iglesia como vid completa. Si nos olvidamos de la sabia del corazón divino, sería generar una sabia artificial, incapaz de generar aquello que sólo Él nos puede dar. El Creador y la criatura no generan los mismos frutos ni queriendo. Son mejores los originales, con la «C» de «Creador».

¡No te pierdas la tercera parte el próximo domingo!