La solemnidad que celebramos hoy nos ayuda a elevar nuestra mirada de las cosas de la tierra a las cosas que están esperándonos en la eternidad. Nos ayuda a hacer el tránsito de nuestro quehacer cotidiano y diario al destino que Dios nos ha regalado a todos en Cristo: Ser santos como Dios es Santo. La llamada universal a la santidad es la ayuda para vencer las tempestades, los momentos de desconcierto, de sentirnos perdidos, porque Cristo nos acompaña y nos conduce a puerto seguro. Nos invita a mirar más allá de los muros físicos del templo y dirigirnos al Cielo. Los bautizados somos transportados de las tinieblas a la luz, al encuentro de nuestro “sol de justicia: Cristo”.
La gloria de Dios se tiene que ver reflejada en nuestras vidas. Dando muerte en nosotros a todo que nos quita la vida y ayudando a renacer a la vida de gracia que Dios nos ofrece. Que se cumpla en nosotros ese dinamismo de muerte y de resurrección que nos enseña Cristo. La Iglesia no es sólo el templo. Es en primer lugar la asamblea de todos los Santos que forman el Cuerpo de Cristo, Él la cabeza y todos los bautizados sus miembros vivos. Cristo se hace presente de una forma real en la Eucaristía y acentúa el sentido de familia, de asamblea. Cristo Resucitado que ha pasado por la cruz preside toda la historia de la humanidad y revela el destino glorioso al que Dios nos ha destinado. Nos centra, nos atrae desde lo alto. «Cuando yo sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí –lo decía indicando de qué muerte iba a morir» (Jn 12,32-33).
Las biografías de Todos los Santos son una mediación que nos lleva a lo divino. Nos ayudan, animan y estimulan a sentirnos cerca de la morada de Dios con los hombres, cerca del cielo. Si tal cantidad de testigos han podido responder al amor de Dios en medio de sus contextos históricos, también nosotros somos llamados a ser santos en medio de nuestras circunstancias concretas. Nos predispone para activar los sentidos espirituales, a activar la escucha atenta, la percepción de la proximidad del Dios que nos acoge en su casa. Cristo es la puerta para ir al Padre; es la puerta para alcanzar la salvación; es la puerta de la vida. Por Cristo, por los sacramentos, entramos a formar parte de la Iglesia y nos encontramos con la familia de los hijos de Dios. Los Santos se convierten en compañeros de camino. Nos agarran de las manos y nos conducen de entrada a la presencia de Dios, a la casa abierta del Padre. Los Santos nos contagian su dinamismo misionero para llegar a todos, sin excepciones.