«En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del mar, y lo siguió una gran muchedumbre de Galilea. Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente de Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón. Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una barca, no lo fuera a estrujar el gentío. Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo. Los espíritus inmundos, cuando lo veían, se postraban ante él y gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios». Pero él les prohibía severamente que lo diesen a conocer».

No hay nada que nos mueva más a buscar la fe, que la necesidad de salir de una situación límite en la que sentimos que no hacemos pie y nos ahogamos. Cuando la vida nos lleva por valles tenebrosos y empezamos a sentir que nos fallan las fuerzas para seguir en el camino, lo que necesitamos es una mano que nos acoja y no nos abandone. Sentir el abandono y vivir con la convicción de que nuestra vida no es importante para nadie, que no nos esperan, es la mejor definición para entender lo que es la muerte y el infierno. Todos los que se acercaban a Jesús lo hacían porque le necesitaban. Por eso Jesús dirá: «Qué difícil es que un rico entre en el Reino de los Cielos” (Mt 19,23). El rico siente que ya tiene todo lo que necesita, mientras que el pobre es consciente de que necesita de la ayuda de los demás. Por eso Jesús es capaz de mirar la pobreza y a los pobres, no desde arriba, sino desde la convicción de que son los primeros en el corazón de Dios.

Curaba a muchos, hasta quedar exhausto. Por eso equilibraba la vida pública, la misión, el compromiso social y la vida de oración, el recogimiento, la contemplación. Nosotros también tenemos que vivir en esa doble dimensión. La de activar la caridad, el cuidado, la ayuda, la solidaridad, en todos los contextos en los que nos movemos. Y la búsqueda de la unión con Dios que es la fuente de todo lo que luego damos. Amamos porque Dios nos ama primero. «Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios». Jesús buscaba largos ratos de alejarse del ruido, de las actividades, para no perder el sentido a su misión. Es tan fácil caer en el activismo, en la actividad frenética, en las agendas abarrotadas de compromisos y al final terminar con el síndrome del quemado, el “burnout”.

Jesús no buscaba la publicidad ni las reseñas favorables. Él vivía la discreción y lo que la teología nos enseña como el “secreto mesiánico”. No quería alentar una imagen distorsionada de lo que significaba ser el Ungido. No venía a liberar al pueblo de Israel por la vía del poder, de la violencia, del conflicto bélico. Sus caminos de traer la salvación es la humildad, el servicio, la ternura. Seamos para nuestros hermanos un motivo serio de seguir creyendo en el poder salvador y terapéutico del amor de Dios.