Samuel le fue otorgado a Ana en respuesta a su ferviente y apasionada oración, y fue consagrado al Señor. En nuestro pasaje de hoy, escuchamos cómo el Señor lo llama. Nuestra lectura nos dice que era poco frecuente en aquellos días que el Señor hablara y ofreciera visiones. Sin embargo, lo hizo con Samuel. Fíjense dónde está Samuel. Está en el santuario, ante el arca de la Alianza. Oye al Señor llamarle, pero no lo entiende. Tuvieron que pasar varios intentos y la ayuda del sacerdote Eli para que Samuel entendiera lo que estaba sucediendo y respondiera. Tenía una vocación. Esto nos pasa también a nosotros con frecuencia. La palabra «vocación» deriva de un término que significa «voz». ¿Hemos escuchado la voz del Señor llamarnos? Él habla con quienes tienen oídos espirituales abiertos y aprenden a escuchar su voz, pero espera que ejercitemos nuestra libertad humana. «Habla, Señor, que tu siervo escucha». En nuestra espiritualidad tenemos un lugar especial al que podemos ir para aprender a escuchar: el santuario donde se encuentra el sagrario. Allí Jesús nos espera para hablar con nosotros. ¿Hacemos visitas frecuentes? ¿Cuándo fue la última vez que fuimos a visitarlo?

El salmista David nos recuerda que, cuando depositamos nuestra confianza en el Señor y decidimos ponerlo en primer lugar en nuestras vidas y vivir una vida dedicada a Él, Él obra milagros. Y nos invita a ser sus mensajeros para los demás. No podemos guardar su presencia solo para nosotros, debemos hablar de ella en la gran asamblea. Todos los cristianos estamos llamados a evangelizar, a contar a los demás quién es el Señor. Estamos llamados a vivir nuestra vocación bautismal, entregados por completo a la obra del Señor, en el corazón de la Iglesia, por el bien del mundo. ¿Cómo lo estamos haciendo?

La lectura de la misa de hoy continúa con el relato de San Marcos sobre el ministerio público de Jesús. En este pasaje, se habla de la curación de la suegra de Pedro y de la liberación de las personas poseídas por espíritus malignos. Jesús entraba en las casas de quienes le seguían y las transformaba desde dentro. Él sigue haciéndolo hoy en día. ¿Creemos que Jesús nos acompaña a casa cuando salimos del trabajo? ¿Oramos en casa? ¿Oramos cuando algún miembro de la familia está enfermo o necesita ayuda? ¿Bendecimos la mesa? ¿Rezamos por la mañana y por la noche? La familia cristiana es una iglesia doméstica, una iglesia en miniatura. Jesús está en el corazón de cada hogar cristiano, listo para actuar cuando se le invite a hacerlo.