Mucha gente tiene la manía (no molesta, pero incorrecta), de llamarnos a los curas diocesanos “padres”. Excepto a un niño de 3 años que se agarró a la pierna gritando “papá” – a los que hice prometer públicamente a los padres que ese niño era suyo-, no me suele molestar. También la vida me ha hecho conocer a varios chavales que, por causa de falta paterna en su hogar, me llaman padre y me consideran como un padre para ellos. No llego a tanto, pero me consultan las cosas importantes y yo hago por ellos lo que puedo. Así que no somos padres, pero en muchos casos como si lo fuésemos. Y creo que en eso no disminuye para nada mi entrega sacerdotal. Al igual que un marido quiere a su esposa y no deja de querer a su madre, o una madre quiere a sus hijos y no deja de querer a su marido. Es decir, amar no suele ser excluyente, sino que se amplía.
«Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan»
Él les pregunta:
«¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?»
Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice:
«Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre».
Jesús no hace de menos a su madre y a su familia. Si cumplimos la voluntad de Dios estamos siendo “familia de Dios” y nos quiere con la misma entrega y amor que a ellos. Es lo que nos dirá San Juan: “En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos amó primero”. ¿Quiénes son los elegidos de Dios? María, José, Pedro, Juan…, tu y yo. Ciertamente la respuesta de María fue singularísima, pues en ella todo fue un sí a la voluntad de Dios, frente a tantos noes nuestros, pero el Padre nos sigue diciendo que somos sus hijos en el Hijo. Y esto es un gran consuelo, no tengo que luchar por el amor de Dios, o tengo que competir con nadie. Cumpliendo su voluntad soy amado y puedo responder a ese amor.
Pidámosle a la Virgen María que cada día sean más nuestros sí y menos nuestros noes.