Cuentan, no sé si es verdad, que la palabra sincero viene de la época de los romanos. Había comerciantes que vendían estatuillas de dioses y héroes. Como entonces no existía el papel de burbujas – ¡qué gran invento! -, había quienes las llevaban bien empaquetadas, pero otras las llevaban todas juntas en las cajas y con el traqueteo de las calzadas romanas se descascarillaban. Para tapar los desperfectos ponían cera y parecían las imágenes intactas…, pero cuando llegaba el calor volvían a salir todas las imperfecciones. Sin cera eran las estatuillas que estaban en buenas condiciones y no mostraban sus desperfectos en el verano.

No hay nada escondido, sino para que sea descubierto; no haya nada oculto, sino para que salga a la luz. El que tenga oídos para oír, que oiga

No quieras usar cera con Dios. Dios no se deja engañar con la cera, conoce nuestras imperfecciones, defectos y pecados. Sabe que en nuestra vida hay muchos baches, traqueteos y descuidos…, y no le importa demasiado. Dios conoce que somos de barro y el barro fácilmente se rompe ¿A qué buey del belén no le falta un cuerno?

No quieras venderle a Dios tus éxitos. Ponte en la cruz y pídele al Señor que se acuerde de ti cuando llegue a su reino. No tengas miedo a enseñarle tus llagas, tus pecados, tus deficiencias, pues ha venido a curar a los enfermos no ha darnos una clase fitness a los sanos. No tengas miedo a estar crucificado con Cristo. Su cruz nos salva, no nuestros méritos.

Pero también ten en cuenta que la luz lo ilumina todo, los defectos y las bondades. No tengas esa falsa humildad del que dice que todo lo hace mal y acaba negando lo que Dios hace bien en él. Da gracias por los dones recibidos, no quieras darle pena a Dios como si fueras un indigente, Dios te ha dado mucho.

Y esto que nos ayude al mirar a los otros. ¿Tienen defectos? Por supuesto, pero los amamos con misericordia. Como le digo a los novios esto viene de dos palabras, las miserias y el cardiólogo. Amamos a los demás (y a nosotros mismos), con sus miserias, para ayudarles a llegar a Dios.

Sólo María es la mujer perfecta y, al pie de la cruz, nos acoge como a hijos con todas nuestras imperfecciones. No escondamos cosas a nuestra Madre.