De la vida del rey David conocemos episodios como su lucha con el gigante Goliat o su trágico «affaire» con la mujer de Urías; menos conocido es el episodio que hoy nos trae la primera lectura del libro de Samuel en que David suma un nuevo pecado a los ojos de Dios, al realizar un censo de su pueblo, cuestionando así la soberanía de Dios. El castigo merecido no solo recae sobre él sino que también afecta a todo su pueblo. Así es el pecado. Sus consecuencias no solo afectan al pecador sino que la creación entera se ve envuelta. Consciente de esta dimensión David ora a Dios diciendo: «Soy yo el que ha pecado y el que ha obrado mal. Pero ellos, las ovejas ¿qué han hecho? Por favor, carga tu mano contra mí y contra la casa de mi padre»… Carga tu mano contra mí.
Uno descendiente de David («la Casa de mi Padre», renuevo del tronco de Jesé), llamado, a pesar de ser el hijo de un carpintero, a ser no solo el Rey de Israel, sino el Rey del Universo, será el que cargue con el pecado de todos. Lo que David pidió para él Dios lo ha concedido a toda la humanidad en Jesucristo.