Si nos disponemos a hacer un viaje de cuarenta días para buscar a Dios en los rincones de nuestro mundo cotidiano, tendremos que iniciarlo con cierto apetito, con un entusiasmo primordial, ¿no?, lo digo para hacerlo bien y no cansarnos a medio camino. No es propio del ser humano poner toda la pasión que contiene el corazón, que es mucha, en una colección de prácticas. Sería una decisión tristísima. Que al mundo no hemos venido a ejercitarnos, sino a saber vivir. O hay una búsqueda de sentido apetecible para mi vida desde el inicio, o nos quedamos con carita de famélicos y perdedores. Por decirlo de una vez, antes de ponernos al ayuno, tenemos que tener hambre. ¿Qué hizo el Señor durante toda su vida pública?, levantar en sus contemporáneos un hambre profunda. Poniéndose delante de ellos, les obligaba a una reflexión sobre su persona. “No es el pan la motivación de vuestros desvelos, soy Yo. No es la persuasión de mis argumentos, soy Yo. No es mi diatriba contra estos teócratas políticos de los fariseos, soy Yo. Estar conmigo, vivir conmigo, nada más, nada menos. Nada os va a dar más alimento que este pan que ha bajado del Cielo”. Hoy he hablado con un grupo de jóvenes sobre el misterio del Señor en la cruz, así, sin anestesia. La cosa empezó de refilón, pero en seguida la encararon todos con entusiasmo. ¿Qué entendemos por un dios poderoso?, les pregunté. Me dijeron que algo así como un dios que puede intervenir en mi vida para quitarme las malas hierbas de los problemas, los obstáculos, las enfermedades. Hasta ahí la respuesta no distaba mucho de los dos millones de divinidades que tienen los hindúes, cuyos dioses están híperespecializados en tareas de sanación e intervencionismo. Lo que pasa es que una vez que miramos la impotencia absoluta de Cristo crucificado, nos quedamos mudos. Desde el madero, la idea de “poder” hay que reconstruirla. Porque lo que veremos durante toda esta Cuaresma no es la potencia dominadora de un dios, sino una insuficiencia que agoniza y muere. Vale, llegados a este punto, ¿qué hacemos?, ¿hacia dónde vamos? Es cierto que nuestro Dios es omnipotente, pero, ¿a qué nos referimos cuando decimos potencia?, ¿qué tipo de potencia? Aquí lancé a los jóvenes una frase rotunda del maravilloso teólogo François Varillon: “Es la omni-impotencia del Calvario la que revela la verdadera naturaleza de la omni-potencia de Dios. La humildad del amor ofrece la clave de interpretación. Dios es la potencia ilimitada del repliegue, del retroceso de sí mismo, del permanecer escondido”. La omnipotencia de Dios es su pura humildad. Hacer este descubrimiento es entender el cristianismo de la A a la Z, e iniciar una Cuaresma profundamente novedosa. Inclinarse delante de la grandeza de otro no es humildad, es lealtad, honestidad, verdad. Que el más pequeño homenajee al más grande no testimonia una nobleza excepcional. Pero que el más grande se incline delante del más pequeño, manifiesta un tipo de potencia novedoso. Francisco de Asís no es humilde cuando se inclina delante del Papa, sino cuando se abaja ante un pobre, y no por condescendencia, sino porque lo ve revestido de majestad. Cristo se abaja hasta lavarnos a cada uno los pies porque se cree el amor que nos tiene, somos sus pobres-ricos, cree en nuestro valor, en nuestro peso vital como ningún padre de este mundo es capaz de creer en su hijo. Por eso decía que hay que tener hambre antes que iniciar el ayuno. O me viene un hambre canina por conocer al Señor más a fondo, o seguiré viviendo en la superficie sosa de las prácticas cuaresmales.