Una vez más el Señor nos recuerda la vocación que todos recibimos de ser santos. “Sed santos, porque yo, el Señor soy santo”. Y nos muestra el camino: “no robaréis ni defraudéis…” Nos recuerda los mandamientos. “Jesús muestra que los mandamientos no deben ser entendidos como un límite mínimo que no hay que sobrepasar, sino como una senda abierta para un camino moral y espiritual de perfección, cuyo impulso interior es el amor (cf. Col 3, 14).” (San Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, 15). Al final de nuestra vida daremos cuenta de cómo hemos amado a Dios y al prójimo. Jesús en el Evangelio de hoy nos dice con claridad «Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis». Este tiempo especial que estamos iniciando, Dios derrocha su gracia para dar un paso más en la conversión al amor.

“Tus palabras, Señor, son espíritu y vida”. Una luz que ilumina el camino de la conversión, que no es un mero sentimiento. Supone dar comida al hambriento, visitar al enfermo, hospedar al forastero… La conversión supone comenzar a ver la propia vida con los ojos de Dios; por tanto, tratar de hacer el bien, aunque sea incómodo; no estar pendientes del juicio de la mayoría, de los demás, sino del juicio de Dios. En otras palabras, buscar un nuevo estilo de vida, una vida nueva. Estamos llamados a esta conversión del corazón. “Se necesita la transformación profunda del espíritu y el corazón para encontrar una verdadera clarividencia e imparcialidad, el sentido profundo de la justicia y el del bien común” (Benedicto XVI “Viaje Líbano, 15 septiembre 2012).

El juicio será lo que hayamos hecho o dejado de hacer con quien tenemos al lado. Todo un examen de conciencia para este tiempo de cuaresma. Sin perder de vista que quien me juzga conoce hasta el fondo mi corazón, con toda verdad ¡y con toda misericordia! La conversión a Dios consiste siempre en descubrir su misericordia, es decir, ese amor que es paciente y benigno a medida del Creador y Padre. Por eso el pecado no es el protagonista, ni mucho menos el vencedor. Frente a la realidad del pecado del hombre, la respuesta de Dios es un plan de salvación, realizado por la Palabra hecha carne. El hombre no queda sólo ante su pecado; hay algo más que experiencia de culpa, por la iniciativa de Dios cabe el arrepentimiento.

“La Cuaresma es un tiempo propicio para aprender a permanecer con María y Juan, el discípulo predilecto, junto a Aquel que en la cruz consuma el sacrificio de su vida por toda la humanidad (cf. Jn 19, 25). Por tanto, con una atención más viva, dirijamos nuestra mirada, en este tiempo de penitencia y de oración, a Cristo crucificado que, muriendo en el Calvario, nos reveló plenamente el amor de Dios” (Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2007).

Que María, la Madre del Amor Hermoso, nos guíe en este itinerario cuaresmal, camino de auténtica conversión al amor de Cristo.