En la primera lectura de hoy, el Señor, por medio del profeta Isaías nos dice unas palabras que nos llenan de esperanza en el poder de la gracia, que en esta cuaresma se derrama abundantemente y no deja de dar fruto: “Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mi vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo”. Así, Dios mío, tu gracia no vuelve vacía, si consentimos siempre dará fruto.

Esto nos ayudará a vivir de la seguridad de ser hijos de Dios. Así nos enseñas Jesús a rezar con el Padre nuestro. “Dios, que ‘habita una luz inaccesible’ (1 Tm 6,16) quiere comunicar su propia vida divina a los hombres libremente creados por él, para hacer de ellos, en su Hijo único, hijos adoptivos (cf. Ef 1,4-5). Al revelarse a sí mismo, Dios quiere hacer a los hombres capaces de responderle, de conocerle y de amarle más allá de lo que ellos serían capaces por sus propias fuerzas. –(Catecismo de la Iglesia Católica 52).

El Papa León XIV nos dice en el Mensaje para la Cuaresma que “es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida”. Poner en el centro de nuestra vida el misterio del Dios: “El que “Dios es amor” (I Jn 4, 8), que no deja de mirarnos con ternura y misericordia eternas (cf. Sal 25, 6), que está nosotros en todas partes por donde anduvimos y andamos (cf. 2 Sam 7,9), para el que no soy un extraño sino miembro de la familia de Dios (cf. Ef 2, 19).

Necesitamos aprender a vivir de la filiación divina. Considerarlo muchas veces al día: ¡Soy hijo de Dios! ¡Dios es mi Padre! Adquirirás el hábito y alcanzarás la virtud de la filiación divina. Después, ayudado por la acción de los dones del Espíritu Santo, vendrá como fruto del don de piedad: sentirse hijo de Dios. Vendrá solo, como fruto maduro, descansar en la filiación divina. ¡Llámale Padre muchas veces al día y dile – a solas, sin ruido de palabras, desde lo hondo de tu corazón – que le quieres, que le adoras, que sientes el orgullo y la fuerza de ser hijo suyo. Vivir como hijos de Dios es ser dóciles a las insinuaciones y mociones del Espíritu Santo: “los que son movidos por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios” (Rm 8,14). “Vivir como conviene a los santos” (Ef 5,3)

Ante el descubrimiento de la verdad más profunda de lo que somos: hijos de Dios; nos sucederá como a San Pablo, que no encuentra palabras para expresar lo que pasa por su corazón y parece que desvaría y ha perdido la razón: “Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Rm 8, 38 – 39).

Que María interceda por nosotros para que pongamos “de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida”.