“Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás”. El signo definitivo ya nos ha sido dado: “Dios demuestra su amor hacia nosotros porque, siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rm 5, 9). Sabernos amados incondicionalmente, justificados a pesar de nuestros pecados, redescubrir que en sus llagas soy curado, sus cicatrices nos curaron (cf. Is 53).
Hemos de recordar la misericordia de Dios y pedirle con el Salmo 50, que lave nuestros delitos, limpie nuestras culpas, limpie mi pecado. No tanto para recordarle a Dios que use de misericordia con nosotros, cuanto para que nosotros recordemos que nuestro Dios es rico en misericordia. “La conversión a Dios consiste siempre en descubrir su misericordia, es decir, ese amor que es paciente y benigno a medida del Creador y Padre; el amor, al que «Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo» es fiel hasta las últimas consecuencias en la historia de la alianza con el hombre: hasta la cruz, hasta la muerte y la resurrección de su Hijo. La conversión a Dios es siempre fruto del «reencuentro» de este Padre, rico en misericordia” (Juan Pablo II, Encíclica “Dives in Misericordia”, 13).
Fruto del reconocimiento de la misericordia de Dios, surgirá en nuestro corazón el deseo de hacer penitencia como los habitantes de Nínive no para merecer el perdón. Como decía San Bernardo «mi único mérito es la misericordia del Señor. No seré pobre en méritos, mientras él no lo sea en misericordia. Y, porque la misericordia del Señor es mucha, muchos son también mis méritos» (Sermón sobre el Cantar de los Cantares 61,3-5). Una tradición muy antigua narra la aparición del Señor a San Jerónimo. Jesús le dijo: Jerónimo, ¿qué me vas a dar?; a lo que el Santo respondió: Te daré mis escritos. Y Cristo replicó que no era suficiente. ¿Qué te entregaré entonces? ¿mi vida de mortificación y de penitencia? La respuesta fue: Tampoco me basta. ¿Qué me queda por dar?, preguntó Jerónimo. Y Cristo le contestó: Puedes darme tus pecados, Jerónimo (cfr. F. J. SHEEN, Desde la Cruz, p. 16). Que no nos quieten la paz nuestros pecados pasados y presentes y abandonémonos en las manos misericordiosas de Dios.
Aunque es Dios el que sale a nuestro encuentro, nosotros tenemos que ponernos en camino. Dios cuenta con nuestra libertad, y quiere que, libremente, iniciemos esa vuelta al Padre. Para ello, es necesario poner algo de nuestra parte. A la iniciativa de Dios, el hombre debe ofrecer su respuesta. “Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías”. Pero añade el salmo: “Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias”. Esa es la penitencia que corresponde a la misericordia de Dios, por ello hemos de buscar en nuestros corazón la ofrenda grata a Dios. En este tiempo de gracia, acudamos al sacramento de reconciliación cuidando más el dolor, la contrición. Porque en ocasiones podemos dedicar más tiempo y empeño en el examen de conciencia que promover un “corazón contrito”.
Que María, Madre del Amor Misericordioso, nos ayude suscitar un corazón contrito y humillado.