Ayer viernes puse carne a descongelar, una hamburguesa de vaca vieja que tenía pintón. Cuando llegaron las dos cero cinco, abrí la nevera y en el instante de ver la vaca vieja me di cuenta de que era viernes de Cuaresma. He de reconocer que el hecho de abandonar una carne tan rica por una merluza rebozada (congelada y con sabor a cartón), no es una elección a mejor, es culinariamente a peor. Pero el gesto de interrumpir el proceso casi inmediato de comer la hamburguesa al primer click, como se hacen las compras por Amazon, me vino bien. Tuve conciencia del tiempo fuerte en el que vivo, pensé en los cristianos que hacen como yo, como gesto de solidaridad universal, y no estuvo mal eso de frenar el primer impulso. Cuántas veces en nuestra vida el primer impulso es fruto de la comodidad, es casi un gesto que proviene del arrastre, y el hecho sólo de ser consciente del motivo de una elección es de por sí un logro. La abstinencia cuaresmal no es un sacrificio estoico, es una llama que se enciende dentro de uno y lleva una voz que dice “frena, formas parte de una familia, la vida es mucho más que mirar y apropiarse”, una pequeña enseñanza racional que cobra cuerpo en la conducta. Hoy el Evangelio trata de quienes miran con prejuicios. Jesús está comiendo con alguien que es públicamente acusado de pecador, porque es recaudador de impuestos y su trabajo lo sitúa en el lado de los romanos. Nadie conoce el alma de Mateo, pero los de fuera ya le han puesto una cruz. Las miradas superficiales son terribles. ¿Cuánta gente hemos despedido inmediatamente de nuestra vida porque hablaban más de la cuenta, porque no eran de nuestra condición social, porque eran repetitivos y pesados, porque eran mayores y aburrían? Me encanta una voluntaria joven del hospital que siempre me dice, “déjame visitar las habitaciones en las que se encuentren los enfermos que tienen menos que aportar”. Es decir, aquellos que no te gratifican con su presencia o su elocuencia, sino que te llegas a ellos por pura gratuidad. Porque un enfermo que sufre, aporta su existencia, y eso basta. Por eso, esta chica se va a echar una hora con un enfermo de Alzheimer o con una religiosa carmelita que ha ingresado por un ictus y sólo repite una única frase. La mera existencia del otro debería bastarnos para ponernos a su lado. En cuanto nos viene el torrente de juicios y prejuicios empequeñecemos las relaciones. El prejuicio es un defecto que proviene de la ansiedad, de la falta de serenidad. Me explico. Una sinfonía de Mahler, larga como una puesta de sol de verano, necesita tiempo para poder encontrar en ella los mil matices que la hacen única. Recuerdo a un joven al que le puse una sinfonía de Brahms con el interés de quien va abrir un cofre de joyas. A los diez segundos me dijo airado, “no me gusta”. ¡Diez segundos! ¡Le había dado sólo diez segundos a aquella obra maestra y ya estaba preparado para el juicio! Esa actitud adolescente es habitual en nuestra vida. La oración se nos hace ardua porque los hijos de nuestro tiempo le han cogido prejuicio al silencio, como si cerrar los ojos y quedarse a la espera fuera una especie de tortura contemporánea. No damos oportunidades, por eso adelgazamos todas nuestra experiencias. Cuando el Señor vio a Mateo sentado en el mostrador de los impuestos, no vio su posición social o a quien servía, vio sencillamente su corazón y le dijo “¡sígueme!”. Mirar más adentro exige un tiempo que solo Cristo puede enseñarnos.