Cierto que hoy habría que hablar de las tentaciones del Señor en el desierto, tema que ha hecho correr ríos de teología, e incluso ha influido de forma determinada en la imaginería de la literatura occidental. Sin embargo, me detengo en la primera lectura, delante del árbol del conocimiento del bien y del mal. Pocas veces se nos relata el Antiguo Testamento en términos inteligibles, porque toda la simbología semítica se nos escapa por la puerta de atrás, y nos privamos de saber qué rayos se nos cuenta en el Génesis. Sencillamente, el árbol del bien y del mal indica la condición limitada del ser humano, es decir, su identidad como criatura. El hombre no es Dios, porque salió de sus manos; tampoco es una bestia, por su imagen y semejanza con el Creador. Es sencillamente persona humana. No puede volar, no puede bilocarse (a menos que la intervención sea sobrenatural), no puede desdoblarse en dos personalidades (a menos que padezca una enfermedad que atente contra su individualidad). Pero ser persona es mucho, porque llevamos el rastro de Dios en nuestras acciones. Vivimos de Él, porque a Él le debemos cuanto somos. Me sorprendió ver ayer en una manifestación en Madrid, para defender un caso de eutanasia, una frase escrita en una pancarta: “Vivir es un derecho, no una obligación”. ¿Un derecho?, ¿en serio? Vivir es más bien un regalo inmerecidídimo, que no nos hemos ganado a pulso y que sólo hay que acogerlo. Ni tampoco es una obligación moral, es un misterio maravilloso, un jardín del que brotan cada día un millón de preguntas sobre nuestro destino. Pero en ningún caso el ser humano es Dios. Eso es lo que representa el árbol del conocimiento. Dios prohíbe comer de ese árbol porque le dice a su criatura al oído: “no quieras ser lo que no eres, cuanto más te conozcas más hallarás rasgos míos y tendrás felicidad. En cambio, si te endiosas, te quedarás solo, crearás una imagen distorsionada de quién soy yo, irás a trompicones, querrás hacerte un paraíso a tu propia imagen y semejanza. En definitiva, te perderás…” Más que una prohibición, es el razonamiento de un padre que aleja de la boca de su hijo un producto en mal estado, “no lo comas, te hará daño”. Pero el ser humano es vulnerable a la voz del Enemigo, ésta es nuestra maldita némesis. Nuestra inquietud por escapar de quiénes somos, nos aleja de nosotros mismos. Es como esa enfermedad contemporánea del FOMO, que la padecen aquellos que viven en ansiedad permanente porque querrían estar en otro sitio, parecerse a otro, no contentarse con estar sereno, sino omnipresentemente conectado para conocer qué hacen los demás. He conocido a una familia que ha cambiado tres veces de casa en un año, sencillamente por el placer del ajetreo y no terminar de ubicarse, (que ya son ganas de malvivir, pero tiene que haber de todo). El Enemigo le susurra al hombre que puede ser como Dios. La trampa del Enemigo es que redefine a Dios y le pone una máscara con una nueva personalidad. Un dios que se parece más al rapero chulesco tirado en una cama al que le llueven los dólares del techo, o al tiktoker engolosinado con el número de seguidores, que al Dios que se pasea por el jardín del Edén acompañando a sus criaturas en conversación de amistad. De ahí vienen todos nuestros delirios de grandeza, tan peligrosos, y nuestros orgullos salvajes, y nuestra fijación por el control. A Dios le entristece ver a su criatura que no se contenta con la filiación, el placer de saberse acompañado por quien le regaló la alegría de vivir.