Nuestra fe, no es una adhesión a una ideología, o a un conjunto de normas o valores. Es el seguimiento fiel a una persona que nos ha amado primero. Una respuesta sociológica del ser creyente, de practicar unos ritos, de compromiso con una institución, es lo más superficial de nuestra fe. El verdadero nacimiento, la verdadera resurrección es sumergirnos en la vida en abundancia. Es dejar de vivir en el temor, es dejar las puertas cerradas por el miedo. Es dejar de mirar al otro como un rival, como un posible enemigo, es dejar de mirar a mi esposa, a mi esposo, con todo lo que tiene de defectuoso y de limitado. Es empezar a vivir la vida en abundancia de regalos. Sin fe la lectura que hacemos de los acontecimientos son permanentes juicios desde mi mirada miope. Acabamos diseñando un mundo que no es real, y el contraste con la realidad nos decepciona y nos entristece. 

Cuando las cosas no son como nosotros las imaginamos nos pasa como a los discípulos de Emaús que con aire entristecido abandonan el proyecto con aire entristecido, en la queja, en el sentimiento de fracaso. Lo que Jesús nos invita a vivir es una lectura de los mismos acontecimientos con una clave: “Era necesario”. Es volver activar el mecanismo de la confianza, y reconocer que en medio de las circunstancias que no se adecuan del todo a nuestros planes, se está desarrollando una historia de salvación acompañada por nuestro Dios. Que nos hace descubrir su verdadero rostro, y nos hace conocernos más en nuestros límites. Pedro nunca hubiera conocido lo fanfarrón que era si las circunstancias no le hubieran obligado a definirse. Pero es sus negaciones, en su fragilidad, descubrió una mirada compasiva que le hizo descubrir la verdadera divinidad de Jesús. “Era necesario”. María Magdalena no sabía que era capaz de amar con una calidad de amor tan grande. Junto al sepulcro lloraba porque se había llevado lo que más amaba. No había otra vida más allá de Jesús, una fidelidad, una totalidad, y de repente todo lo que era vacío, todo lo que era desolación se llena de luz, el diálogo con Jesús le vuelve a dar la vida, su mirada, su valoración, su misma misión. Todo vuelve a cobrar sentido. “Era necesario”.

Pues Jesús ha venido a que descubramos como en la historia personal de cada uno de nosotros “era necesario” vivir todas las circunstancias que nos ha tocado pasar. Las que han puesto en crisis todas las seguridades y certezas en las que construimos nuestras vidas. El gran ídolo de hoy se llama seguridad. Y como es imposible que nosotros podamos controlar todas las circunstancias, y todos los acontecimientos depositamos nuestra confianza en criterios, en normas, en modelos de comportamiento. Pensamos que sabemos que es lo mejor que nos ocurra. Y la vida nos da unos vuelcos terribles. Para que confiemos en Dios y no en nosotros. Que el fruto de esta Pascua sea reconocer que nuestra vida cotidiana es el lugar de la resurrección, en nuestras lágrimas, en nuestras soledades, en nuestras confrontaciones, en nuestros desvelos, es donde con mayor claridad podemos escuchar el grito de Jesús, llamándonos por nuestros nombres y diciéndonos: ¡Vive!