Recibir una invitación a un plan maravilloso con todos los gastos pagados y rechazarla, solo puede suponer, que somos unos necios. O que desconfiamos abiertamente de las intenciones de quien nos hace llegar su propuesta. Eso mismo nos pasa con Dios. O no intuimos la grandeza de lo que Dios nos propone vivir junto a Él, por nuestra miopía, por nuestra autosuficiencia, por vivir apegados a nuestras seguridades, a nuestros pequeños tesoros que la polilla y la herrumbre nos pueden quitar en cualquier momento. Dios nos quiere introducir en un banquete de bodas permanente. La celebración diaria de la alianza eterna que Dios ha querido vivir con la humanidad. Las bodas tienen asociadas la alegría, el amor contagioso, la fiesta, la música, la danza, las risas y el jolgorio. El banquete regado de buen vino y suculentos manjares a los que tenemos libre acceso con sobreabundancia de gustos, sabores, texturas. En medio del banquete uno no se para a pensar en el futuro, o a sentir nostalgia del pasado. Es tan emocionante vivir el presente, que no hay nada más que él. Personas acicaladas con sus mejores galas para expresar la emoción de estar viviendo un momento único e inolvidable.
Tristemente muchas de nuestras jornadas las vivimos en modo vigilia, ayuno y penitencia. En vez de un traje de fiesta nos ponemos el traje gris, el mono de trabajo, el delantal de sirvienta. Decidir si vivimos en “modo boda”, o en “modo rutina”, inercia, monotonía es un equilibrio entre las circunstancias que nos rodean, y nuestra actitud al acogerlas. Dios nos invita cada día a reconocer que estamos de fiesta. Nosotros ponemos miles de excusas para entrar en el banquete. Decidimos emplear nuestro tiempo en “mis tierras”, en “mis negocios”, en “mis intereses”, y nos mostramos hostiles, violentos, frente a los que nos ofertan una posibilidad de vivir de otra forma. Rechazamos el mensaje, lo pretendemos silenciar. La fuerza destructiva del pecado, del orgullo, de la soberbia, se alza en armas contra la oferta gratuita y desinteresas de parte de Dios. No es que respondan con indiferencia o desinterés, sino con el odio que quiere acabar con la fiesta. El rechazo al plan de Dios, es la definición misma de lo que significa pecado, y la causa principal de la muerte. Dios no se detiene frente al rechazo de la humano, sino que renueva su deseo de celebrar la vida con una fiesta. Reitera su invitación. Ya no la reduce a los judíos, el pueblo elegido. La amplia, la renueva, la reinventa. La fiesta será multitudinaria. Todos tenemos sitio. No está reservada para las entradas VIP, todos y todas somos bienvenidos.