Se produce un fenómeno con Jesús que sucede siempre a quienes tienen a Cristo en su corazón y en su vida, es decir, a los que llamamos “santos”: cuando el Señor se va hacia un lugar a descansar, “al saberlo, la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos”.
La gente sigue siempre a “los santos”, porque en los santos hay mucho de verdad, de vida y de bien. Con más motivo en Cristo. Esto lo percibían las gentes de un modo inmediato, profundo. Por eso le seguían.
“Vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos”. Tenemos que convencernos de que esto “le sigue pasando al Señor en el cielo”: nos ve (hoy y ahora) y, a veces, le damos lástima al ver nuestras enfermedades.
El Señor va a hacer un milagro, que es dar de comer a cinco mil hombres más mujeres y niños y lo que le va a mover a hacer esto es sencillamente que “le dio lástima”.
Esto nos lleva a adentrarnos en el corazón del Señor. A veces pensamos que lo que Jesús quiere de nosotros es algo así como exigirnos, mortificarnos, contradecirnos; en una palabra, hacérnoslo pasar mal. Nada más lejos de la realidad. “Si conocieras el don de Dios” le dice el Señor a la mujer del pozo de Jacob a la que acaba de pedirle agua, “serías tú la que me pediría de beber y yo te daría un agua que salta hasta la vida eterna”, concluye en esa misma conversación. Por eso Benedicto XVI decía: “¡no tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por uno”.
¡Hay tantos ejemplos del Señor en el Evangelio en los que se refleja la bondad, la misericordia del Señor! Se podrá alegar que también hay momentos duros en los que Jesús se muestra enérgico y nada condescendiente. Sí, pero vale la pena fijarse cuales son esos momentos. Por ejemplo, se enfada cuando convierten el templo en un mercado, donde, en lugar de ir a rezar (“la casa de mi padre es casa de oración”), se dedican a hablar y negociar; otro momento podría ser cuando les increpa a los Fariseos llamándoles “raza de víboras”, porque a Jesús le repugna la doblez, la sinuosidad de la mentira y de la falsedad.
¿Por qué observamos estas dos actitudes en Cristo?, porque Jesucristo que es Maestro, ha querido dejarnos una enseñanza clara: Cristo tiene corazón misericordioso con quien lucha, con quien, si peca, se arrepiente y vuelve a empezar de nuevo con nuevas fuerzas, ama a quien se esfuerza por rezar unas veces con éxito, otras con fracaso, etc. Con quienes van por la vida así, aunque sus pecados hayan sido grandes, Dios les da entrada en su corazón y, al final de sus vidas, el Cielo.
Pero aquellos que maltratan a los demás, que se comportan con incredulidad, abandono de sus deberes con la familia, y, lo peor, no se arrepienten, son mentirosos y crueles… necesariamente, el Señor, que tiene que ser juez, será ecuánime y justo y, si procede, severo; tendrá que condenar, forzosamente, ese tipo de acciones.
Pidamos a la Virgen que “tenga misericordia de nosotros”. Si nuestra súplica es sincera y con ánimo de mejorar, su Hijo escuchará nuestras peticiones.