Hoy lunes escuchamos a Jesús invitándonos a ponernos de pie, a erguirnos, a no vivir encorvados por el peso en los hombros y las espaldas de tantas exigencias y responsabilidades que recaen sobre nosotros. Si nos pesan las personas y las circunstancias que vivimos, no las llevamos en las espaldas sino en el corazón. Muchas veces afrontamos los días con un espíritu de esclavos y no de hijos. Con espíritu de asalariados y no de Buen pastor. Todo lo que comienza por la expresión: “tengo que”, es una obligación moral que nos viene impuesta. Intentar responder a las expectativas que otros abren sobre nosotros, y en nuestro deseo de no decepcionarles, nos vemos envueltos en unos ritmos frenéticos que nos acaban dejando exhaustos y sin fuerzas. La mujer del Evangelio llevaba 18 años mirando “cara abajo” la vida y solo el encuentro con Jesús le hace buscar las cosas de arriba.

Necesitamos hacer distancia de todo lo que se vuelve urgencia, inmediatez, y volver a recuperar la mirada que contempla la realidad desde una mirada de asombro, contemplativa, apreciativa. Dejemos que Jesús a través de su gracia sacramental nos imponga las manos. A través del sacramento de la reconciliación, o al recibir la comunión, conscientes de que es el mismo cuerpo de Cristo el que nos acaricia y nos toca y dejémonos poner derechos por Jesús. No nos quiere postrados, no nos quiere sumisos, no nos quiere miedosos ni paralizados. Si Jesús no nos descarta, que no seamos nosotros los que de una manera despectiva no reconozcamos las grandes maravillas que Dios quiere hacer en la humildad y las limitaciones de nuestras vidas.

Llama la atención la actitud del jefe de la Sinagoga. Su falta total de empatía, su cerrazón ideológica, su fanatismo que no se deja envolver por la alegría de que una mujer tras 18 años de penuria y sufrimiento deje por fin de sufrir, y en vez de alegrarse, de dejarse contagiar por el asombro y por la maravilla de la acción curativa de Dios. En vez de celebrar decide juzgar, ningunear, reprochar, regañar al pobre Jesús y a la pobre mujer.  El jefe de la sinagoga pone de manifiesto la religión en la que ha construido su vida. No basada en el amor y la compasión, sino en la censura, en afear y juzgar la vida de otros, en condenar y alejar. Señor libranos en nuestra Iglesia de vivir en modo condena y que seamos compasivos y misericordiosos como tú.