Jesús confía su vida a la nuestra. Nos reconoce como colaboradores imprescindibles para que su Reino se plasme en la historia. Por eso como llamó a sus primeros discípulos, hoy sigue llamando a hombres y a mujeres que lleven su Palabra y su amor a todos los rincones de nuestra ciudad. Es una llamada cargada de confianza. Nuestras vidas como cartas vivas traducen con gestos y palabras quien es el Dios en el que creemos. Con esta intención apremiamos y pedimos a Dios para que sea fiel a su estilo de compromiso total con la causa humana. Que no abandone tantas situaciones de dolor y sufrimiento. También nosotros nos comprometemos a vivir con el mismo deseo de liberación y de alianza. Nos implicamos en la tarea de traducir el Dios que nos llena de confianza a la mirada y comprensión de un mundo que vive ajeno a su presencia y a su Palabra. Dios no llama a los capaces, sino que capacita a los que llama. Nos llama a construir junto a los demás, redes de amor y de compasión.

Proyectos que llenen de alegría y de felicidad las vidas de los que nos rodean. Presencias ofrecidas cuando los demás viven días de oscuridad, de enfermedad, de tristeza. Cada momento es una llamada y una invitación a reconocernos colaboradores en la construcción del Reino. Nuestra fe conlleva acciones que nacen de una profunda libertad y de un compromiso liberador con las ataduras y esclavitudes de nuestros hermanos. Se profana a Dios siempre que se profana su imagen y semejanza, que es la persona humana. Y también profanamos a Dios cuando hacemos de nosotros mismos un lugar de esclavitud, de servidumbre, que es lo opuesto a la libertad, y un lugar de indiferencia ante el sufrimiento humano, que es lo contrario al cuidado providente y misericordioso de nuestro Dios. Nuestra vida cotidiana se mueve entre la santificación de Dios y la profanación de su nombre. Entre mostrar la gloriosa libertad de los hijos de Dios, o vivir atrapados en el miedo, en el desconsuelo frente a las dificultades de la vida.

La felicidad está en la fecundidad. En el dejar huella en las personas que encontramos en el camino de nuestra vida. Dejar la sonrisa en el rostro de tantas personas con los que el servicio, la entrega, la escucha, la acogida, la ausencia de juicio o de condena, refleja el amor de Dios. El fruto que debemos aportar es con frecuencia un simple momento de escucha activa y de diálogo sincero. Todo el Evangelio se resume en dejar espacio a la otra persona para que sea ella misma, desde la valoración, desde el aprecio sincero, desde una comunicación profunda que nace del corazón. Convencidos que lo más genuino de cada persona es dejar desarrollar lo más divino que la habita y le constituye por dentro. Todo ser humano es revelador y apóstol del Dios en el que cree y que le habita. Traducimos hacia fuera lo que llena nuestro corazón.