Recibir una amenaza de muerte modifica radicalmente nuestra vida. Cuantas familias amenazadas en los tiempos de terrorismo, o de la persecución religiosa, o política tienen que desplazarse y convertirse en refugiados en tierras extranjeras porque les son privados todos sus derechos. En el evangelio de hoy Jesús recibe una amenaza, le invitan a marcharse porque Herodes quiere matarlo. La respuesta de Jesús nos revela dónde tiene edificada su vida, y es en la roca firme de las manos del Padre. No muestra nervios, o miedo, o desesperación, o histeria. Muestra la vida de un hombre apoyado totalmente en la confianza depositada en Dios. Qué diferencia a nuestra forma de vivir las situaciones imprevistas o negativas que nos sumergen en la tristeza y el pesimismo. Jesús traduce en sus palabras convicción, fuerza, esperanza, conciencia de estar cumpliendo un encargo y una misión de parte de su Padre. Ni Herodes ni nadie doblegan la firme convicción de llevar a cabo su misión.

Jesús tiene integrado en su propia vida la aparición de lo negativo, de la cruz, de la persecución, del rechazo. De hecho, anunció hasta tres veces a sus discípulos que su destino pasaba por ir a Jerusalén y ser ejecutado por los sumos sacerdotes y escribas. Y ese afrontar la cruz, abrazarla, la hacía vivir sin miedo. El que no tiene nada que perder, también se libera del miedo. Nos aterroriza la frustración de que se nos pase la vida sin tener nunca la sensación de plenitud. Y Jesús nos recuerda que es mucho más fácil de lo que nos imaginamos. La resurrección nunca se aleja de nuestra tierra. No es una invitación a huir de lo que nos cuesta. No es buscar experiencias celestiales, sino terrenales, del suelo, pero acompañadas por el entendimiento de que el amor de Dios se experimenta en el aquí y en el ahora. Ojalá se nos abra el entendimiento y descubramos lo afortunados que somos de vivir lo que vivimos.

¿Qué le puede ofertar el Cristo resucitado a tantas existencias insatisfechas y quejosas? Resucitar es volver una y otra vez a lo que soy, a lo que vivo y hacerlo de una manera agradecida. Es pasar del rechazo de lo que soy, de la comparación, del complejo, al reconocimiento sincero de la historia única y exclusiva que Dios está haciendo con cada uno de nosotros. Es apasionante practicar la cultura del encuentro. No movido por el interés y por el mercantilismo, sino por el asombro de encontrarnos. Nos espera en el otro lo que necesitamos justo en este momento de nuestra vida. Una llamada, un mensaje, un whatsapp, un encontronazo casual, todo son hilos de nuestra vida entretejidos por el sueño de nuestro Dios tejedor, para encontrarnos continuamente acompañados por su presencia y su amor.