La mayoría de problemas a los que nos enfrentamos a veces implican un choque, no entre el bien y el mal, lo bueno o lo malo, no es tan fácil distinguirlo en muchas ocasiones. A veces hay conflictos y confrontaciones entre dos maneras de entender el bien, la vida o al mismísimo Dios. Vivimos una época en la que “farmeamos aura”, así se refieren los más jóvenes al hecho de mostrar los talentos, las capacidades, en definitiva, un espacio en el que salir del anonimato y conseguir un minuto de gloria, de relevancia, de atención. Consiste Nuestra época nos deja huérfanos de personas dispuestas a cuidarnos y a escucharnos. Tenemos un déficit de valoración, de autoestima, de una inyección de afecto que todos necesitamos visto el nivel de desarraigo y de soledad que viven muchas de nuestras biografías.

El evangelio de hoy habla precisamente de eso, de cómo nuestro valor no lo podemos confiar en las miradas y en los juicios que los demás puedan expresar, sino de cómo nos ve Dios y de la imagen que nosotros tenemos de nosotros mismos. Escoger los primeros puestos es vivir en modo comparación, envidia, haciendo continuas listas y rankings cuando lo más cierto es que todos somos iguales en dignidad, valor, e identidad de hijos de Dios. Jesús deja muy claro que para Dios todos somos iguales. Lo de ser el mejor, principal, triunfador, experto, o fracasado, último, despojo, marginal son solo adjetivos, categorías, etiquetas, totalmente subjetivas. Para unos lo bello e inteligente es un criterio, que para otros es lo contrario. Por eso lo importante es el nivel de satisfacción, de gratitud, de bienestar que cada uno tenga sobre sí mismo.

En nuestra vida social nos esforzamos en subrayar lo que nos diferencia, los espacios reservados para los VIP, los influencers, las celebritis y en un avión hay clase “primera”, “business” y “turista”. Estan los locales privados y los para todos. Lo denominación de origen y las marcas blancas. En la Iglesia no. En el corazón de Dios no. En el banquete del Reino de Dios los lugares serán intercambiables. Los primeros serán últimos y disfrutarán de compartir los espacios con todos. En el corazón del Padre hay sitio, morada, para todos. Cabemos todos. Nadie considerará propio lo suyo, sino que lo viviremos todo en común. Y los que seguimos a Cristo intentamos ya inaugurar en la Historia esa vivencia del Reino de los Cielos.