Hoy es el día de la Virgen de los Dolores. No es que los cristianos tengamos agudizado el sentido del sufrimiento y nos apasione esto de conmemorar historias de dolor. Es que sencillamente asistimos a la angustia de una Madre al pie del potro de tortura de su Hijo. No es entusiasmo por la sangre, es acompañar al dolor, que no es asunto fácil. Asistimos a la sensibilidad extraordinaria de una mujer manchada por un sufrimiento irracional. Normalmente quien sabe sufrir, calla y no hace aspavientos. A mí normalmente me quitan la devoción las imágenes de vírgenes lacrimosas y asaeteadas de espadas, porque siempre hago caso a los niños. Cuando un niño no ha recibido la fe, entra en una iglesia y se encuentra una mujer ensangrentada y dolorida, sale corriendo. En cambio, si se encuentra con el cuadro de una mujer en silencio ante la Cruz, se acercará tímidamente para intentar entender qué ocurre en la escena. Es más una búsqueda de comprensión que puro pánico. Es justo lo que me pasa a mí, me interesa conocer cómo debió ser aquel silencio en el alma de María. El silencio ante un moribundo es una acción sagrada, ninguno sabemos acompañar bien a quien sufre, y el silencio suele ser una oración anónima, una conversación callada, el sustituto de las palabras que no sirven. En la Anunciación, Nuestra Madre aceptó la invitación del Altísimo a hacer vida en ella, y días más tarde aquella joven estalló de júbilo ante su prima Isabel. Ahora, sin embargo, ha llegado el tiempo de la angustia. Su Hijo no envejecerá, ni Él la verá envejecer, como dicen los cánones. El mundo ha enloquecido y ahora el desorden se ha convertido en principio. “La mosca en la pared” es un concepto anglosajón que se refiere al observador discreto que está siempre enfrente de una realidad, pero se queda aparte, y lo hace para obtener información y trasladar lo que está viendo al papel. Es el rol del periodista, que ve la realidad y, sin vincularse, da cuenta de la misma. La Virgen, sin embargo es el testigo umbilical del Hijo, no está más allá, sufre desde sus mismos huesos. Pocos poetas han expresado mejor la personalidad de una madre como Christian Bobin: “una madre no representa nada frente a su hijo. Porque no está frente a él, sino a su alrededor, dentro, fuera, por todas partes. Ella tiene al niño levantado en sus brazos y lo presenta a la vida eterna. Las madres no tienen puesto ni lugar, nacen al mismo tiempo que sus hijos”. En el caso de Nuestra Madre se podría decir que muere al tiempo de su Hijo, por eso las festividades de ayer y de hoy son casi la misma. En María se operaban dos acciones presuntamente contradictorias pero que en ella se simultaneaban: se olvidaba de sí misma, pero al tiempo vivía intensamente. Esa es la labor de quien ama: olvidarse de sí y no dejar de vivir apasionadamente. ¿Qué vio María en el rostro de su Hijo? Ni el cubismo, ni el fauvismo, ni el expresionismo, ni la abstracción, ni ninguna de las grandes corrientes del siglo XX han llegado tan lejos como este realismo descolocado de la Cruz . Allí no quedaban rastros del bebé que fue, ni del adolescente al que día a día le iba cambiando la voz. Era “un desconocido fruto de sus entrañas”. Pero el amor ve siempre más allá de la figuración, y no le hace falta la representación exacta. Ayer y hoy son días duros además de incómodos, porque aparecen en septiembre, cuando el calor aún no se ha ido y todavía llevamos el salitre del mar en la piel. La Iglesia nos regala un tiempo de reflexión sobre un Dios que se duele y una Madre silenciosa que no se escabulle.