A mí me parece que cada ser humano tiene un componente escondido que le convierte en alguien apasionante. Todo ser humano es apasionante, así de emocionante, sólo necesitamos un mínimo de detención para descubrirlo. Lo dijo Fernando Pessoa, “todo merece la pena cuando el alma no es pequeña”. Si en cambio somos miembros de una tribu acostumbrada a “calificar”, pondremos unos a un lado, y el resto al lado contrario. Pero las piezas menores que advertimos en el otro son siempre imprescindibles para hacer del ser humano un prototipo irreproducible. Cuánto estoy disfrutando, Dios lo sabe, de “La vida, instrucciones de uso” de Georges Perec, libro que no recomiendo a usuarios no advertidos porque son ochocientas páginas de detalles sobre el ser humano y sus historias minúsculas. La biografía de un edificio parisino, y en él decenas de hogares, cada uno con sus misterios y mezquindades. También aparece la vida de los muebles, de los gatos, de los sueños que se mueven por las estancias. Malos tiempos para detenernos en vidas ajenas, que bastante tenemos con llegar a fin de mes. Pero en eso tan mezquino nos hemos convertido. Alguien decía que en el siglo XIII había soldados, sacerdotes y mercaderes. En el siglo XXI sólo quedan los mercaderes. Después de misa, un hombre de setenta años y metro noventa, me ha pedido un tiempo de conversación, y me ha dicho que como cardiólogo, con treinta años de profesión a sus espaldas, ha descubierto, me dice, que el dolor por sí mismo conduce a la desesperación, “sólo Cristo puede poner luz al horror”. Y que la mejor forma de paliar el dolor del enfermo es el silencio sagrado, “al enfermo hay que saberlo acompañar con el silencio, no con el consejo, porque un consejo no solicitado, es un asalto a la intimidad”. Cito a este desconocido porque sigo queriendo hacer hincapié en lo apasionante que somos cada uno. Todos pensamos y sacamos conclusiones y necesitamos lanzarlas al tapete de la conversación, somos hijos de los vínculos y nos exigimos el contraste. Georges Perec cuenta la vida que se mueve en las escaleras del edificio protagonista de su novela, porque en cada escalera hay un recuerdo, una emoción, un ademán, un perfume, el sonido de un traqueteo torpe de máquina de escribir, un maullido quejumbroso. Es decir, toda esa vida humana que se pone a disposición de los demás sin licencias ni normativas urbanas. En nuestros días, a pesar de que los tabiques de los nuevos edificios sean planchas de papel, los ruidos de los pasillos y entresuelos, esas llamas vacilantes de la vida que se mueve a nuestro alrededor, están desapareciendo. Cada uno se muda a su vida reclusa y se conforma con la isla de lo propio. Una escalera ya no es un punto de encuentro. Para un Dios que se nos mostró en el Antiguo Testamento como una escalera por la que subía del otro lado y bajaba también del otro lado, debe ser una pequeña tragedia ver a sus hijos tan poco dispuestos al encuentro. En el Evangelio de hoy, el Señor reprochaba a sus compatriotas que juzgaban sin mirar: a Juan Bautista lo tildaron de endemoniado, y al Hijo del Hombre de comilón y borracho. Pero es por eso, porque no queremos salir de nosotros y atrevernos a mirar al otro con la desvergüenza de un niño. Por eso nos cuesta en estos días leer la novela de Perec, porque nos parece insufrible entrar en vidas ajenas, sólo queremos que nos entretengan sin complicarnos. El Señor dice, al final del pasaje de hoy, que la clave de mirarnos está en la sabiduría. Hay que saber acercarnos y mirarnos. Y no es fácil, porque la vida del otro nos empieza a decir muy poco.