De pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad. Eso hace un senador del partido demócrata para ganar adeptos. Lo hemos visto un millón de veces en documentales y películas. Recuerdo el caso de la escritora francesa Yasmina Reza, autora de “Arte”, aquella filigrana teatral maravillosa, que siguió kilómetro a kilómetro al que fuera presidente de la República Francesa, Nicolas Sarkozy, cuando por entonces era un mero candidato. Ella quería trazar un texto más bien literario de su persona, y llegó a definirlo como un animal político. Las giras políticas suelen ser extenuantes, el precio es el agotamiento, el objetivo ganar votos. Ganar votos… Los clásicos griegos hablaban de la importancia de la retórica y la persuasión como verdaderas artes para conquistar los corazones. Hoy vemos al Señor sin parar un segundo, de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad. Él no buscaba votos, ni siquiera una multitud de adeptos, de hecho cuando hacía algún milagro, a demanda de quien sufría, lograba escabullirse de la masa. Tampoco el Señor era un maestro de retórica, porque su palabra era la prolongación perfecta de su propia Vida. La oferta del Señor no era un discurso de predicador de Nashville, sino una propuesta de cambio en el corazón de los oyentes, que descubren que esas palabras se refieren a su destino. Lo ha dicho el filósofo Fabrice Hadjadj en una entrevista reciente, “la salvación del hombre no es un rescate, es una alianza”. Las palabras que el Señor pronunciaba por los caminos, aludían a la necesidad de establecer una alianza Dios/criatura. Como una alianza matrimonial, serena, cómplice, doméstica, felizmente exigente. El Señor no quería impresionar a las masas, ni regalar discursos de paz y amor poniendo guirnaldas en los cuellos, sino propiciar una transformación interior: o escogemos la compañía de Dios o nos quedamos solos y lisiados. Vámonos ahora trece siglos adelante. Nos encontramos con Francisco, un joven de Asís que quiso hacer de su vida el reflejo de una profunda amistad con el Resucitado. Era un extraño en el mundo, un nómada, un extranjero que sabía que el universo no se mide en propiedades. Ni siquiera nombraba uno a uno a sus seguidores, sólo proponía el Evangelio, con toda su belleza, a quien quería oírlo. Y la gente, claro, se iba detrás de él, porque cuando alguien está convencido de dónde ha puesto la razón de su vida es capaz de convencer al Papa y al mismo sultán de Egipto. Me gusta ver al Señor moviéndose por la tierra, ajeno al horizonte del terrateniente, al gabinete del doctor en ciencias exactas. Todo peregrino que se dirige a un santuario en distintas etapas, resume una manera de vivir en cristiano. Todas las cosas que parecían asentarse a nuestro alrededor han terminado en ceniza, y lo sabemos. Hoy mismo he pasado por un restaurante donde hacía unos años iba con mi familia a comer, ahora es un decorado que espera su derrumbe, con vigas de madera en forma de aspas en sus antiguas puertas. Sólo permanece lo que nos plantaron en nuestro interior, y sólo con eso llegamos al otro lado de esta vida. Eso quería el Señor, soltar su semilla de eternidad. Las palabras no se las lleva el viento, no es verdad. Las palabras de libre mercado y las que propician intercambios comerciales, sí que caducan. Las que nos invitan a servir a los demás, permanecen en el hondón de nuestro interior, hasta hacerse gruesas como el tronco de un roble. Santa Teresa se fiaba mucho de las palabras, traduzco algo suyo al castellano del XXI, “las palabras conducen a la acción, preparan el alma y la conmueven hasta la ternura”. Así se movía el Señor por Palestina, era el Maestro que empezaba en la palabra y terminaba en la ternura.