“Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.” Con el Señor tenemos que ser constantes e insistentes. No es que tengamos que hartarle, pero -si somos sinceros-, rezamos bastante poco en la mayoría de los casos. “¿Quién os ha embrujado? ¡Y pensar que ante vuestros ojos presentaron la figura de Jesucristo en la cruz!” ¿Quién nos ha embrujado, que nos cuesta rezar, contemplar la cruz y enamorarnos perdidamente de Cristo? Si descubriésemos, aunque sólo lo vislumbrásemos ligeramente, el amor que Dios nos tiene, nos volveríamos locos.

María, nuestra madre la Virgen, descubrió el amor de Dios, lo llevó en sus entrañas, lo acunó en sus brazos, lo vio crecer y recogió su cuerpo inerte de la cruz. Por eso la Virgen es maestra insigne del trato con Dios, de la presencia constante de Dios y de la contemplación.

Celebramos ayer a Nuestra Señora la Virgen del Rosario. Sólo desde la experiencia de la oración continua, diaria y constante del rosario se descubre el inmenso valor de esta oración vocal. Al igual que los latidos del corazón o la respiración, que nos hacen vivir aunque no nos demos cuenta muchas veces de que nuestro corazón late o nuestros pulmones se hinchan de aire, las avemarías y las alabanzas surgen de nuestros labios y de nuestra mente hacia el cielo.

Si la única virtud del Santo Rosario fuese el estar veinte minutos sin hablar mal de nadie, ya tendría muchísimo valor. Pero además en el rosario contemplamos la vida de Cristo de la mano de María. En cada misterio -o en cada avemaría-, encomendamos las personas y las situaciones que nos rodean, ponemos al mundo y a la Iglesia en manos de Dios y dejamos que el Espíritu Santo actúe en nosotros.

No nos importe ser “los cansinos” del cielo. Cuando nos encontremos cara a cara con Cristo y con nuestra Madre nos daremos cuenta de lo poco que hemos tratado a nuestro Dios, del tiempo que hemos perdido en conversaciones vanas, en críticas infecundas, en vaciedades sin sentido.

Cuidemos siempre el rezo del Rosario. Santa María, maestra nuestra, ayúdanos a “responder a la fe.”