Se le critica a la Iglesia de irresponsable, inquisidora y reaccionaria ante determinado tipo de hechos. Pero nadie la defiende cuando le intentan dar gato por liebre. Cuando Jesús dice en el Evangelio: “El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo” sabemos muy bien a qué tipo de matrimonio se refiere. De hecho, Él también estuvo en las Bodas de Caná, y además vivió y creció en una familia normal, donde los padres eran un hombre (san José) y una mujer (la Virgen María), y en ningún momento quiso dar pie a algo contrario de lo normal. Además, Dios nunca puede contradecirse así mismo y, de esta manera, cuando creó a Adán y a Eva (“hombre y mujer los creó”), sabía muy bien a qué fin estaban destinados: a vivir en semejanza con su Creador, que es amor, y a crecer y multiplicarse, como fruto de ese amor y signo ineludible de su propia naturaleza. 

 Dios selló al hombre con el distintivo de la libertad, que no se encuentra en otra criatura del universo, siendo su voluntad que el ser humano, con el ejercicio de esa libertad, entre a formar parte del plan divino. Y no es que esté el hombre “constreñido” a algo que es capricho de un ser superior, sino que cuando se “desvía” de aquello para lo que fue creado, entonces sí que su libertad queda disminuida o, incluso, puede desaparecer, porque es como andar ciegos en algo que no le corresponde en absoluto (¿nos imaginamos, por ejemplo, a una trucha diciendo: “¡ya no me da la gana de estar bajo el agua!, a partir de ahora me quedo todo el día tomando el sol en la playa”?

“Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos”. Dios nos ha llamado a ser algo muy especial, pero quiere hacerlo contando con nuestra libertad. Quiere que llegues a formar parte de algo tan extraordinario que no somos capaces de imaginar, porque se trata de obtener una felicidad que nada, ni nadie, fuera de Él, puede ofrecerte… ¿Dios podía haber hecho las cosas de otra manera? Siendo fieles a la voluntad de Dios ya somos más felices, y vamos obteniendo el ciento por uno aquí en la tierra.

 Que nunca nos den gato por liebre, y agradezcamos a Dios que también nos ha regalado ese don precioso que es su santísima Madre, y que es además Madre de todas las familias cristianas.