El evangelio de hoy es muy breve, pero tiene un significado especialmente bonito al escucharlo el 12 de octubre, fiesta de Nuestra Señora del Pilar. Una mujer, impresionada por Jesús, levanta la voz entre la multitud y le dice: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Dicho de una manera muy nuestra: qué orgullosa tiene que estar tu madre de tener un hijo como tú. Pero Jesús responde de una manera sorprendente: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».
Jesús no está quitando importancia a su madre. Al contrario, está revelando por qué María es verdaderamente grande. No solamente porque llevó a Jesús en su vientre, sino porque antes había acogido la Palabra en su vida. María escuchó a Dios y respondió: «Hágase en mí según tu palabra». Su grandeza está en haberse fiado de Dios y haber construido su vida sobre esa confianza.
Y esto encaja de una manera preciosa con la fiesta del Pilar. Un pilar es aquello que sostiene cuando todo lo demás parece moverse. También nosotros necesitamos pilares. Los necesitamos cuando un proyecto no sale como esperábamos, cuando aparecen problemas en casa, cuando estamos preocupados por alguien, cuando llega una enfermedad, cuando no sabemos qué decisión tomar o cuando rezamos y parece que Dios guarda silencio. María no nos promete que nada se vaya a mover; nos enseña dónde apoyarnos cuando todo se mueve.
Celebramos también el 12 de octubre el día de la Hispanidad, una jornada que nos recuerda una historia, una lengua y una cultura compartidas por pueblos muy distintos. Y esto también puede ayudarnos a entender el Evangelio. Hay muchas cosas importantes que hemos recibido sin haberlas elegido: una familia, una cultura, unas tradiciones y, para muchos, también la fe. Quizá en nuestra casa había una imagen de la Virgen, nuestros abuelos nos enseñaron a rezar, fuimos bautizados de pequeños o hemos crecido celebrando determinadas fiestas. Pero recibir una herencia no significa automáticamente hacerla nuestra.
Por eso Jesús da un paso más: «Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen». No basta con una fe heredada, cultural o simplemente recordada. La fe tiene que pasar por nuestra propia vida. Tiene que notarse en cómo tratamos a quien tenemos al lado, en nuestra capacidad de perdonar, en cómo trabajamos, en cómo utilizamos nuestro dinero, en cómo cuidamos a nuestra familia o en cómo reaccionamos ante quien piensa o vive de manera diferente.
Quizá esta sea también una buena manera de vivir la Hispanidad desde el Evangelio. Lo recibido no está para sentirnos superiores a nadie, sino para convertirlo en responsabilidad. Si hemos recibido mucho, podemos preguntarnos qué estamos haciendo con ello y qué podemos aportar a los demás. Una fe auténticamente mariana nunca nos encierra en nosotros mismos. María recibe a Cristo y después sale de casa para servir.
Hoy podemos mirar a la Virgen del Pilar y preguntarnos cuáles son realmente los pilares de nuestra vida. Porque podemos apoyarnos en el trabajo, en el dinero, en nuestra imagen, en tenerlo todo controlado o incluso en la aprobación de los demás. Y basta que alguna de esas cosas falle para descubrir lo frágiles que eran.
María nos propone otro fundamento: escuchar a Dios, fiarnos de Él y vivir de acuerdo con su Palabra. Ese es quizá el mejor homenaje que podemos hacerle hoy. No solamente llevar flores a la Virgen, cantar una canción o celebrar una tradición preciosa, sino intentar parecernos un poco más a ella.
Porque María fue bienaventurada no solamente por llevar a Jesús en sus brazos, sino porque primero dejó que Dios sostuviera toda su vida.