(Nota: Hoy hay distintos formularios de Misas y variedad de lecturas, ya que cada sacerdote puede celebrar tres Misas, así que tal vez escuchéis distintos Evangelios).
El camino es importante hasta que se llega al destino. Una vez llegado el camino parece bien, tal vez se podrían haber hecho otras elecciones, pero el llegar al destino borra las penalidades del camino. Lo malo es equivocarse del camino y no llegar nunca al destino. Si alguna vez habéis hecho el Camino de Santiago, o alguna otra peregrinación, es normal que por el camino haya gente que te adelante, se ponga a tu paso para charlar un rato contigo y, si tiene las piernas más largas o va más ligero, continúe su camino, deseándote buen peregrinaje, y esperes encontrártelo en la Misa del peregrino al final del camino.
Ayer celebrábamos a todos los que han llegado a la meta. Ya están descansando y gozando del destino de gloria. Hoy nos toca acordarnos de todos aquellos que, después de esta vida, siguen caminando hacia el destino. Ya no tienen fuerzas, sus cuerpos están inertes y necesitan a quien los cargue sobre sus hombros y los lleva hasta la línea de meta. Y, “nadie va al Padre sino por mí”, Jesucristo es el camino y la verdad y la vida.
“Me voy a prepararos un lugar”. Y hoy toda la Iglesia peregrina clama a Dios que lleve a los difuntos al lugar que Dios les tienen preparado. “Volveré y os llevaré conmigo”. Ellos ya no pueden, pero tú y yo tenemos todavía los sacramentos, la santa Misa y la oración que unen cielo y tierra. Pedimos por ellos y es el acto de caridad más gratuito y generoso. Llegará un día en que el purgatorio se quede vacío, pero cuanto antes pongamos amor de Dios para paliar esa falta completa de amor, mejor será.
Creo que hoy creemos poco en la oración por los difuntos. En muchos funerales se hacen “recuerdos” del fallecido con gran éxito de público. Pero el que toma el arado y mira para atrás no vale para el Reino de Dios. Aun después de la muerte seguimos mirando hacia delante, no paramos hasta llegar al cielo, aunque sea encima del borriquillo de nuestro Buen Samaritano alimentado con el pienso de nuestras oraciones.
No dejéis de rezar por vuestros difuntos, por todas las ánimas del purgatorio. Lo agradecen y mucho. La Virgen pone las manos de nuestros difuntos en la mano llagada de su Hijo y les dice: ¡Síguele!