BILOCACIONES Y ARTICULACIONES

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Tito 1, 1-9, Sal 23, 1-2. 3-4ab. 5-6, Lucas 17, 1-6

“Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: «Arráncate de raíz y plántate en el mar», y os obedecería”. Tengo un amigo que dice que hacer milagros es sencillísimo. “Eso de mover una montaña” -dice él- “lo hago yo sin manos. ¡Lo difícil es convertirse!”. Creo que mi amigo tiene toda la razón.

No creo que nadie piense que el Señor quiere enseñarnos a distinguir a los santos porque van plantando moreras en el mar. No es eso. La oración de los santos no se distingue por las gracias que suplica, sino por el motivo que les mueve a suplicar. Hace cosa de treinta años vino a España un tal Uri Geller que doblaba las cucharas y arreglaba los relojes con sus pretendidos poderes mentales. Engañó a miles de personas, pero no sé de ninguna que lo tomase por una aparición de San Pancracio con rizos.

Cuando a San Pío X lo ensalzaban por hacer milagros, el hombre casi se disculpaba: “¡De todo tiene que hacer uno en esta vida!”. Una mujer le dijo: “Santo Padre, le he puesto a mi hijo enfermo los calcetines de Su Santidad, y ha quedado sano”. El Papa le respondió: “¡Hay que ver, señora! Yo me los pongo todos los días, y nunca me sucede nada”.

Lo que distingue la oración de los santos es que nace del Espíritu. El santo no pide nunca desde sí mismo. Su plegaria nace mucho antes que él, le atraviesa por completo y va a clavarse, como una flecha, mucho más allá de su persona. El santo distingue los gemidos del Paráclito, y pone su oración al servicio del Corazón de Dios. El santo no es dueño de su oración, sino esclavo de los deseos del Señor. Si para salvar un alma hiciera falta mover una morera, descuajar un roble o trasladar un continente entero, el santo lo pediría con la misma naturalidad con que un niño le pide a su padre la luna, y Dios se lo concedería sin dudarlo un solo instante. Algunos, como San Pío de Pietrelcina o San Pedro Regalado, se han bilocado para salvar almas (a este último, por cierto, quieren hacerlo en Italia patrón de Internet a causa de sus bilocaciones). Otros santos, como Santa Teresa del Niño Jesús, no hicieron en vida ningún signo milagroso. Pero todos ellos movieron la más maciza de las montañas: el alma humana. Como la morera del ejemplo evangélico, la descuajaron del pecado y la plantaron en Dios para siempre. He ahí el verdadero milagro, el más difícil de todos. Yo me he pasado una semana moviendo cajas, lámparas y cortinas (aunque, todo sea dicho, sin intervención milagrosa alguna, porque aún me duelen las articulaciones), y sigo siendo el mismo pecador de siempre
“Auméntanos la fe”. Ésa fue la plegaria de los apóstoles, y ésa es nuestra plegaria de hoy. Nuestros deseos son, aún, demasiado terrenos. Nuestra oración es excesivamente “personal”. Nuestros anhelos vuelan demasiado bajo.

Conforme aumente nuestra fe, nuestros deseos serán los de Dios, nuestros anhelos serán los del Corazón de Cristo, y nuestra oración estará hecha en el Espíritu, como la de la Virgen cuando pidió “hágase”… Esa oración Dios la escucha siempre.

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