Que el Señor ilumine su rostro sobre ti

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Núm 6,22-27; Sal 66; Gá 4,4-7; Lc 2,16-21

Esa sucinta y hermosísima fórmula de bendición la recitan los judíos siempre: al levantarse, al acostarse, al salir de casa, al volver. Nosotros nos olvidamos de ella y solo la conocemos por la lectura de hoy. ¿Cuándo se ha iluminado el rostro de Dios sobre nosotros? Siempre que nos mira con ternura. ¿Y cuándo nos mira con esa querencia? Habremos de decir: siempre, siempre, siempre. Siempre que estamos en las cercanías de su Hijo. Pues del Padre sale una torrentera de amor hacia el Hijo, cuya es el Espíritu Santo. Pero esa fuente que abarca a Padre, Hijo y Espíritu, no se queda solo circulando en sus secretas internalidades, pues se derrama hacia nosotros con la encarnación del Hijo. Y lo hace en el vientre virginal de María, la puerta por la que el Hijo se hace carne. El Hijo, nacido de una mujer; nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley; para que fuéramos también nosotros hijos por adopción. Hijos de Dios, nuestro Padre. Hijos de María, nuestra madre. Porque hijos: Ahí tienes a tu hijo, Dios envía a nosotros, a lo profundo de nuestros corazones, el Espíritu suyo y de su Hijo, el Espíritu Santo, que clama: Abba, Padre. Circulación de amor que viene del Padre por el Hijo en el Espíritu, y que, por su hijo Jesús. llega a través de María. Torrentera de amor. Vivimos en el amor. El Misterio de la encarnación es Misterio de amor. El Señor ilumina su rostro sobre nosotros, sobre ti, sobre mí, sobre tus hijos, sobre tus padres y hermanos, sobre tus parientes, sobre tus amigos y amigas, sobre las personas con las que trabajas. Misterio de amor que, pasando a través de ti, porque tú también, como María, das a luz al hijo, llega a todos, a la humanidad entera. Ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre. No somos hijos de esclavo, sino hijos queridos, traspasados, circunvalados por el amor, aunque demasiadas veces ni nos demos cuenta. Un amor que pasa siempre a través de la encarnación; que se hace amor en la carne. Carne de Jesús. Carne de Dios. Carne virginal de María, nuestra madre. Carne tuya y mía. Por él se nos da entrada en el Misterio de Dios. Profundo misterio que nunca podremos ceñir, ¿quién abarca el amor que ilumina el rostro de Dios? Se ha cumplido el tiempo en que ese amor viene a nosotros en infinito derroche: el Hijo se hace carne en María —y en ti, y, Dios lo quiera, en mí también —, carne de amorosidad. Es ella la que nos hace ser. La imagen y semejanza del momento de la creación, perdida en el jardín cuando, engañados, quisimos ser como dioses, se nos ofrece desde su completud de amor, amor en su infinitud, para que nuestro ser recobre la plenitud de la naturaleza que había extraviado en el engaño.

¿Dónde encontraremos el punto que nos atrae, desde el que el amor del Padre nos provoca para ofrecernos de nuevo la plenitud de nuestro ser a imagen y semejanza? ¿Quién nos la mostrará? Ese punto de atracción es el Hijo, el Jesús de María, tu Jesús, mi Jesús, Dios lo quiera. Hoy lo vemos en su circuncisión, a los ocho días del nacimiento. Vemos cómo crece. Vemos cómo estira de nosotros para llevarnos hacia sí. ¿Y dónde está el hijo? En brazos de su Madre. Observemos todas estas cosas y meditémoslas en nuestro corazón.

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