Domingo de la 3ª semana de Tiempo Ordinario – 27/01/2013

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Comentario Pastoral
CELEBRAR Y VIVIR LA PALABRA

La palabra es el gran signo que posibilita y crea el encuentro y el diálogo de los seres inteligentes. La palabra expresa al hombre y por medio de ella toma conciencia de la realidad que lo circunda. Por la palabra el hombre actúa y se hace presente, manifiesta su mundo interior, hace inteligible lo que piensa, lo que siente, lo que es.

Es importante valorar con justeza y dar la principalidad debida a las palabras con que nos expresamos en la celebración litúrgica y nos comunicamos personal y comunitariamente con Dios. La Palabra de Dios, pronunciada o escuchada, exige sinceridad.

Para el creyente la Palabra de Dios no es mera letra impresa en la Biblia, sino que es historia, vida y verdad. La Biblia es Palabra de Dios no porque la sugiere o evoca, sino porque la expresa, la significa eficazmente, la hace patente. Por medio de la Biblia la Iglesia se manifiesta como comunidad de la Palabra y, a la vez, patentiza que la Palabra que proclama no es algo propio, sino algo que le ha comunicado gratuitamente Dios. Celebrar la Palabra en el culto litúrgico es revelar los planes ocultos de Dios, para suscitar una fe más profunda.

La Palabra de Dios es valorada en la liturgia como un acontecimiento. No se celebran ideas sino hechos. Se celebra precisamente la presencia de Dios en la asamblea por la comunicación de su Palabra. Se festeja el hecho de que Dios hable a su pueblo.

La celebración de la Palabra supone una sintonía previa: los que participan en la fiesta litúrgica saben qué es lo que va a pasar y precisamente por esto y para esto se reúnen. Más aún, organizan la liturgia para que el hecho se produzca. La Palabra no es anuncio de algo desconocido, sino repetición deliberada de un hecho esperado. La Palabra de Dios cuanto más conocida más se gusta de ella, más dice, mejor se celebra. Porque “celebrarla” supone poseerla y ser poseído por ella. La lectura bíblica llega a ser Palabra de Dios cuando se acoge, convierte, recrea y comunica vida.

Estas reflexiones vienen a propósito del Evangelio de este tercer domingo ordinario, en el que se presenta a Cristo en la Sinagoga de Nazaret, leyendo un trozo del Profeta Isaías y haciendo la homilía perfecta: “hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Nehemías 8, 2-4a. 5-6. 8-10 Sal 18, 8. 9. 10. 15
Corintios 12, 12-30 San Lucas 1, 1-4; 4, 14-21

Comprender la Palabra

La primera lectura del libro de Nehemías, describe una ceremonia de lectura bíblica de excepcional solemnidad. Forma parte del conjunto de iniciativas con que los fieles de Israel intentan llevar adelante la difícil tarea de la “restauración”, a la vuelta del destierro (siglos VI-V a.C). La escena iluminará, por analogía, la liturgia sinagogal que sirve de marco al texto evangélico de hoy. Todo el pueblo está presente y atento cuando se realiza la lectura del libro de la Ley. Todos necesitan una reforma: los que vienen de la Babilonia pagana y los que habían permanecido en Judá, ya que unos y otros se han desviado del cumplimiento de la Ley. En adelante todos deben conducir su vida de acuerdo con la única Ley de Moisés, expresión de la voluntad de Dios que eligió al pueblo de Israel como su propiedad personal. Esta reforma es necesaria para preparar y garantizar un verdadero futuro de fidelidad. La Palabra de Dios es insustituíble para los hombres de todos los tiempos, precisamente por su contenido tan rico en valores humanos.

En la primera Carta de san Pablo a los Corintios, prosigue el tema de los “carismas”. Sus dones personales de acción al servicio de la Iglesia. El apóstol desarrolla su predilecta contemplación de la Iglesia como “cuerpo” de Cristo, vivificado por su único Espíritu. La imagen del Cuerpo ilumina el milagro eclesiástico de la perfecta unidad en la sincera variedad. Cada órgano tiene su función al servicio del conjunto. Así, en la Iglesia todos son cuerpo y cada uno es un miembro. Su mejor servicio es amar, cultivar, desarrollar y ejercer el propio “carisma”, y no el ajeno (cfr. vv. 28-30).

Comienza este domingo la lectura semicontinuada del Evangelio según san Lucas, que (interrumpida durante la Cuaresma y el Tiempo pascual) se prolongará hasta el final de este año litúrgico. Lucas es el único autor evangélico que sigue la costumbre helenística de encabezar su obra con un “Prólogo”. Éste es un conjunto de cuatro versículos en orden a comprender el género literario de “evangelio escrito”, cuya fuente principal es la predicación de los que habían sido “testigos oculares” de los hechos de Jesús: los apóstoles. Su evangelio es una documentación escrita del testamento apostólico sobre Cristo-Jesús, hecho pensamiento, vida y tradición de la Iglesia primitiva.

Lucas nos da una síntesis del estilo de las homilías de Jesús: el fascinador “mañana” de los profetas se ha hecho “hoy” con su presencia. Las promesas de Dios son ya Evangelio (noticia, actualidad). Cristo es libertad de los oprimidos, riqueza de los pobres, luz de los ciegos, Gracia del Señor. La teología y la espiritualidad de san Lucas se concentran en este “hoy”, que envuelve toda la existencia de la Iglesia, y la compromete a ser para el mundo signo de la realización en Cristo de las promesas de Dios.

En la sinagoga de Nazaret se le ofrece a Jesús la oportunidad de dirigir su palabra al pueblo reunido. Providencialmente, la segunda lectura que se proclama está tomada del libro del profeta Isaías. El texto anunciaba al Profeta (Mesías) objeto de la ardiente esperanza. Un profeta lleno del Espíritu, enviado a anunciar el año de gracia del Señor al pueblo elegido. El contenido esencial de la tarea profética es anunciar y realizar la libertad y hacer presente el evangelio de Dios a los hombres. Un Evangelio que ofrece y posibilita la verdadera humanización del hombre y de su plena realización, liberándolo de las tareas que le impiden vivir en libertad y experimentar la felicidad que Dios quiere para todos. Este programa que conduce apasionadamente toda la vida de Jesús, sigue teniendo validez en nuestro mundo.

Ángel Fontcuberta

 

al ritmo de las celebraciones

La Fiesta de la Presentación del Señor

A los cuarenta días de la Navidad, el día 2 de febrero, la liturgia celebra la Fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo, como conclusión definitiva del ciclo natalicio. Esta fiesta se celebra ya a fines del siglo IV en Jerusalén, según el testimonio de la peregrina Egeria, en el día “cuadragésimo de la Epifanía”. En el siglo V se añadirá la procesión de los cirios. En Roma entró en el siglo VII, al principio con el mismo nombre griego de “hypapante”: “encuentro” (entre Jesús y el anciano Simeón), pero luego se derivó hacia el recuerdo de la “Purificación de Santa María”. La reforma litúrgica ha preferido en el nuevo Calendario (1969) el título cristocéntrico de “Presentación del Señor”, que se expresa con toda su riqueza de resonancia bíblica en los nuevos textos de la Misa y de la Liturgia de las Horas.

Jesús es considerado en su Presentación en el Templo como el Primogénito que pertenece al Señor. Jesús es reconocido como el Mesías esperado, luz de las naciones y gloria de Israel, pero también como signo de contradicción. La espada de dolor que se predice a María anuncia otra oblación, única y perfecta, la de Cristo en la Cruz, que dará la Salvación que Dios ha prometido para toda la humanidad.

La Misa de la Presentación del Señor es precedida por la bendición y procesión de las candelas, que subraya la importancia simbólica del encuentro de Jesús, luz que alumbra a todas las naciones, con el Templo de Jerusalén, y con los justos representados por el anciano Simeón, la profetisa Ana y sus padres. En esta celebración del misterio de salvación realizada por Cristo, está íntimamente unida la Virgen María, como Madre del Siervo doliente de Yahvé, como modelo del nuevo pueblo de Dios, constantemente probado en la fe y en la esperanza, por el significado y por la presentación (cfr. Pablo VI, Marialis Cultus, 7).


Ángel Fontcuberta

Para la Semana

Lunes 28:
Santo Tomás de Aquino (1229-1274), dominico, filósofo y teólogo, doctor, profesor, famoso por sus obras.

Hb 9,15.24-28. Se ofreció una sola vez para quitar los pecados. La segunda vez aparecerá a los que lo esperan.

Sal 97. Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas.

Mc 3, 22-30. Satanás está perdido.
Martes 29:
Heb 10,1-10. He aquí que vengo para hacer, ¡oh Dios! tu voluntad.

Sal 39. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Mc 3,31-35. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y hermana y mi madre
Miércoles 30:
Heb 10,11-18. Ha perfeccionado definitivamente  a los que van siendo santificados.

Sal 109. Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.

Mc 4,1-20. Salió el sembrador a sembrar.
Jueves 31:
San Juan Bosco, presbítero, Memoria

Heb 10,19-25. Llenos de fe, mantengámonos firmes en la esperanza, que fijémonos los unos en los otros para estimularnos en la caridad.

Sal 23. Esta es la generación que busca tu rostro, Señor.

Mc 4,21-25. Se trae la lámpara para ponerla en el candelero. La medida que uséis la usarán con vosotros.
Viernes 1:
Heb 10,32-39. Soportásteis múltiples combates. No renunciéis, pues, a vuestra valentía.

Sal 36. El Señor es quien salva a los justos.

Mc 4,26-34. El hombre echa semilla y duerme de noche y la semilla va creciendo, sin que él sepa cómo
Sábado 2:
La Presentación del Señor. Los fieles salen al encuentro del Señor con velas en sus manos y aclamándolo a una con el anciano Simeón, quien reconoció a Cristo como “Luz para alumbrar a las naciones”.

Mal 3,1-4. Entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis.

o bien: Heb 2,14-18. Tenía que parecerse en todo a sus hermanos.

Sal 23. El Señor, Dios de los ejércitos, es el rey de la gloria.

Lc 2,22-40. Mis ojos han visto a tu Salvador.

 

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