Domingo de la 26ª semana de Tiempo Ordinario. – 28/09/2014

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Comentario Pastoral
EL COMPROMISO DE DECIR “SÍ”

Las afirmaciones demasiado espontáneas, las respuestas inmediatas, casi sin pensar, deben ser sometidas a una crítica y análisis. Porque muchas veces el “sí” es un “no”, y viceversa. Decir “sí” es cosa muy distinta a hacer. El que da un paso adelante precipitadamente acaba retirándose apenas se encuentra fuera del alcance de la vista del superior. Por eso el que va regalando constantemente respuestas fáciles, la mayoría de las veces claudica ante empeños o situaciones difíciles.

En contraposición existen personas, como el primer hijo de la parábola que se propone en la Misa de este domingo vigésimo sexto, que son inquietas, rebeldes, que de entrada niega, pero que tienen un corazón de oro. Los rebeldes son apasionados porque han padecido algunas desilusiones, porque son fieles a unos valores olvidados. No saben emplear la palabra lisonjera, aparentemente viven en manifiesta desobediencia, se sienten incapaces de reducir la vida a saludos fáciles, son atrevidos porque parece que dicen “no” a todo.

La pregunta de Jesús es vigente y nos interpela a todos: “¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?’. Lo que importa, por consiguiente, es cumplir la voluntad del padre: cultivar la viña. Solamente los obreros de la verdad, y no los especialistas del “sí” fácil y de comprometido, son los verdaderos hijos. Porque el padre solamente reconoce como hijo a aquel que cumple su voluntad, y se esfuerza, y trabaja en la viña de la Iglesia. Sin embargo no llama “hijo” al que se limita a proclamar la simple intención de cumplir. Existen demasiados intencionistas de primera buena voluntad, pero que después hacen lo que les da la gana. Muchos se creen merecedores de un diez en conducta simplemente porque han dicho “voy, Señor”. Dios no se deja engañar por nuestro “sí” repentino, sino que echa una ojeada por la viña para ver si estamos y qué es lo que hacemos de bueno.

Se debe desterrar siempre un concepto de obediencia falsa e hipócrita, que suma inutilidades a la atonía del mundo. La verdadera obediencia, descrita en los textos bíblicos de hoy, significa humildad, cercanía a los otros, eliminación de la vanagloria, superación de los intereses personales, dominio del gusto personal y del fácil deseo de poder. Es donación como la de Cristo, el Hijo de Dios; es servicio a la entera comunidad humana. ¡Cuántos sepulcros blanqueados de aparente obediencia esconden muerte y vacío!

Andrés Pardo

 

 

 

Palabra de Dios:

Ezequiel 18, 25-28 Sal 24, 4bc-5. 6-7. 8-9
san Pablo a los Filipenses 2, 1-11 san Mateo 21, 28-32

Comprender la Palabra

Ezequiel introduce la doctrina de la responsabilidad personal aunque formando parte de un pueblo ligado por la alianza. Tanto que el quebrantamiento de esta alianza como su cumplimiento alcanza a la persona individual con su propia responsabilidad. Sin romper la unidad y comunión profunda del pueblo y su destino, en adelante cada miembro ha de asumir su propia e intransferible responsabilidad sea para bien o para mal. Estamos ante una comprensión conjunta y armónica entre la responsabilidad colectiva y la personal. La fe es un don que se vive en comunidad pero que recibe cada miembro que se incorpora a ella y, por medio de ella, a Cristo. Los creyentes y discípulos de Jesús son llamados a proclamar ante el mundo la armoniosa conjunción de la intervención de Dios en la historia y la responsabilidad libre y personal del hombre. Los creyentes, con su vida y su palabra, han de hacer creíble esta armonia entre la acción de Dios y la respuesta libre del hombre y de las comunidades humanas.

El contexto de la lectura apostólica tiene como tema la vida de la comunidad que está quebrada o bajo la amenaza de quebrarse. La gravedad de la situación queda patente por el hecho de que el apóstol se ve obligado a poner el ejemplo de la kénosis (vaciamiento o abajamiento) de Jesús. La lectura tiene dos partes: una en que Pablo alienta a los filipenses a tomar en serio su vida común fraterna y una segunda que recoge un himno antiguo en honor de Cristo preexistente, encarnado-humillado y finalmente exaltado.

El texto evangélico pertenece al quinto bloque narrativo del relato de Mateo. Estamos en Jerusalén, centro de la salvación. Pero el Salvador es rechazado por el pueblo de Dios en la persona de sus dirigentes: sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo.

Jesús advierte a los máximos dirigentes que el punto de referencia y la seguridad del pueblo no es el templo y el esplendor de su culto, sino la actitud que se adopte frente a la voluntad de Dios que es la fuente de la salvación para los hombres y de la identidad del pueblo de Dios. Es necesario realizar el proyecto de Dios con fidelidad, constancia y tenacidad. La salvación se realiza en un itinerario humano y dentro de la historia. Los dirigentes, representan a un pueblo rebelde y testarudo frente a los mandatos de Dios, han dicho que sí pero no lo han realizado con coherencia. Todo se ha reducido a un sí manifestado en un culto vacío pero sin traducción en una vida comprometida amorosamente con Dios y con los hombres. Frente a ellos hay una multitud que ha dicho no a la voluntad de Dios pero luego se arrepiente y entra en la dinámica salvadora de Dios. Este es el que realmente realiza lo que Dios quiere y desea de los hombres.

Jesús ofrece al mundo el verdadero rostro de su Padre, un Padre que siente profundamente la situación de sus hijos extraviados y quiere atraerlos a su misericordia para que sean felices. Durante mucho tiempo han ignorado la verdadera voluntad de Dios. Pero ha llegado el momento de encontrarse con Él frente a frente a través de Jesús. Sólo en el acceso a la voluntad de Dios a través de Jesús adquirirá el hombre su dignidad, su libertad y su fidelidad.

Ángel Fontcuberta

 

 

espiritualidad litúrgica


Secuencia de Pentecostés (6)

El Espíritu es tregua, brisa y gozoso consuelo.

El Espíritu es invocado como tregua, parada, sombra y cobijo en la fatiga. Brisa en el bochorno, como vaso de agua en la hora sedienta; acompañamiento amoroso, fiel, sensible, en los momentos más recios de la vida. Encuentro, amigo y compañero, palabra oportuna y experiencia de perdón en los momentos angustiosos.

El Espíritu Santo es la esperanza en nuestra “época de angustia”. Jesús, también hoy, sigue expulsando a los demonios “con el dedo de Dios”, es decir, con el Espíritu Santo. Gracias a la presencia del Espíritu, nosotros sabemos cuál de los dos frentes opuestos – el de la esperanza y el de la angustia – es el más fuerte y finalmente triunfará.

El Espíritu es el gran “liberador”. Esta liberación de la angustia por obra del Espíritu Santo, aparece en la carta de san Pablo a los Romanos: “Vosotros no habéis recibido un Espíritu que os haga esclavos, de nuevo bajo el temor, sino que habéis recibido un Espíritu que os hace hijos adoptivos y os permite clamar” ‘Abba’, ‘Padre'” (8,15).

El Espíritu es el que nos hace comprender el sentido redentor del sufrimiento. Es gozo en el dolor y luz secreta en los que aman y permanecen fieles junto a la cruz. Como compañía en el duelo, nos ayuda a desahogar el sentimiento y se hace el encontradizo en forma de amigos y personas queridas que permanecen en silencio y respeto en las horas más difíciles de la vida.

Al darnos el Espíritu Santo, Dios ha derramado su amor en nuestros corazones (cfr. Rm 5,5), es decir: tanto el amor con el que somos amados por Dios, como el amor con el que se nos capacita para amar, a nuestra vez, a Dios y al prójimo. Aplicado al consuelo que es la forma que el amor adquiere ante el sufrimiento de la persona amada-, estas palabras del apóstol nos vienen a decir que el Paráclito, no solamente nos consuela, sino que nos impulsa a consolar y nos hace capaces de consolar: “El es el que nos conforta en todas nuestras tribulaciones, para que, gracias al consuelo que recibimos de Dios, podamos nosotros consolar a todos los que se encuentran atribulados” (2Co 1,3-4).

 
Ángel Fonrcuberta

 

Para la Semana

Lunes 29:
Santos Arcángeles Miguel. Gabriel y Rafael: ángeles del Señor, bendecid al Señor

Daniel 7,9-10.13-14 Miles y miles le servían.

Sal 137. Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor.

Juan 1,47-51 Veréis a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre
Martes 30:
San Jerónimo (340 420), presbitero, doctor, dejó muchos comentarios sobre la Sagrada Escritura.

Job 3,1-3,11-17.20-23 ¿Por qué dió a luz a un desgraciado?

Sal 87. Llegue hasta ti mi súplica, Señor.

Lucas 9,51-56. Tomó la decisión de ir a Jerusalén.
Miércoles 1:
Santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897), carmelita, se ejercitó en la humildad, sencillez evangélica y confianza en Dios.

Job 1,12-14.16 El hombre no es justo ante Dios

Sal 87. Llegue hasta ti mi súplica, Señor.

Lucas 9,57-62 Te seguiré donde vayas
Jueves 2:
Santos Ángeles Cusdodios. Dios está siempre a nuestro lado y no nos desampara nunca, ama a todos los hombres y vela por ellos.

Job 19,21-27. Yo sé que mi vengador está vivo.

Sal 26. Espero gozar de la dicha del señor en el país de la vida.

Mateo 18,1-5,10 Sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial.
Viernes 3:
Job 38,1.12-21,40,3-5 ¿Has mandado a la mañana o has entrado por los hontanares del mar?

Sal 138. Guíame, Señor, por el camino eterno.

Lucas 10,13-16 Quien me rechaza a mi, rechaza al que me ha enviado.
Sábado 4:
San Francisco de Asís (1182-1226), renunció a los bienes y se consagró enteramente a Dios, instaurando un nuevo estilo de vida, basado en la pobreza y sencillez evangélica, que se ha concretado en las diferentes Ordenes franciscanas.

Job 42,1-3.5-6.12-16 Ahora te han visto mis ojos por eso me retracto

Sal 118. Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo

Lucas 10,17-24 Estad alegres porque vuestros hombres están inscritos en el cielo

 

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