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Domingo de la 25ª semana de Tiempo Ordinario. – 24/09/2017

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Comentario Pastoral

LOS ÚLTIMOS IGUAL QUE LOS PRIMEROS

“Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos”. Esta frase, que se lee en la primera lectura de la Misa de este domingo veinticinco del tiempo ordinario, es síntesis clave perfecta para entender el comportamiento, irracional e injusto según los esquemas económicos en uso, del propietario de la viña.

En la parábola destacan dos extremos: la contratación progresiva, a lo largo del día, de obreros para la viña, los cuales reciben por igual el mismo jornal, y la indignación polémica de los primeros, que pensaban recibir más. En la parábola se ven claramente reflejados los fariseos y justos, “los primeros”, que se escandalizan de que Jesús ofrezca la salvación también a los pecadores, “los últimos”. Esta reacción sigue siendo demasiado frecuente, incluso en la Iglesia de hoy.

De hecho, los jornaleros de la viña más que reclamar un salario mayor, lo que hacen es lamentarse fuertemente porque han sido tratados por igual los contratados al amanecer y los que llegaron a última hora. Esta reacción es similar a la del neofariseismo, que se escandaliza por la apertura y ofrecimiento de la Buena Nueva a los pobres, humildes, desheredados y pecadores.

Junto con la contraposición de “primeros y últimos”, se puede entender también la antítesis “judaísmo -universalismo”. Tratar por igual a los paganos hería ciertos privilegios y cierta lógica humana que consideraba la salvación como un bien y un patrimonio nacional. Jesús trata por igual a todos, a judíos y paganos, a justos y a pecadores. La vieja alianza basada en el derecho y en la justicia es sustituida por la nueva, fundada exclusivamente en la gracia. El Reino es un don de Dios y no un salario por las obras de la ley; la salvación no es una recompensa contractual, sino una iniciativa divina, hecha por amor, a la que el hombre es invitado a participar con alegría y sin limitaciones.

En los planes de Dios no media proporción entre el jornal celeste y la obra humana, que nos lo hace merecer. Las obras terrenas merecen salarios terrenos; el trabajo en la viña del Señor recibe un premio sin proporción con el mérito. Por eso los últimos son tratados como primeros, porque nadie los había contratado, por que permanecieron a la espera durante el día entero, atentos a la llamada. ¿Qué justicia es ésta? Justicia divina.

Andrés Pardo

Palabra de Dios:

Isaías 55, 6-9 Sal 144, 2-3. 8-9. 17-18
san Pablo a los Filipenses 1, 20c-24. 27a san Mateo 20, 1-16

 

de la Palabra a la Vida

Cuando tratamos de encajar en nuestra forma de funcionar y de medir las relaciones la forma de hacer de Dios y de hacer con nosotros nos encontramos con que el sistema falla y hay que tomar una decisión entre dos caminos posibles, a saber: o fiarme de su forma extraña de hacer, como con el hijo pródigo, por ejemplo, o enfadarme y echarle en cara su manía de salirse de lo habitual. El evangelio de hoy presenta en una parábola la crisis de aquellos que se enfadan porque tratan de encajarlo en su visión del trabajo y de la justicia, mientras que Él busca llevarlos a algo más grande.

Dos son los motivos de queja de los labradores que, desde el principio de la jornada han trabajado en la viña del amo: que han hecho más horas de labor que ningún otro, cobrando lo mismo, y el calor que ha endurecido el trabajo en las horas centrales del día, que no han sufrido los que han llegado a la puesta de sol, con un clima más favorable. La duración y la dificultad. Son diferencias tan evidentes que no cabe duda de que se presentan llenos de razones ante el amo, al que tratan con malas maneras. Sin embargo, la respuesta del amo es sorprendente: “¿Tienes envidia de mí porque yo soy bueno?” ¿Qué bondad es esa? ¿Qué tiene ese denario que es insuperable? Dios no quiere ofrecer la salvación sólo a unos pocos, es más, la ofrece a publicanos y pecadores, como si estos fueran los de la última hora… Ciertamente, “el Señor es clemente y misericordioso”, ofrece su denario a todos sin merecimiento, aunque diga el salmo que “el Señor es justo y bueno en todas sus acciones”.

Cuando el amo de la viña se transforma en el Señor, entonces el denario del final de la jornada se convierte en el Reino de Dios al final de la vida. Y entonces la parábola adquiere un sentido nuevo: Algunos privilegiados han tenido en su mano la posesión del Reino desde el principio de su vida. Ciertamente, les ha tocado sudar, afrontar dificultades, en determinados momentos la tarea se les ha hecho larga… pero la han afrontada teniendo el Reino de Dios en su mano, como un seguro y un sentido a todo el trabajo. Algo que no han tenido los trabajadores de última hora, los que sólo al final de la vida han disfrutado de la viña del Reino. Por eso, el trabajo en la viña no puede afrontarse de malas maneras, y ni la dureza ni la duración pueden hacernos rechazarlo, renegar de él, pues ofrece la salvación, ofrece saber que estamos trabajando con un sentido claro. Aquellos trabajadores tenían en su mano la vida eterna, la han tenido toda su vida… y no la han sabido valorar, se han quejado… Hay privilegios que tenemos que prestar atención para saber valorarlos. El Señor, sí, está siendo bueno con los de la última hora, pero no lo ha sido menos con los del principio del día. Verdaderamente, ahora se ve bien que “mis planes no son vuestros planes”.

El Señor sabe lo que se hace, y no se deja vencer por las dificultades, ni siquiera por el hecho de que sus trabajadores se revuelvan: Él nos está dando ya la vida eterna, la posesión del Reino. Quizás convendría valorar así nuestra fe, la eucaristía, la Iglesia, cada tarea o testimonio de fe que se nos pide… como la certeza del don recibido. Partiendo de la certeza del don, o partiendo de la bondad del dador, la conclusión es la misma, el privilegio de trabajar en esta urgente tarea. Nuestra experiencia de creyentes nos sitúa ya trabajando para el Señor, llamados por Él por pura gracia, porque es misericordioso, y no sólo tenemos que alegrarnos por ello a pesar de las dificultades, sino que también tenemos que desear que sean muchos más los que, cada día, quieran venir a trabajar con nosotros de sol a sol.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal
Prefacio de los ángeles

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Y proclamar tus alabanzas en tus ángeles y arcángeles
pues lo que se honra verdaderamente en ellos redunda en tu grandeza y gloria.
Siendo ellos dignísimos de todo honor,
Tú eres inmenso y has de ser reconocido sobre todas las cosas,
por Cristo Señor nuestro.
Por Él, la multitud de los ángeles celebra tu majestad;
a ellos nos unimos en gozosa adoración cantando a una sola voz tu alabanza:
Santo, Santo, Santo…

 

 

Para la Semana

Lunes 25:
Esdras 1,1-6. El que pertenezca al pueblo del Señor que suba a Jerusalén, a reconstruir el templo del Señor.

Sal 125. El Señor ha estado grande con nosotros

Lucas 8,16-18. La lámpara se pone en el candelero para que los que entren vean la luz.
Martes 26:
Esdras 6,7 8.12b,14 -20. Terminaron la el templo y celebraron la Pascua.

Sal 121. Vamos alegres a la casa del Señor.

Lucas 8,19- 21. Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen.
Miércoles 27:
San Vicente de Paúl, presbítero. Memoria.

Esd 9,5-9. Dios no nos ha abandonado en nuestra esclavitud.

Salmo: Tob 13,1b-5.10. Bendito sea Dios, que vive eternamente.

Lc 9,1-6. Los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos.
Jueves 28:
Ageo 1,1-8. Construid el templo, y me complaceré con él.

Sal 140. El Señor ama a su pueblo.

Lucas 9,7-9. A Juan le mandé decapitar yo. ¿Quién es este de quien oigo semejantes cosas?

Viernes 29:
Santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Fiesta.

Dan 7,9-10.13-14. Miles y miles lo servían.

o bien:

Ap 12,7-12a. Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón.

Sal 137. Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor.

Jn 1,47-51. Tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.
Sábado 30:
San Jerónimo, presbítero y doctor de la Iglesia. Memoria.

Zacarías 2,5 9.14-15a. Voy a habitar en medio de ti.

Sal Jer. 31,10-13 El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño.

Lucas 9,43h- 45. El Hijo del hombre va a ser entregado. Les daba miedo preguntarte sobre el asunto.


Domingo de la 24ª semana de Tiempo Ordinario. – 17/09/2017

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Comentario Pastoral

PERDONAR SIN LÍMITES

Al hermano se le debe corregir, pero “¿cuántas veces le tengo que perdonar?’. Pregunta importante, que siempre es actual por su difícil aplicación. Algunos textos bíblicos conceden el perdón hasta tres veces; el apóstol Pedro, a fuerza de magnánimo, se atreve a doblar la aplicación hasta siete veces; pero Jesús desconcierta con su respuesta exigiendo un perdón sin límites hasta “setenta veces siete”.

La parábola que se lee en el evangelio de la misa de este domingo es muy clara; está estructurada en tres escenas con dos protagonistas: rey y empleado; empleado y compañero; señor y siervo. Sobresalen los contrastes, la oposición de los comportamientos. Un gesto de buena voluntad alcanza el perdón inmediato de una gran deuda de quien posteriormente es incapaz e implacable para condonar el exiguo crédito de un compañero. Dios tiene infinita misericordia, mientras el hombre perdonado se muestra mezquino, tirano e intolerable para prolongar el perdón recibido.

El perdón siempre debe ser alegre, ilimitado, generoso. La parábola de referencia señala el paso de una concepción cuantitativa a una visión cualitativa del perdón. Perdonar es tener piedad y amor, superar las leyes de una justicia rígida o de un rigor inflexible. No existen límites ni casos cuando se juzga con amor.

Hoy somos invitados a romper la lógica de la venganza, la cadena del odio, la prisión del rencor y de la ira. Hoy se nos convoca al reencuentro del amor y de la magnanimidad. El corazón grande se manifiesta en el perdón, que es victoria sobre la venganza, propia de espíritus pequeños. El que perdona vence dos veces; por eso es laudable cantar la victoria del perdón sin límites frente a las derrotas de los que dicen que perdonan pero no olvidan. Quien no es capaz de perdonar totalmente a otros rompe el puente por donde puede venir el perdón que él necesita.

Es preciso coincidir en que es humano amar, pero que es más humano y cristiano perdonar. En el dilema de opciones por la virtud de la justicia o por la virtud del perdón sin límites, el discípulo de Jesús debe escoger siempre el perdón. Es cristiano aquél que no sabe odiar y manifiesta en toda ocasión el perdón, más fácil a los enemigos y siempre difícil a los amigos. Estamos todos tan necesitados de perdón que debemos reconocer como asignatura pendiente la indulgencia.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Eclesiástico 27, 33-28, 9 Sal 102, 1-2. 3-4. 9-10. 11-12
san Pablo a los Romanos 14, 7-9 san Mateo 18, 21-35

 

de la Palabra a la Vida

Durante los próximos domingos la liturgia nos ofrece en el relato evangélico algunas de las parábolas de san Mateo en las cuales se hace referencia a actitudes en el presente que tienen importancia para el futuro, para la vuelta del Señor. En este domingo el tema evidente es la capacidad de perdonar y la consecuencia inmediata; el Sirácida lo expone perfectamente: “Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas”. Hay una relación directa entre lo que perdonamos y lo que se nos perdona, lo sabemos bien los que rezamos a diario la oración del Señor. Por eso continúa su reflexión la primera lectura: “¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor?”.

Por si no se ve la continuidad, el Señor lo expone con una parábola para que se vea claramente. Un criado recibe el perdón de una deuda inmensa y de inmediato es incapaz de perdonar una mínima deuda a un compañero, siendo tratado su compañero como lo merecía por su deuda él mismo. Una actitud tan injusta produce en los compañeros que lo ven una gran sorpresa y una mayor decepción: ¿cómo es posible que tengamos una manga “tan ancha” para nuestros errores y “tan estrecha” para los que otros cometen y que nos afectan? Esa actitud es propia de un corazón duro, un corazón centrado en uno mismo y que, desde luego, no trata a los demás como iguales, sino como alguien menor, que no merece lo que yo mismo sí merezco.

Para los judíos, Dios tiene dos medidas para gobernar el mundo, misericordia y justicia, pero al final de los tiempos sólo quedará la justicia. En cambio, Jesús es novedoso al enseñar que, al final, también la misericordia tendrá su vigencia. Y, ¿cuándo una y cuándo la otra? Según el evangelio no hay duda: Dios está dispuesto al perdón con quien durante su vida se haya mostrado dispuesto al perdón. Por el contrario, cuando en la vida se ha obrado con una exigencia rígida también así hará el Señor. Es, ciertamente, lo que Jesús advierte en otro lugar del evangelio: “La medida que uséis, la usarán con vosotros”. Se pone, entonces, en nuestras manos, el perdón de nuestros pecados. No hay duda de lo que más nos conviene.

Cuando nos acercamos al sacramento de la reconciliación y contemplamos admirados cómo nuestros pecados “blanquean como lana”, la actitud misericordiosa del Padre, como la del amo de la parábola, tienen que quedar impresas en nuestro corazón y conmoverlo, para que el recuerdo de tanta misericordia no se borre y nos haga obrar igual en la relación con nuestros hermanos. Dios es ofendido y perdona, nosotros somos agraviados y… ¿perdonamos? El salmo responsorial quiere dejar esta huella de cómo es Dios en nuestro corazón, para que salga de nosotros el ser como Él es y el actuar como Él actúa: “Dios es compasivo y misericordioso”. Tiene que quedar tatuado en nuestro corazón tanto amor, tan generoso, de tal forma que podamos ponernos en la presencia de Dios con un corazón tranquilo, confiado, no en sus propias fuerzas sino en que la misericordia de Dios se ha encontrado con nuestra actitud capaz de perdonar. ¿Quién no ha recibido de mí aún el perdón que pide, o que, seguro, mi corazón pide? ¿Cómo puedo guardar algo aún en el corazón, como ofensa, maquillado como “justicia” sólo sabiendo que eso me aleja de Dios?

Setenta veces siete es una forma muy gráfica de decir “siempre”. Setenta veces siete. No perdonemos setenta veces siete porque tenemos un gran corazón, sino porque el Señor ha tenido un corazón enorme con nosotros.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal
Prefacio II de los santos mártires

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque Tú eres ensalzado en la alabanza de tus santos,
y, cuanto pertenece a su pasión, es obra admirable de tu poder,
Tú, bondadosamente,
otorgas el ardor de su fe, das firmeza en la perseverancia
y concedes la victoria en el combate, por Cristo, Señor nuestro.
Por eso, Señor,
tus criaturas del cielo y de la tierra te adoran cantando un cántico nuevo,
y también nosotros, con todo el ejército de los ángeles,
te aclamamos por siempre diciendo:
Santo, Santo, Santo…

 

 

Para la Semana

Lunes 18:
1 Timoteo 2,1 8. Que se hagan oraciones por toda la humanidad a Dios, que quiere que todos los hombres se salven.

Sal 27. Bendito el Señor, que escuchó mi voz
suplicante

Lucas 7, 1 10. Ni en Israel he encontrado tanta fe.
Martes 19:
San Alonso de Orozco, presbítero. Memoria.

1 Timoteo 3,1 13. Conviene que el obispo sea irreprochable; asímismo los diáconos, que guarden el misterio de la fe con conciencia pura.

Sal 100. Andaré con rectitud de corazón.

Lucas 7,11 17. ¡Muchacho, a ti te digo, levántate!
Miércoles 20:
Santos Andrés Kim Taegon, presbítero, Pablo Chong Hasang, y compañeros, mártires. Memoria.

1Tim 3,14-16. Es grande el misterio de la piedad.

Sal 110. Grandes son las obras del Señor.

Lc 7,31-35. Hemos tocado y no habéis bailado, hemos entonado lamentaciones y no habéis
llorado.
Jueves 21:
San Mateo, apóstol y evangelista. Fiesta.

Ef 4,1-7.11-13. Él ha constituido a unos apóstoles, a otros, evangelistas.

Sal 18. A toda la tierra alcanza su pregón.

Mt 9,9-13. Sígueme. Él se levantó y lo siguió.
Viernes 22:
1 Timoteo 6,2c 12. Tú, en cambio, hombre de Dios, busca la justicia.

Sal 48. Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Lucas 8, 1 -3, Las mujeres iban con ellos y les servían con sus bienes.
Sábado 23:
San Pío de Pietrelcina, presbítero. Memoria.

1 Timoteo 6,13- 16. Guarda el mandamiento sin mancha hasta la manifestación del Señor.

Sal 99. Entrad en la presencia del Señor con vítores.

Lucas 8,4-15. Los de la tierra buena son los que escuchan la palabra, la guardan y dan fruto perseverando.

 

Domingo de la 23ª semana de Tiempo Ordinario. – 10/09/2017

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Comentario Pastoral

LA CORRECCIÓN FRATERNA

E1 tema de la corrección fratema es clásico en la tradición cristiana. Su ejercicio es un arte, que supone humildad recíproca, amor auténtico, delicadeza y sensibilidad interior, En la liturgia de este domingo vigésimo tercero del tiempo ordinario los textos del profeta Ezcquiel y del evangelista Mateo nos lo recuerdan. El cambio de conducta por medio de la represión supone salvar la vida al hermano. Mantener empeño constante por llevar a la práctica el diálogo pastoral en el interior de la comunidad de los fieles es ayudarla a que sea siempre más luminosa.

Muchos piensan que la recíproca corrección es sólo algo personal, olvidándose de su dimensión eclesial, que proviene de la misma autoridad de Dios. Cuántos quieren que la Iglesia calle, que el Papa no hable, que los obispos no se pronuncien. Se supervalora la diplomacia del silencio creyendo que es más eficaz en la sociedad actual, donde abundan en todos los campos los mutismos cómplices. Sin embargo es preciso recordar que “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”. Y para ello es preciso que la acción pastoral de la Iglesia sea realizada sin hipocresía, murmuración, orgullo y prevaricación de poder.

Desde la atalaya que permite vislumbrar el horizonte de la verdad, se deben examinar las conductas fruto de la mentira. Porque el mal es una semilla siempre presente en el hombre y en el creyente. La Iglesia lo puede “desatar” con el perdón sacramental, siguiendo el ejemplo del Señor que era “amigo de los publicanos y pecadores”. Convertirse es evitar el fariseísmo estéril. Los cristianos no son los hombres perfectos que dicen que no roban, ni matan, ni hacen mal, sino aquellos que reconociéndose pecadores se convierten e intentan sin desmayo ser mejores todos los días.

La corrección fraterna exige un esfuerzo vario y múltiple de ayuda y de catequesis. De la liturgia de este domingo emerge un gran empeño pastoral y comunitario para los alejados, a la vez que se ejercita la comprensión y delicadeza hacia los errores que acompañan la existencia personal y eclesial. Sobresale la celebración de la misericordia contra todo rigorismo excesivo; el poder de “atar desata? es más bien aceptar perdonar y no un frío denunciar condenar. No en vano el amor es el centro coordinador del culto y de la vida y lo más específico de la existencia cristiana. El amor es la estrella polar que hace caminar a los creyentes por el camino recto de la verdad.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Ezequiel 33, 7-9 Sal 94, 1-2. 6-7. 8-9
san Pablo a los Romanos 13, 8-10 san Mateo 18, 15-20

 

de la Palabra a la Vida

Las lecturas de hoy nos ponen en una delicada tesitura a los que buscamos cada día seguir al Señor. Son lecturas para las que necesitamos el marco correcto, marco que haga comprensible su sentido e inevitable su cumplimiento. Es el ámbito de la Iglesia, el Cuerpo de Cristo que ha sido vivificado con el Espíritu Santo, Espíritu de la verdad y del amor. Es por esto que no es en ningún caso indiferente para mí lo que otro miembro del Cuerpo viva o elija. No existe la vida de fe al margen de la comunidad cristiana, pues Cristo ha salvado reuniendo a sus hijos. En un mundo individualista, terriblemente individualista, en el que cada uno va a lo suyo sin mayor problema, la liturgia de la Palabra de hoy nos dice: no, el mundo sí, pero tú no. Porque tú eres un miembro de un cuerpo. Es por esto que el hermano que yerra debe ser corregido, y yo que yerro como todos debo esperar esa corrección también para mí. Cuando, a ese individualismo mundano se une la vanidad, querer corregir, ayudar a otro, a un hermano, es poco menos que deporte de riesgo. Por eso el marco es la Iglesia, para que no caigamos en la tentación de ir por la vida de fe como franco tiradores, a la caza de cualquier fallo o error. Sólo aquel que camina a mi lado está a mi alcance, sólo aquel al que me he acercado, cuyo lugar he ocupado, me es accesible, tiene la cercanía conmigo que hará fructíferas mis palabras. Porque sí, lo que se busca es “salvar al otro del error”. No saber más, no quedar por encima, no erigirse como ejemplo de nada: corregir es un servicio, dejarse corregir es una gran virtud. Y así, el Cuerpo de Cristo aparece más fuerte, más sabio, más santo.

Y es que el salmo responsorial nos ofrece una bonita perspectiva en la cuestión de la corrección: “Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis el corazón”. En la voz del hermano, es la voz del Señor la que escucho. En la voz del que me corrige puedo reconocer la llamada del Señor a mi propia conversión. ¿La acepto? La madurez para acoger una corrección ha de ser tan grande como para hacerla, y han de estar motivadas ambas por la fe y el amor, son una consecuencia de una vida generosa en conversión y en experiencias cercanas a Dios. En un diálogo de fe y de amor, fácilmente experimentamos que recibimos o que damos vida, que encontramos el consuelo de Cristo.

Por eso puede decir san Pablo en la segunda lectura que “amar es cumplir la Ley entera”, porque el que conoce el amor de Dios entra en un camino de seguimiento del Señor, en un camino de conversión, en el que su corazón se va haciendo -a veces por la voz interior de la conciencia, a veces por las voces amigas desde fuera de nosotros – a seguir la Ley del amor de Dios. Así, el poder de “atar y desatar”, ligado tradicionalmente a la penitencia, amplía aquí su alcance a todos los cristianos y a todas las circunstancias en las que la virtud desata del error y conduce por el camino de la salvación, nos libera de vivir “atados” al error y al pecado.

En el ámbito de la Iglesia, en un proceso de comunión con el Señor, ¿experimento que soy dócil para dejarme corregir? ¿acepto entrar en ese misterio de amor en el que Cristo, por medio de la Iglesia, de los hermanos, me va mejorando, o creo que yo no tengo nada que cambiar, nada que purificar? La Iglesia sólo puede ser “hospital de campaña” si comenzamos por reconocer cada uno de nosotros las heridas y engaños que el Tentador y el pecado han producido en nosotros y la curación que Cristo, médico fiel, nos ha procurado. Ahí nos jugamos recibir y ofrecer el amor de Dios.

Diego Figueroa

 

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal
Prefacio de la fiesta de la exaltación de la santa cruz

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro.
Porque has puesto la salvación del género humano en el árbol de la cruz,
para que donde tuvo origen la muerte, de allí resurgiera la vida,
y el que venció en un árbol, fuera en un árbol vencido, por Cristo, Señor nuestro.
Por Él, los ángeles alaban tu gloria,
te adoran las dominaciones y tiemblan las potestades,
los cielos, sus virtudes y los santos serafines te celebran unidos en común alegría.
Permítenos asociarnos a sus voces cantando humildemente tu alabanza:
Santo, Santo, Santo…

 


Para la Semana

Lunes 11:
Colosenses 1,24 2,3 Nombrado servidor de la Iglesia para llevar a plenitud el misterio escondido desde siglos.

Sal 61. De Dios viene mi salvación y mi gloria.

Lucas 6,6 11. Estaban al acecho para ver si curaba en sábado
Martes 12:
Colosonses 2,6 15. El Señor os vivificó con él, y nos perdonó todos los pecados.

Sal 144. El Señor es bueno con todos.

Lucas 6,12 19. Pasó la noche orando. Escogió a doce, a los que también nombró apóstoles.
Miércoles 13:
San Juan Crisóstomo, obispo y doctor de la Iglesia. Memoria.

Colosenses 3,1 11. Habéis muerto con Cristo; en consecuencia, dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros.

Sal 144. El Señor es bueno con todos.

Lucas 6,20 26. Bienaventurados los pobres; Ay de vosotros, los ricos
Jueves 14:
Exaltación de la santa cruz. Fiesta.

Num 21,4b-9. Cuando una serpiente mordía a alguien, este miraba a la serpiente de bronce y
salvaba la vida.
o bien:

Flp 2,6-11. Se humilló a sí mismo; por eso Dios lo exaltó sobre todo.

Sal 77. No olvidéis las acciones del Señor.

Jn 3,13-17. Tiene que ser elevado el Hijo del hombre.
Viernes 15:
Bienaventurada Virgen María de los Dolores. Memoria.

11Tim 1,1-2.12-14. Antes era un blasfemo, pero Dios tuvo compasión de mí.

Sal 15. Tú eres, Señor, el lote de mi heredad.

Jn 19,25-27. Mujer, ahí tienes a tu hijo.
o bien:

Lc 2,33-35. A ti mismo una espada te traspasará el alma
Sábado 16:
Santos Cornelio, papa y Cipriano, obispo, mártires. Memoria

1 Timoteo 1,15 17. Vino al mundo para salvar a los pecadores.

Sal 112. Bendito sea el nombre del Señor por siempre.

Lucas 6,43 49. ¿Por qué me llamáis “Señor, Señor”, y no hacéis lo que digo?


Domingo de la 22ª semana de Tiempo Ordinario. – 03/09/2017

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Comentario Pastoral

SUBIR A JERUSALÉN

La vida cristiana, inspirada y basada en la fe, es profundamente interior, y no se reduce a objetos, ritos o leyes. Somos santificados por acción del Espíritu Santo de Dios, que actúa directamente en el corazón de los creyentes. A todos los cristianos, como a Jeremías, la Palabra dulce de Dios se puede volver amarga y el amor seducción. A todos los cristianos, como a Jeremías, la Palabra dulce de Dios se puede volver amarga y el amor seducción. Sin embargo, esa misma Palabra, desde su verdad interior más profunda, nos invita a seguir cargando con la cruz.

El camino del profeta y del discípulo es ciertamente el camino de la cruz, que conoce oscuridades, abandono, silencios, sufrimientos. Cargar con la cruz no es otra cosa que negarse a sí mismo, saber renunciar y perder. Cristo sugiere un “perder” especial, para saber encontrar.

El final de la perícopa evangélica de este domingo es una mirada luminosa a la Pascua y al juicio liberador. Y es que la solidaridad con el Cristo sufriente desemboca en solidaridad con el Cristo glorioso. Nunca el dolor cristiano es desesperación, pues el yugo del Señor es siempre llevadero y su carga ligera.

Pero el comienzo de este evangelio dominical presenta la brusca reacción del apóstol Pedro ante el anuncio de la pasión del Señor. “¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte”. Reacción comprensible e impetuosa, cargada de amor hacia el Maestro, pero que no comprende los designios de Dios. “¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!”. Cuántas veces no sabemos aceptar y comprender los caminos de actuación de lo que llamamos “providencia o misterio de Dios”. Es decir, que ordinariamente, junto a la fe proclamada o celebrada, nos movemos entre el desconcierto de las reacciones puramente humanas, los esquemas humanos, los pensamientos humanos.

No es fácil subir a Jerusalén, para padecer allí mucho y consumar la obra redentora. El anuncio de la tragedia del Viernes Santo nunca es oportuno ni agradable. Cargar con la cruz no es eslogan de gran atractivo publicitario, aunque nos hace conocer y experimentar lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Jeremías 20, 7-9 Sal 62, 2. 3-4. 5-6. 8-9
san Pablo a los Romanos 21-12, 1-2 san Mateo 16, 21-27

 

de la Palabra a la Vida

El recorrido propio de la naturaleza es que la vida nace de la muerte. Cuando el hombre intenta sacar vida de la vida, de guardarse a sí mismo, de protegerse, no es vida lo que obtiene sino un camino misterioso de egoísmo que no tiene fin. Pero lo propio, y nuestra naturaleza bien lo sabe, es que sea la muerte la que dé origen a la vida. Cuando Pedro le niega al Señor esta dinámica, justo después de haber sido reconocido por el Señor como el que cuidará de su Iglesia, al Maestro no le queda más remedio que revolverse: Él no ha hecho así, Él no va a terminar su vida reservándosela, sino pasando por la muerte. Solamente así se puede engendrar una vida nueva, una vida duradera, eterna.

Por eso, el seguimiento de Cristo solamente puede hacerse con el peso de la cruz, peso que supone morir a uno mismo, supone no querer sino cargar con las cosas del Señor, y dejar que, oportunamente, Dios cargue con las del discípulo. Este es el camino de la vida, y así lo ha revelado de forma plena el Señor. Por eso, sus discípulos no pueden seguirle por otro camino. Ciertamente, la fuerza de atracción del Señor es tan grande que uno puede, en su camino de fe, decir con el profeta que nos sedujo a la vez que nos dejamos seducir, que nos forzó y nos pudo por el amor de Dios, que siendo invisible nos lleva a tomar decisiones visibles y concretas, decisiones en las que el seguimiento del Señor se manifiesta por el camino de la negación. Pero no, no se trata de negarnos a algunas cosas que bien podríamos hacer y aplazamos: el camino del Señor supone una negación de la propia voluntad. Esto es mucho más fuerte: Jesús llama a Pedro Satanás porque Pedro quiere hacer según sus cálculos, según su concepción razonable, según su instinto de protección: Que no te pase nada, porque no queremos que a nosotros tampoco nos pase nada. Y no es así: Jesús les enseña “hágase tu voluntad”, y ese es el camino misterioso. Esto de hacer aparecer el misterio de la cruz en pleno verano… la Iglesia no parece muy oportuna… el misterio de la cruz aparece en nuestros momentos más luminosos, de mayor éxito, de mayor reconocimiento: cuando Pedro más brilla por su reconocimiento del Mesías, el Señor le pide que
acepte la cruz. ¿Es que no podemos disfrutar del éxito, de la luz del que está arriba ni un momento? El Señor nos hará gozar de toda su luz, pero será tras haber recogido el misterio de la cruz. Así ha hecho con su Hijo único, así hace con nosotros. Encajan como un guante hoy, entonces, las palabras de la segunda lectura: “Os exhorto hermanos, por la misericordia de Dios a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable. Y nos os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente”. La ofrenda se realiza por la negación de uno mismo, negación que a veces uno reconoce desde lejos que llama a la puerta, pero que a veces aparece súbitamente. En ese dolor, en ese camino en el que se elige la muerte, se sabe que el paso siguiente es la vida nueva. No hay duda. Y cuesta elegirlo, pero el “ansia de ti” que tiene nuestra alma nos lleva a elegir al Señor sobre todo, como hace todo discípulo que confía en su maestro. El misterio de la cruz no aparece en el momento del éxito y ya se va: presenta el verdadero camino de seguimiento de Cristo, que no es el éxito sino la negación de uno mismo. En fin, tantos ejemplos, tantas circunstancias, tantas ocasiones para ser ofrenda viva… que no parece soportable. Sólo el misterio del amor vence ese dolor y ayuda a aceptar la negación de uno mismo.

El lugar donde el corazón empieza a aprender esto es la liturgia de la Iglesia: allí lo que yo quiero, deseo, me gustaría, reciben un “no” por respuesta y, fiado de la Iglesia, acepto un “nosotros” que cambia la perspectiva de todo. Un “no” que lo cambia todo porque, en el fondo, es un sí al amor de Cristo y de su Iglesia.

Diego Figueroa

 




al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal
Prefacio I de la bienaventurada Virgen María

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Y alabar, bendecir y proclamar tu gloria en la Natividad de santa María,
siempre virgen.
Porque ella concibió a tu único Hijo por obra del Espíritu Santo,
y, sin perder la gloria de su virginidad,
derramó sobre el mundo la luz eterna, Jesucristo, Señor nuestro.
Por Él, los ángeles alaban tu gloria,
te adoran las dominaciones y tiemblan las potestades,
los cielos, sus virtudes y los santos serafines te celebran unidos en común
alegría.
Permítenos asociarnos a sus voces cantando humildemente tu alabanza:
Santo, Santo, Santo…


Para la Semana

Lunes 4:
1Tesalonicenses 4,13-18. Dios llevará con él, por medio de Jesús, a los que han muerto.

Sal 95. El Señor llega a regir la tierra.

Lucas 4,16-30. Me ha enviado a evangelizar a los pobres ningún profeta es aceptado en su pueblo.

Martes 5:
1Tesalonicenses 5,1 6.9 11. Murió por nosotros para que vivamos con él.

Sal 26. Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida.

Lucas 4,3 1 37. Sé quién eres: el Santo de Dios.

Miércoles 6:
Colosenses 1,1 8. La verdad del Evangelio llegó hasta vosotros y se propagó por todo el mundo.

Sal 51. Confío en tu misericordia, Señor, por siempre.

Lucas 4,38 44. Es necesario que evangelice también a las otras ciudades, pues para esto he
sido enviado.
Jueves 7:
Colosenses 9,1 14. Nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor.

Sal 97. El Señor da a conocer su salvación.

Lucas 5,1 11. Dejándolo todo, lo siguieron.
Viernes 8:
Natividad de la Bienaventurada Virgen María. Fiesta.

Miqueas 5,1-4a. Dé a luz la que debe dar a luz.

O bien:
Romanos 8,28-30. A los que Dios había conocido de antemano los predestinó.

Sal 12. Desbordo de gozo con el Señor.

Mateo1,1-16.18-23. La criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo.
Sábado 9:
San Gregorio Magno (540 604), prefecto de Roma, diácono, nuncio apostólico, teólogo, papa.

Colosenses 1,21 23. Dios os ha reconciliado para haceros santos, sin mancha.

Lucas 6,1 5. ¿Por qué hacéis en sábado lo que no está permitido?


Domingo de la 21ª semana de Tiempo Ordinario. – 27/08/2017

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Comentario Pastoral

SONDEO DE OPINIÓN

Las encuestas y los sondeos hoy abundan que es una barbaridad. Pero no son cosa de ahora. Aunque ahora se hagan con más técnica y se utilicen medios más sofisticados para tabularlas e interpretarlas, ya Jesús de Nazaret hizo su propio sondeo. La pregunta clave fue: ¿Quién decís vosotros que soy yo?”. Pregunta sin ambajes, directa, comprometedora incluso. Pregunta que hoy reitera Jesús a todos sus seguidores, a todos los que nos llamamos cristianos. Pregunta que está exigiendo una respuesta, por nuestra parte, clara, decidida, rotunda. Como fue la respuesta de Pedro.

Entonces la sola palabra de Pedro le sirvió a Jesús. Pero para el mundo de hoy no valen las solas palabras. Necesita hechos de vida, ejemplos concretos, actitudes convincentes. A Cristo hoy también le vale nuestra confesión sincera al proclamarle Hijo de Dios vivo. Pero al hombre de hoy no le basta esta palabra. Necesita ver nuestro compromiso. Compromiso que puede ser defender al inmigrante que la ley no protege; abogar por el derecho a la vida en toda circunstancia; aceptar a nuestro lado al que no tiene una casa donde vivir; solidarizarse con los necesitados; promover una enseñanza digna y que lleve a una formación integral del hombre; combatir la droga asesina y ayudar a redimirse a los que han caído en ella; dar, en fin, al hombre motivos para vivir y razones para esperar.

En el amplio campo del mundo hoy hay tarea para todos. En la profesión, en el trabajo, en la familia, en la política, en la economía, en el tiempo de vacaciones y en el tiempo del trabajo arduo, el cristiano tiene que decir, con su estilo de vida, con su testimonio concreto, y también ¿por qué no? a veces con su palabra quién es Jesucristo. Hay que dar razón de nuestra esperanza a quien nos la pida. El hombre de hoy necesita esa razón y nos la exige. Nuestra responsabilidad es dársela. Eludirla es cobardía. Asumirla es nuestra grandeza.

Pedro al dar razón de su fe es constituido fundamento de la Iglesia y recibe, bajo el símbolo de las llaves, la nueva autoridad y responsabilidad que se le confía. La fe que confiesa Pedro le transformará también su propio papel en la vida, como lo indica el cambio de nombre.

Basados en el fundamento de la sucesión apostólica celebramos el esplendor de los carismas, la armonía de la unidad y la gozosa posibilidad del perdón.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Isaías 22, 19-23 Sal 137, 1-2a. 2bc-3. 6 y Sbc
san Pablo a los Romanos 11, 33-36 san Mateo 16, 13-20

 

de la Palabra a la Vida

¿A quién dejaríamos nosotros las llaves de nuestra casa? ¿A quién daríamos poder absoluto para decidir sobre unos u otros invitados? El Señor pone en manos del pescador el cuidado de su casa del cielo. Su respuesta creyente hace de él administrador, cuidador sorprendente del lugar más luminoso y feliz que se pueda imaginar. De nuevo nos encontramos, por tercera semana consecutiva, la importancia de una respuesta creyente, como la del mismo Pedro en el lago de Galilea o de la mujer cananea en Tiro y Sidón.

Sin embargo, lo que sostiene la respuesta del pescador, lo que fundamenta el acierto de sus palabras y, sobre todo, la promesa de Cristo, es su fidelidad. Cuando la Iglesia le dice en el salmo: “no abandones la obra de tus manos”, en realidad está reconociendo que no la va a abandonar, que va a perseverar en ella. El Tiempo Ordinario es siempre una invitación a fijarnos en el misterio de la constancia de Dios, que se manifiesta en nuestra vida a través de la debilidad, para que no nos cueste advertir que la vida no es obra nuestra, que el seguimiento de Jesucristo y la construcción de su Reino no son una decisión calculada por nuestra parte, sino una decisión amorosa y firme por la suya.

Por eso, Pedro no será como Sobná, mayordomo de palacio, que perderá las llaves del mismo por su infidelidad: en Pedro la Iglesia ve con asombro cómo la debilidad, el pecado del pescador se verán curados por la inmensa fidelidad del Hijo que persevera en su promesa inicial con una confianza mayor. La confesión de Pedro da pie a las palabras confiadas del Señor: “sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. En la medida en la que Pedro aprenda a vivir en el misterio de Cristo, en la presencia constante y oculta del Señor, se fortalecerá el vínculo entre la Iglesia y Cristo.

El magnífico hogar al que el Señor ha ido a prepararnos sitio y del que ha entregado las llaves a Pedro para que abra y cierre según su criterio tiene una puerta de entrada que no es la fidelidad de Pedro, sino la fidelidad de Cristo. Este escándalo sólo puede ser acogido con humildad, sólo como experiencia de fidelidad del Señor, pues la obra que sale de las manos de Dios se ha construido con una piedra angular que es Cristo, y Él la sostiene, como signo de su fidelidad que nosotros podemos contemplar y en el que podemos alojarnos. Entrar en la Iglesia, en la celebración de la Iglesia, es participar en el misterio de la fidelidad de Dios, requiere una actitud necesaria para que sea fructífero, para que de verdad nos sintamos acogidos en casa: no lo hemos hecho nosotros, no estamos por mérito nuestro en esa casa ni participando de esos misterios porque hagamos las cosas muy bien. Solamente asi Pedro puede tomar en sus manos las llaves que Cristo le entrega, no por sabiduría propia, “de la carne y de la sangre”, sino “del Padre que está en los cielos”. Y celebrar en la Iglesia significa que el Señor no abandona la obra de sus manos, la obra de la liturgia, obra de la Santísima Trinidad. ¿Cómo podría el corazón de Pedro creerse digno del cielo por esas llaves? ¿cómo nos dejaríamos engañar nosotros por nuestra vanidad y creernos dignos del cielo por participar en los misterios? No lo somos, pero estamos unidos al Señor, que sí que lo es, y que nos hace dignos. Vivir en la Iglesia y celebrar en la Iglesia nos han de hacer trabajar entonces lo que Pedro al recibir el encargo del Maestro: acoger lo que se nos da por mérito del Señor, por la santidad de Cristo.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones

De la oración litúrgica a la oración personal
Prefacio de san Juan Bautista

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro.
En san Juan, su precursor,
a quien consagraste como el mayor entre los nacidos de mujer,
proclamamos tu grandeza.
Porque su nacimiento fue motivo de gran alegría,
y ya antes de nacer saltó de gozo por la llegada de la salvación humana,
sólo él, entre todos los profetas, mostró al Cordero de la redención.
Él, bautizó al mismo autor del bautismo, para santificar el agua viva,
y mereció darle el supremo testimonio derramando su sangre.
Por eso, con las virtudes del cielo te aclamamos continuamente en la tierra
alabando tu gloria sin cesar:
Santo, Santo, Santo…

 


Para la Semana

Lunes 28:
San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia. Memoria.

1Tesalonicenses 1-5.8b-10. Os convertisteis a Dios, abandonando los ídolos, aguardando la vuelta de su Hijo, a quien ha resucitado.

Sal 149. El Señor ama a su pueblo.

Mateo 23,13-22. ¡Ay de vosotros guías ciegos!

Martes 29:
Martirio de san Juan Bautista. Memoria

1Tesalonicenses 2,1 8, Queríamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas.

Sal 138. Señor, tú me sondeas y me conoces.

Mateo 6,17-29. Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.
Miércoles 30:
San Bartolomé, apóstol, predicó el Evangelio en la India.

1Tes 2,9-13. Trabajando día y noche proclamamos entre vosotros el Evangelio.

Sal 138. Señor, tú me sondeas y me conoces.

Mt 23,27-32. Sois hijos de los que asesinaron a los profetas.
Jueves 31:
San Luis de Francia (1214 1270), penitente y caritativo, buen gobernante. San José de Calasanz, (1557 1648), se dedicó a instruir a los niños pobres, fundó los Escolapios.

1Tesalonicenses 3,7 13. Que el Señor os colme de amor mutuo y de amor a todos.

Sal 89. Sácianos de tu misericordia, Señor, y estaremos alegres.

Mateo 24,42 51. Estad preparados.
Viernes 1:
1Tesalonicenses 4,1 6. Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación.

Sal 96. Alegraos, justos, con el Señor.

Mateo 25,1-13. ¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!
Sábado 2:
1Tesalonicenses 4,9 11. Dios mismo os ha enseñado a amarnos los unos a los otros.

Sal 97. El Señor llega para regir los pueblos con rectitud.

Mateo 25,14 30. Como has sido fiel en lo poco, entra en el gozo de tu Señor.


Domingo de la 20ª semana de Tiempo Ordinario. – 20/08/2017

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Comentario Pastoral

FE Y DIÁLOGO

Después de leer el evangelio de la mujer cananea y escuchar la alabanza de Jesús “Mujer ¡qué grande es tu fe!”, todos sentimos una interpelante llamada a examinar el nivel, compromiso y vivencia de nuestra fe cristiana. Porque la mujer cananca, pagana, al pedir la curación de su hija, se convierte en ejemplo y modelo de confianza en el Señor.

A todos conmueve la profundidad y constancia de la cananea, que manifiesta una creciente actitud y testimonio de fe en Jesús; primero le reconoce como Señor e Hijo de David, después le suplica compasión y pide socorro, para finalmente mendigar ser aceptada en “la casa del amo” corno un perrito que come las migajas que caen de la mesa.

Al conceder Jesús la curación de la hija de la mujer pagana, so afirma el gran principio revolucionario de que la salvación va no es resultado de la simple pertenencia a la raza de Abrahán, sino la capacidad ¿e creer en Jesús como el Señor. Viendo este comportamiento de Cristo y apoyados en él, los apóstoles se lanzan a la conquista del mundo pagano, dando la primacía de la salvación a la fe, como adhesión a Cristo, Palabra de salvación que Dios ha dicho en favor de todos los hombres.

Junto al tema de la fe, en este domingo sobresale el tema del diálogo con otras religiones. El mensaje cristiano es amor y respeto a todo hombre, no es elitista ni racista, está abierto a todos los valores de la humanidad, evitando los escollos del rigorismo integrista y del sincretismo indiferente.

El diálogo que provoca el mensaje cristiano supone paciencia y espera, reconociendo que los tiempos y los caminos de Dios a veces no son coincidentes con nosotros y nuestras impaciencias. Y es búsqueda amorosa y constante signo de humildad y de apertura interior, que permite reconocer a los otros como compañeros de viaje, si no es posible que sean compañeros de habitación.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Isaías 56, 1. 6-7 Sal 66, 2-3. 5. 6 y 8
san Pablo a los Romanos 11, 13-15. 29-32 san Mateo 15, 21-28

 

de la Palabra a la Vida

Al igual que el domingo pasado, en el que Pedro se atrevía a intentar caminar sobre las olas, también un evangelio tan diferente como es el de hoy es una invitación aprender a vivir en el misterio de Dios. Todo sucede a la luz de un diálogo amargo, extraño, entre Jesús y una mujer cananea que aparece a importunarle mientras recorre Tiro y Sidón. En ese diálogo resuenan las palabras de la primera lectura, de la profecía: “A los extranjeros los traeré a mi monte santo…” ahora el monte es el Señor, que atrae a la mujer extranjera sin necesidad de estar en Jerusalén. La encarnación del Verbo conlleva que el Señor a todos los ha hecho algo suyo, y ahora no son sólo los sacrificios y las ofrendas de Israel las que se elevan hasta Dios, sino todas aquellas que son presentadas con verdadera fe en el Hijo de Dios, el Verbo encarnado.

En la mujer extranjera y su diálogo con Jesús se desvela el plan de Dios, plan misterioso; y es que el deseo de Jesús sucede misteriosamente: su deseo de que se realice esa llamada a los de todos los pueblos que está profetizada en la encarnación se va a realizar a través de sus aparentes negativas, de su actitud esquiva. La reacción de Jesús a la petición de la mujer parece contradictoria: ¿no quiere cumplir la profecía? ¿no ha venido a revelar la salvación a todos? ¿a qué espera para aprovechar la situación con esta mujer cananea? En realidad, solamente quien persevera junto a Jesús en actitud de confianza, de reconocimiento de que “realmente es el Hijo de Dios”, que decía Pedro el domingo pasado, puede descubrir la intención profunda de Dios, su misterio de salvación. Jesús no quiere negar la salvación a nadie, pero su ofrenda de salvación sigue caminos misteriosos, incluso de aparente negación de la voluntad de Dios. ¿Cómo hacer cuando a la primera la respuesta es negativa? La mujer permanece en el misterio, reconociendo la divinidad del Señor, madurando en el corazón la acogida del don de salvación. El diálogo con Él va a ratificar su voluntad de que todos los pueblos alaben al Señor. También Tiro y Sidón van a contemplar el poder de Dios, también los cananeos van a beneficiarse del poder de Dios. Si estos pueblos también reciben “de la mesa del Señor”, si las migajas son para todos, no sólo para un pueblo sino para todos, nos encontramos entonces ante las primicias de la salvación para todos. “Algunos” ya han comenzado a recibir salvación: es el principio de “todos”. Por eso, sentarse a la mesa del Señor, recibir de su salvación, es ser “signo” de su voluntad de salvación de todos.

Así pues, cuando el Señor nos da de su alimento, nos convierte en un signo, pues nuestra comunión con Él, nuestra participación en la eucaristía y en los sacramentos, les dice a los otros a lo que están llamados: si yo comulgo, entonces tú estás llamado a comulgar también. Pero ese deseo de Dios se hace misteriosamente, como misterio de negación aparente, como Jesús con la mujer del evangelio de hoy: en la perseverancia se desvela su amor misericordioso, no su amor caprichoso, no su amor voluble, sino un amor fiel, que sabe lo que nos conviene y cómo nos conviene pedirlo y lucharlo. La liturgia de la Iglesia nos hace signo, signo que anima a otros a acercarse al Señor, igual que aquellos discípulos animaron a la mujer cananea a intentar acercarse y obtener la curación de su hija.

¿Me veo signo para los demás? ¿Explico a los que me ven lo que significo, que no es por mérito mío, sino por voluntad de Dios expresada en los profetas? Cuando en mí se cumple la profecía, en otros aparece el signo que yo soy, que es la Iglesia. La perseverancia y la fe son la que abren la puerta a no desanimarnos, sino a vivir en el misterio, donde todo tiene su momento, pero todo nos conduce a salvación.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal
Prefacio de la Virgen María, reina del universo

En verdad es justo darte gracias, y deber nuestro glorificarte,
Padre santo, por Cristo, Señor nuestro.
Porque, con tu misericordia y tu justicia
dispersas a los soberbios y enalteces a los humildes.
A tu Hijo, que voluntariamente se rebajó hasta la muerte de cruz,
lo coronaste de gloria y lo sentaste a tu derecha, como Rey de reyes y Señor de
señores;
y a la Virgen, que quiso llamarse tu esclava
y soportó pacientemente la ignominia de la cruz de tu Hijo,
lo exaltaste sobre los coros de los ángeles, para que reine gloriosamente con él,
intercediendo por todos los hombres como abogada de la gracia y reina del
universo.
Por eso, con todos los ángeles y santos,
te alabamos proclamando sin cesar:
Santo, Santo, Santo…

 

 

Para la Semana

Lunes 21:
San Pío X, papa. Memoria.

Jueces 2,11-19. El Señor suscitó jueces, pero tampoco les escucharon.

Sal 105. Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo.

Mateo 19,16-22. Si quieres ser perfecto, vende tus bienes, así tendrás un tesoro en el cielo.
Martes 22:
Bienaventurada Virgen María, reina. Memoria.

Jueces 6,11 24a. Gedeón, salva a Israel, yo te envío.

Sal 84. Dios anuncia la paz a su pueblo.

Mateo 19, 23 30. Mas fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios.
Miércoles 23:
Jueces 9,6 15. Pedisteis que os gobernara un rey, cuando vuestro rey era el Señor.

Sal 20. Señor, el rey se alegra por tu fuerza.

Mateo 20,1 16a. ¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?
Jueves 24:
San Bartolomé, apóstol. Fiesta.

Ap 21,9b-14. Sobre los cimientos están los nombres de los doce apóstoles del Cordero.

Sal 144. Tus santos, Señor, proclaman la gloria de tu reinado.

Jn 1,45-51. Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.
Viernes 25:

Rut 1, 1.3 6.14b I 6.22. Noemi, con Rut la moabita, volvió a Belén.

Sal 145. Alaba, alma mía, al Señor.

Mateo 22,34 40. Amarás al Señor, tu Dios, y a tu prójimo como a ti mismo.
Sábado 26:
Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars, virgen. Memoria.

Rut 2,1 18 11; 4,13 17. El Señor no te ha dejado sin protección. Fue Padre de Jesé, el padre de David.

Sal 127. Esta es la bendición del hombre que
teme al Señor.

Mateo 23, 1 -12. Ellos dicen, pero no hacen.

Domingo de la 19ª semana de Tiempo Ordinario. – 13/08/2017

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Comentario Pastoral

LAS TEOFANÍAS DE DIOS

E1 profeta Elías sube al monte Horeb, el monte de Dios, repitiendo el itinerario y el gesto de Moisés en el Sinaí. A Moisés le habló Dios en el Siriaí entre truenos y temblor. A Elías le habla ya no desde el viento huracanado, sino en leve susurro, a modo de la suave brisa que le hacía presente en el paraíso. Elías se cubre el rostro porque ningún hombre puede ver a Dios y seguir vivo, pero experimenta la dulce presencia del Señor.

Aguardar al Señor en el monte o en la llanura, saber esperarle con paciencia sin que el ánimo decaiga, tener fe en el Señor que va a pasar y se nos va a hacer cercano y presente es importante para vivir en cristiano.

El Señor quiere que sepamos embarcamos en la vida, que avancemos hacia la otra orilla, que lo precedamos, que sepamos aguantar las tormentas del desconcierto, los vaivenes de la tentación, el naufragio de la fe, las olas de la desconfianza. Porque no estamos solos. Porque viene a nuestro encuentro.

La narración materna del evangelio de este domingo tiene el transfondo de las apariciones pascuales; “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”. La ayuda misericordiosa y la presencia de Cristo resucitado son indispensables para salvar a la Iglesia, siempre que viva un momento o circunstancia de crisis. La mano que extiende Jesús a Pedro no sólo es su salvación, sino la nuestra.

El camino del creyente puede ser muchas veces un camino inestable, camino sobre el mar del mal. ¡Cuántas veces nos hundimos! El miedo es compañero de viaje, porque dudamos, porque tenemos poca fe.

A Dios le encontramos y le conocemos en la calma, en la tranquilidad, en la paz, en la dulce simplicidad.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Reyes 19, 9a. 11-13a Sal 84, 9ab-10. 11-12. 13-14
san Pablo a los Romanos 9, 1-5 san Mateo 14, 22-33

 

de la Palabra a la Vida

El pasaje de Elías de la primera lectura, siempre sugerente, siempre reconfortante, nos introduce en una pregunta misteriosa: ¿es que Dios puede hacerse presente en una suave brisa? El evangelio responde a esa pregunta: Claro, igual que puede hacerse presente en medio de la fuerza del oleaje, de la inestabilidad del mar. Tanto en la brisa como en las olas, el corazón creyente está capacitado para aceptar: “realmente, eres el Hijo de Dios”. Sí, no es solamente que Dios pase por nuestra vida, es que lo hace para cuidarnos, en la brisa y en La tempestad. Nosotros vivimos acostumbrados a una búsqueda de Dios generosa y valiente, pero calculada: “Si eres Tú, mándame ir a tí…”. Pero el cristiano tiene que descubrir que su fuerza no es suya, que es del Señor. Por eso, la Iglesia nos hace repetir con el Salmo: “Muéstranos, Señor, tu misericordia”, porque es tu misericordia, tu consuelo, tu presencia constante la que nos tiene que introducir en una forma diferente de vivir la vida: la vida es el marco oportuno y adecuado para que se haga presente el misterio de la cercanía y la presencia de Dios. No es que en la vida sucedan cosas, es que la vida es para que sucedan cosas. Y estas no son elegidas por nosotros, no son calculadas en función de nuestro atrevimiento o de nuestra timidez, sino que forman parte de una voluntad misteriosa de Dios que estamos llamados a acoger.

Las lecturas de hoy, por tanto, nos invitan a entrar en el misterio de la voluntad de Dios sin plazos, sin prisas, sin nuestros prejuicios o medidas, sino confiados en la misericordia de Dios: Pedro, que aprendió a echar las redes fiado no en su cálculo sino en la palabra del Señor, tiene que seguir avanzando por ese camino de amor fecundo de Cristo, basado en la confianza en el que tiene poder sobre los elementos de la naturaleza. Sí, reconocer que Cristo es todopoderoso, que el poder último no está en las fuerzas de la naturaleza sino en la fuerza de Cristo, que no vivimos a merced de los elementos sino bajo el manto misericordioso de Dios, es consolador. Y es un estilo de vida propio. Dios puede mostrarse en la brisa o en el oleaje, pero en cualquiera de esas circunstancias, “salud o enfermedad, honor o deshonor”, su presencia nos agarra del brazo para que no nos hundamos sino que experimentemos su cuidado. Esta forma de pasar que tiene el Señor, estos cuidados suyos, se aprenden desde la experiencia de la liturgia. En ella Cristo se acerca a nosotros en el silencio y en la discreción de humildes gestos, pero también en lo solemne y grandioso. No solamente lo hace de una forma, sino de una y de la contraria, para que no pensemos que lo dominamos, que ya sabemos por dónde va a venir, para que no lo tratemos de forma calculadora, sino creyente. Esto es una actitud propia de Jesucristo: es león y es cordero, es rey y es siervo. Y es así para que no olvidemos que, de suyo propio, Él está fuera de nuestro alcance. Pero se acerca, en la brisa y la tempestad, y sólo espera una fe dispuesta a recibir al Señor como venga, como hace Elías, que espera en la tempestad y espera en la brisa.

¿Quiénes somos nosotros, acaso, para decirle a Dios cómo y cuándo? Marcarle el camino es, como en el caso de Pedro, dudar: “¿Por qué has dudado?” tantas veces en la celebración de la Iglesia participamos creyendo saber ya de antemano lo que Dios nos tiene que decir y de qué manera tiene que aparecer, bajo qué signo, con qué palabras… Un corazón valiente es el que espera siempre, y no le marca un camino a Dios, sino que lo espera en su venida. Pedro es cabeza de la Iglesia también en su impulsividad generosa, decidida, necesitada de aprender. La liturgia nos dice: no busques a Cristo donde lo quieres, deja que su misericordia te enseñe dónde es donde más lo necesitas encontrar. Ten la paciencia suficiente para no perderlo con tu cálculo… Y el Señor te dará su misterioso conocimiento, su perfecta comunión.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal
Prefacio de la Asunción de la Virgen María

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo Señor nuestro.
Porque hoy ha sido elevada a los cielos la Virgen, Madre de Dios;
ella es figura y primicia de la Iglesia, que un día será glorificada;
ella es ejemplo de esperanza segura y consuelo del pueblo peregrino.
Con razón no quisiste, Señor,
que conociera la corrupción del sepulcro
la que, de modo admirable, concibió en su seno al autor de la vida, tu Hijo
encarnado.
Por eso, unidos a los coros angélicos,
te alabamos proclamando llenos de alegría:
Santo, Santo, Santo..

 

Para la Semana

Lunes 14:
Deuteronomio 10,12 22. Circuncidad vuestro corazón, Amarás al emigrante, porque emigrantes fuisteis.

Sal 147. Glorifica al Señor, Jerusalén.

Mateo 17,22 27. Lo matarán, pero resucitará. Los hijos están exentos de impuestos.
Martes 15:
Asunción de la bienaventurada Virgen María. Solemnidad.

Ap 11,19a; 12,1-6a.10ab. Una mujer vestida de sol y la luna bajo sus pies.

Sal 44. De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir.

1Co 15,20-27a. Primero Cristo, como primicia; después todos los que son de Cristo.

Lc 1,39-56. El Poderoso ha hecho obras grandes en mí: enaltece a los humildes.
Miércoles 16:
Dt 34,1-12. Allí murió Moisés como había dispuesto el Señor, y no surgió otro profeta como él.

Sal 65. Bendito sea Dios, que me ha devuelto la vida.

Mt 18,15-20. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.
Jueves 17:
Josué 3,7 10a.11.13 17. El Arca de la Alianza del Dueño va a pasar el Jordán delante de vosotros.

Sal 113. Aleluya

Mateo 18,21 19,1. No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Viernes 18:
Josué 24,1 13. Yo tomé a vuestro padre del otro lado del río; os saqué de Egipto, os llevé a la tierra.

Sal 135. Porque es eterna su misericordia

Mateo 19,3 12. Por la dureza de corazón permitió Moisés
repudiar a las mujeres; pero, al principio, no
era así.
Sábado 19:
Josué 24,14 29. Elegid hoy a quien queréis servir.

Sal 15. Tú, Señor, eres el lote de mi heredad.

Mateo 19,13 15. No impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos.


Domingo de la 18ª semana de Tiempo Ordinario. La Transfiguración del Señor – 06/08/2017

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

 

Comentario Pastoral

TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

Esta fiesta invita a una grandiosa contemplación de Cristo. Como en el ábside de las iglesias bizantinas, brilla la figura del Cristo Pantocrator, es decir, Señor del tiempo y del espacio. La Transfiguración, junto con el bautismo y la crucifixión, es uno de los puntos decisivos de interpretación del misterio de Jesús de Nazaret.

Pero la Transfiguración no sólo revela el misterio de Jesús, sino que desvela también el destino y el misterio del cristiano, destino de comunión con Dios. Ser cristiano no es ser simplemente hombre religioso, sino testimonio de Cristo y de su amor por medio de una genuina experiencia de fe.

La Transfiguración es una anticipación pascual del misterio del Hijo predilecto del Padre. Tiene lugar a mitad de su itinerario terreno en medio de nosotros y debe movernos a una constante transfiguración de nuestra vida cristiana, en medio de la simplicidad de las cosascotidianas.

La Transfiguración no sólo está proyectada sobre la futura Pascua, sino también sobre el pasado salvífico, sobre Moisés y Elías, sobre la Ley y los Profetas, sobre el Sinaí y Sión. Toda la Escritura resuena como Palabra de Dios en la Transfiguración, que es iluminación de la Biblia entera.

Todos los símbolos del relato de la Transfiguración nos ayudan a entrar y profundizar el misterio que se revela.

La montaña alta evoca la gran aparición sinaítica, raíz de la alianza entre Dios y el pueblo. Para ver a Dios hay que dejar las mediocridades de las hondonadas de una vida espiritual mediocre.

La luz y el resplandor del rostro de los vestidos de Jesús son una explícita referencia a la gloria del Señor, a su presencia luminosa y trascendente.

La voz divina que define a Jesús como “Hijo amado y predilecto” es una invitación a la escucha de su palabra, a la comprensión del evangelio como alimento de la fe.

En la celebración de la Transfiguración los cristianos, peregrinos en la tierra, vislumbramos a la luz y en la fidelidad a la Palabra, nuestro destino glorioso

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Daniel 7, 9-10. 13-14 Sal 96, 1-2. 5-6. 9
San Pedro 1, 16-19 San Mateo 17, 1-9

de la Palabra a la Vida

La reflexión acerca de las parábolas de estos evangelios dominicales se ve interrumpida por la festividad que hoy celebra la Iglesia, la Transfiguración del Señor.

Misterio luminoso de la vida del Señor, que permite a tres privilegiados discípulos contemplar su gloria, su luz, la pureza de su divinidad y la fuerza de su santidad, que van a quedar velados por la cercanía de la Pasión, por el sufrimiento y muerte. Dentro del camino de seguimiento de Cristo, la revelación de su gloria debe ir siempre unida a la revelación de su abajamiento. Por eso, cuando Cristo muestra hoy toda su luz se sirve para ello de su profunda humildad. La humildad, lejos de velar el poder de Dios, lo transparenta. Así sucede en el monte Tabor, pero así sucederá también en el monte Calvario.

De esta forma Cristo aparece ante los discípulos como el que cumple lo que estaba escrito: lo de Daniel en el Antiguo Testamento fue una visión, creía algo que aún no estaba, que tenía que suceder, pero los discípulos contemplan con sus propios ojos la realidad, a su Maestro como esa “especie de hombre entre las nubes del cielo. Avanzó hacia el anciano venerable y llegó hasta su presencia. A él le dio poder, honor y reino”. Que los discípulos tuvieron que aprender de aquello, que no comprendieron lo vivido hasta más tarde, lo testimonia hoy la segunda lectura: “no nos fundábamos en fábulas fantásticas, sino que habíamos sido testigos oculares de su grandeza”.

Sin embargo, el plan de salvación de Dios contempla que los testigos reciban la gloria que han observado. El plan divino no sólo muestra lo que Cristo es, sino también lo que la Iglesia tiene que ir siendo. No cabe pensar en una transfiguración por parte de la Cabeza que no conlleve también una transfiguración del Cuerpo. No cabe. Por lo tanto, el misterio del Tabor es también misterio para la Iglesia, que por su comunión con Cristo recibirá también la comunicación de la gloria.

¿Qué nos hace esa gloria? Sí, esa gloria hace algo, no es un adorno, es la divinidad, y eso significa que tiene el poder de transformarnos.

¿Cómo lo hará? Lo hará en la celebración de la Iglesia, en la liturgia: en ella, la transformación
del Cuerpo ha comenzado ya por obra de la gracia que se derrama, que baja de la Cabeza al Cuerpo. El Tabor no es un misterio al margen de la vida de la Iglesia: es el reflejo en el que mirarnos para saber lo que nos sucede cuando nos mostramos dispuestos a acoger la voluntad de Dios, voluntad que tiene un camino de cruz y resurrección.

Así, no es difícil asumir que con la gloria del Tabor, de la liturgia, confirmados por la Escritura, por la ley y los profetas, se baja a Jerusalén a entregar la vida, entrega en la que “no luce” la gloria, pero salva. ¿Aceptamos el misterio de la gloria como precedido de la pasión? A diario, los cristianos seguimos luchando por evitar la cruz, a pesar de que esta es la llave que abre la puerta de la felicidad: ¿Entramos en los sacramentos para que suceda todo este misterio en nosotros? ¿Comprendemos cual es el camino que Jesús ofrece a sus discípulos?

Las tres tiendas que Pedro quiere poner, anuncio de la venida final del Mesías, significan quedarse en el camino, no querer avanzar. ¿Cómo busco progresar en mi camino de fe, no por donde yo deseo sino por donde Cristo va iluminando? Providencialmente, en mitad del verano, la Iglesia nos recuerda con esta fiesta de hoy qué va sucediendo y cómo en nuestro seguimiento de Cristo: la transfiguración de todo, camino de la gloria del Padre, ha comenzado ya, y se da en Cristo, en los santos, en la eucaristía… la dinámica es imparable, entremos en ella.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal…
Prefacio de la Transfiguración del Señor

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor Nuestro.
El cual manifestó su gloria delante de unos testigos predilectos,
y revistió con gran esplendor
la figura de su cuerpo semejante al nuestro,
para arrancar del corazón de los discípulos
el escándalo de la cruz
y manifestar que, en el cuerpo de la Iglesia entera,
se cumplirá lo que, de modo maravilloso,
se realizó en su Cabeza.
Por eso, con las virtudes del cielo,
te aclamamos continuamente en la tierra
alabando tu gloria sin cesar:
Santo, Santo, Santo…

 

Para la Semana

Lunes 7:
Santos Justo y Pastor, mártires. Memoria.

Núm 11,4b-15. Solo no puedo cargar con este pueblo.

Sal 80. Aclamad a Dios, nuestra fuerza.

Mt 14,13-21. Alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición y dio los panes a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente.
o bien:

Mt 14,22-36. Mándame ir a ti sobre el agua.
Martes 8:
Santo Domingo de Guzmán,presbítero. Memoria

Núm. 12,1-13. No hay otro profeta como Moisés; ¿cómo os habéis atrevido a hablar contra él?

Sal 50. Misericordia, Señor, hemos pecado.

Mt 14,22-36. Mándame ir a ti sobre el agua.
o bien:

Mt 15,1-2.10-14. La planta que no haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz.
Miércoles 9:
Santa Teresa Benedicta de la Cruz, virgen y mártir. Fiesta.

Os 2,16b.17.21-22. Me desposaré contigo para siempre.

Sal 44. Escucha, hija, mira, inclina el oído.

Mt 25,1-13. ¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!
Jueves 10:
San Lorenzo, diácono y mártir.

2Cor 9,6-10. Dios ama al que da con alegría.

Sal 111. Dichoso el que se apiada y presta.

Jn 12,24-26. A quien me sirva, el Padre lo honrará.
Viernes 11:
Santa Clara, virgen. Memoria.

Dt 4,32-40. Amó a sus padres y elogió a su descendencia después de ellos.

Sal 76. Recuerdo las proezas del Señor.

Mt 16,24-28. ¿Qué podrá dar un hombre para recobrar su alma?
Sábado 12:

Dt 6,4-13. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón.

Sal 17. Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza.

Mt 17,14-20. Si tuvierais fe, nada os sería imposible.


Domingo de la 17ª semana de Tiempo Ordinario – 30/07/2017

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

 

Comentario Pastoral

SABIOS PARA LO ESENCIAL

Alcanzar la verdadera sabiduría ha sido y es un empeño constante del hombre gobernante y del creyente auténtico. Salomón es prototipo perfecto de hombre sabio y de monarca que al comienzo de su reinado pidió a Dios el discernimiento para escuchar y gobernar. La fama de Salomón cundió de tal modo que todos deseaban aproximarse a él para comprobar la sabiduría que Dios había puesto en su corazón, dándole autoridad en temas sociales, en problemas políticos y en el vasto campo filosófico y teológico.

La sabiduría es discernimiento en el juicio, distinción clara entre lo bueno y lo malo. En un mundo como el de hoy, con tantas confusiones ideológicas y oscuridad de criterios, se hace urgente y casi imprescindible alcanzar la recta sabiduría, superadora de necesidades fáciles que desembocan en una vida sin esfuerzo. La sabiduría que proviene del Espíritu que nos ha dado y que es fruto de las enseñanzas del evangelio, vuelve dócil e inteligente al corazón. Así el creyente alcanza madurez humana y talla espiritual, libertad de decisión e inteligencia crítica para descubrir los valores caducos.

Las dos primeras mini-parábolas del evangelio sobre el tesoro escondido y la perla del gran valor hacen referencia a lo que en la opinión popular se considera como más deseable y precioso; para conseguirlo se deben sacrificar todas las otras cosas con prontitud y habilidad financiera.

Descubrir un fabuloso tesoro escondido es encontrar el Reino de Dios, que se nos es ofrecido como ocasión única. Para no perderla, si es necesario, se deben empeñar todos los medios y posibilidades que están a nuestra disposición. La sabiduría que nos propone Jesús es ser capaces de subordinar todo el nuevo tesoro descubierto desde la fe, que supera todo bien efímero y hace superfluo lo restante.

El esfuerzo de la elección de lo esencial no defrauda y comunica una gran alegría. Optar por el Reino de Dios exige inteligencia y no sólo coraje, e implica tener la simplicidad de la paloma y la astucia de la serpiente. Los verdaderos sabios son los que al final son salvados por el juicio divino y no según esquemas humanos.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Reyes 3, 5. 7-12 Sal 118, 57 y 72. 76-77. 127-128. 129-130
san Pablo a los Romanos 8, 28-30 san Mateo 13, 44-52

Comprender la Palabra

Desde el actual Yemen, la reina de Saba quiso visitar Jerusalén para conocer la fama de sabio que tenía el rey de un pequeño pueblo, en la tierra de Canaan. Era el rey Salomón, del que escuchamos hoy en la primera lectura, al subir al trono pide a Dios que le conceda espíritu de discernimiento, un corazón dócil para poder ver la voluntad de Dios en un mundo en el que como escuchábamos en el evangelio del trigo y la cizaña el domingo pasado, se han juntado lo bueno y lo malo.

El discernimiento, por tanto, no se hace desde el equilibrio más separado de la realidad, sino desde su más profundo misterio: el amor a la voluntad de Dios. Para poder tomar las decisiones adecuadas con respecto a la propia vida -más aún si, como el rey Salomón, tenía que decidir sobre otros- es necesario un profundo amor al que nos pone en la situación y con la autoridad para decidir. Pues esas decisiones correctas parten del conocimiento de Dios y se afrontan con una gran confianza en Él. Porque sé quién eres, Señor, tomo esta decisión.

Elegir entre todo lo que tengo y el tesoro escondido en el campo puedo hacerlo si sé quién me ofrece ese tesoro. Si sé a quién me une esa elección. Por eso, el discernimiento es una forma de sabiduría que permite reconocer “una gran alegría” y apostar por ella. Lo permite incluso cuando las cosas aparecen de forma sorprendente, inesperada, como aparece ese tesoro, que no es fruto del trabajo previo. Permite no actuar de malas maneras, de forma “ilegal”, pues, en la parábola, el que descubre el tesoro no lo coge sin más, sino que vende primero lo necesario para poder comprar el campo; es decir, obrar con sabiduría es siempre obrar con alegría y rectitud, a pesar de la dificultad de las decisiones que hay que tomar en la vida. Y es que cuando alguien encuentra algo tan valioso, ningún precio nos parece mucho; hasta el Yemen está cerca de Israel, si se trata de conocer una inmensa capacidad para elegir lo mejor.

Así ocurre con el Reino de Dios: la Buena Noticia de la llegada del Reino tiene que producir una alegría tal al corazón que, con sabiduría, decidamos apostar por él. Y la apuesta por el Reino tiene una forma propia de hacerse: es el seguimiento de Cristo. En el seguimiento de Cristo se aprende a valorar lo que Dios ha ido ofreciendo desde siempre y lo que nos ofrece hoy, lo viejo y lo nuevo. No hay ideologías de por medio, sólo un deseo de beneficiarse de ese tesoro escondido, con “un corazón dócil”, como pedía Salomón, para decidir.

Por esto mismo, la Iglesia canta con el salmo de la Ley de Dios: “¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!” Deleitarse en esa voluntad divina, en el brillo de ese tesoro, nos permite caminar por la vida siguiendo al Señor. Aunque cada día experimentemos la tentación de hacer nuestro camino, de elegir nuestra voluntad en autonomía, al margen de Dios, la experiencia primera del amor de Dios nos lleva a la decisión correcta: “amo tu voluntad”. ¿Pedimos al Señor ese espíritu de discernimiento para amar su voluntad? ¿cómo reaccionamos cuando no queremos lo que Dios quiere, con un corazón dócil o con un corazón duro?

Aquel “dame lo que me pides y pídeme lo que quieras” del santo de Hipona es la forma de responder a la certeza de la compañía divina y de la luz que nace de su tesoro. En él está la sabiduría de Salomón, la del padre de familia del evangelio de hoy.

Diego Figueroa

 




al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal:
Prefacio IX dominical del tiempo

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y, eterno.
Porque nos concedes en cada momento lo que más conviene
y diriges sabiamente la nave de tu Iglesia,
asistiéndola siempre con la fuerza del Espíritu Santo,
para que, a impulso de su amor confiado,
no abandone la plegaria en la tribulación,
ni la acción de gracias en el gozo, por Cristo, Señor nuestro.
A quien alaban los cielos y la tierra,
los ángeles y los arcángeles
proclamando sin cesar:
Santo, Santo, Santo…

 


Ángel Fontcuberta

Para la Semana

Lunes 31:
San Ignacio de Loyola, presbítero. Memoria.

Ex 32,15-24.30-34. Este pueblo ha cometido un pecado gravísimo haciéndose dioses de oro.

Sal 105. Dad gracias al Señor porque es bueno.

Mt 13,31-35. El grano de mostaza se hace un árbol hasta el punto de que los pájaros del cielo
anidan en sus ramas.
Martes 1:
San Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor. Memoria.

Ex 33,7-11;34,5b-9.28. El Señor hablaba con Moisés cara a cara.

Sal 102. El Señor es compasivo y misericordioso.

Mt 13,36-43. Lo mismo que se arranca la cizaña y se echa al fuego, así será al final de los tiempos
Miércoles 2:

Ex 34,29-35. Vieron a Moisés la piel de la cara y no se atrevieron a acercarse a él.

Sal 98. ¡Santo eres, Señor, nuestro Dios!

Mt 13,44-46. Vende todo lo que tiene y compra
el campo.
Jueves 3:

Ex 40,16-21.34-38. La nube cubrió la Tienda del Encuentro y la gloria del Señor la llenó.

Sal 83. ¡Qué deseables son tus moradas, Señor del universo!

Mt 13,47-53. Reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.
Viernes 4:
San Juan María Vianney, presbítero. Memoria.

Lev 23,1.4-11.15-16.27.34b-37. En las festividades del Señor convocaréis asamblea litúrgica.

Sal 80. Aclamad a Dios, nuestra fuerza.

Mt 13,54-58. ¿No es el hijo del carpintero? Entonces, ¿de dónde saca todo eso?
Sábado 5:

Lev 25,1.8-17. El año jubilar cada uno recobrará su propiedad.

Sal 66. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.

Mt 14,1-12.Herodes mandó decapitar a Juan, y sus discípulos fueron a contárselo a Jesús.


Domingo de la 16ª semana de Tiempo Ordinario – 23/07/2017

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral

LA MOSTAZA, LA LEVADURA Y LA CIZAÑA

E1 evangelio que se lee este domingo también va de parábolas. Nada menos que tres. La central es la de la cizaña, seguida de dos semejanzas paralelas: el grano de mostaza y la levadura, finísimos símbolos de las características del Reino instaurado por Jesús.

La fuerza de las imágenes está en el contraste entre la semilla casi microscópica o lo exiguo de la levadura y la inmensidad del árbol o de la masa fermentada. El Reino de los cielos ha comenzado de manera insignificante con un “pastor” contestado y crucificado, y un pequeño rebaño; pero con una fuerza capaz de alterar y revolucionar la historia. El crecimiento es su dinamismo eficaz desarrollado en medio de luchas dramáticas. En el campo de la historia se contraponen el amo y el enemigo, el grano y la cizaña, el arrancar o el dejar sobrevivir hasta el final.

La parábola de la cizaña muestra dos enseñanzas fundamentales: la presencia del maljunto al bien, la necesidad de la paciencia. Los puritanos, los fogosos, los intransigentes quieren que el mal desaparezca, que llueva fuego sobre los perversos, que el hacha corte el árbol sin frutos. Esto es un peligro que puede derivar hacia un fariseísmo cristiano, que sueña comunidades perfectas y separadas. Es conveniente vivir de frente o al lado del mal sin pensar obsesivamente en su destrucción; recuérdese que Jesús fué amigo de publicanos y pecadores, que dialogó y comió con ellos y con personas justas y piadosas. En toda circunstancia fué más médico que juez.

La misteriosa mezcla de bien y mal, de esplendores y de miserias que es la historia y la humanidad, es también el campo para una paciente acción del Reino y de la Iglesia. No todo desembocará en ruina, sino en una triunfal “cosecha” de Dios, que hará brillar todo el bien diseminado en los siglos y en las tierras diversas de nuestro mundo.

No deja de ser interpelante comparar la paciencia de Dios, libre de intransigencias y radicalismos, con la impaciencia de muchos creyentes, que se hacen jueces implacables para defender la pena de muerte y la tortura con fines ejemplares.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Sabiduría 12, 13. 16-19 Sal 85, 5-6. 9-10. 15-16a
san Pablo a los Romanos 8, 26-27 san Mateo 13, 24-43

de la Palabra a la Vida

Comentar todas las parábolas del evangelio de este domingo excede estas líneas, pero podemos fijarnos especialmente en la primera de las parábolas, ya que la primera lectura de este domingo la señala directamente: la fuerza y la moderación de Dios ante el juicio iluminan la actitud del sembrador cuando el trigo y la cizaña aparecen juntos: ¿qué hacer? No es momento de la siega aún, así que conviene esperar.

Esa espera es una puerta abierta al pecador para que se convierta, advierte el libro de la Sabiduría. Aunque el sembrador claramente no ha sido el que ha hecho aparecer la cizaña sino “un enemigo”, la cizaña debe quedar en pie hasta el momento oportuno, el de la siega. Sí, sin duda es una referencia al tiempo final, otra parábola que tiene que ver con la separación que sucederá al final, cuando la luz de Cristo ilumine los corazones de todos para separar a unos y otros.

Ciertamente, lo bueno y lo malo se han mezclado, pero, entonces, ¿por qué esperar para separarlos? En la parábola encontramos dos motivos preciosos: el primero es que el hombre no está en situación de hacer esa tarea. Son tan iguales trigo y cizaña que pueden confundirse, y hay que esperar a que se distingan. Igual sucede con verdaderos y falsos creyentes. Pueden parecer iguales, pero cuando el Señor ilumine los corazones de cada uno, sabremos separarlos con acierto. Sí, nosotros no podemos ver el corazón, pero el Mesías sí: Él hará a su tiempo la separación. Un segundo motivo es que Dios ha marcado el momento, la hora de la separación, la hora de la siega. No podemos precipitarla ni pasarla por alto. Es necesario rechazar todo falso celo, y dejar abierto el plazo a la penitencia: “Tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan”. El salmista sabe que es bueno esperar en Dios, confiar en Él, pero no de forma pasiva, sino obrando la propia conversión.

La vida de la Iglesia, de los que seguimos al Señor, es compleja en este sentido, pero esta parábola nos ayuda a comprender que siempre ha sido así. Ni todo el mundo sigue al Señor con la misma confianza, ni con la misma decisión, ni en la misma verdad: es por eso que uno puede tener la tentación de “pasarse de la raya” y, por buscar la conversión de todos al Señor, algo positivo, hacer un daño irreparable al camino de cada uno, algo negativo. Por eso la paciencia del Señor. ¿Qué veo en mi comunidad cristiana, en mi parroquia, en mi iglesia diocesana o en la católica, que no está bien? ¿Abro la puerta a la conversión o me precipito en el juicio? ¿Qué nos enseña esta parábola?

No hace falta que vayamos muy lejos para decidir qué es mejor hacer: nos basta la mirada a la propia debilidad, a los propios pecados, al camino de conversión que cada uno de nosotros llevamos día a día, paso a paso, y que está pudiendo hacerse porque el Señor es “lento a la ira”: sin la clemencia del Señor, ya seríamos nada.

Seguir al Señor por la vida de fe supone aceptar que ese proceso se está dando en nosotros. Que no queremos esperar pasivamente, pero que tenemos que ser pacientes. Dios mira y espera, porque ama espera. Quizás creciendo en el amor, también nosotros aprendamos a esperar como Él. Si, tal y como decía la primera lectura, “Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia”, la misión de la Iglesia es acoger la forma de hacer de Dios, sembrador paciente, y si los sacramentos nos llenan de amor de Dios, hacer de ellos instrumento que nos ayuda a acoger la forma de hacer de Dios, que discierne las cosas y las lleva a cabo en el momento oportuno.

Diego Figueroa

 





al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal…
Prefacio de Santiago, apóstol

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte siempre gracias y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
Dios Todopoderoso, Pastor eterno.
Porque Santiago, testigo predilecto,
anunció el reino que viene
por la muerte y resurrección de tu Hijo,
y, el primero entre los apóstoles,
bebió el cáliz del Señor:
Con su guía y patrocinio, se conserva
la fe en los pueblos de España y en los pueblos hermanos
y se dilata por toda la tierra,
mientras tu apóstol alienta a los que peregrinan
para que lleguen finalmente a ti, por Cristo, Señor Nuestro.
Por eso, Señor, con todos los ángeles,
te alabamos ahora y por siempre,
diciendo con humilde fe:
Santo, Santo, Santo..

 


Para la Semana

Lunes 24:

Éxodo 14,5 18. Así sabrán que yo soy el Señor, cuando me haya cubierto de gloria a costa del faraón.

Salmo. Ex 15,1-6. Cantaré al Señor, gloriosa es su victoria

Mateo 12,38 42. Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará.
Martes 25:
Santiago, apóstol. Solemnidad.

Hch 4,33;5,12.27-33;12,2. El rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago.

Sal 66. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.

2Cor 4,7-15. Llevamos siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús.

Mt 20,20-28. Mi cáliz lo beberéis.

Miércoles 26:
Santos Joaquín y Ana, padres de la Bienaventurada Virgen María. Memoria.

Éxodo 16,1 5.9 15. Yo haré llover pan del cielo.

Sal 77. El Señor les dio pan del cielo.

Mateo 13,1 9. Cayó en tierra buena y dio grano.
Jueves 27:

Éxodo 19,1 2.9 11.15 20b. El Señor bajará al monte Sirraí a la vista del pueblo.

Salmo. Dan 3,52-56. ¡A ti gloria y alabanza por los siglos!

Mateo 13,10 17. A vosotros se os ha concedido conocei los secretos del reino de los cielos y a ellos no.
Viernes 28:
San Pedro Poveda Castroverde, presbítero y mártir. Memoria.

Éxodo 20,1-17. La ley se dio por medio de Moisés.

Sal 18. Señor, tú tienes palabras de vida eterna.

Juan 20,1 11. Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?
Sábado 29:
Santa Marta. Memoria.

Ex 24,3-8. Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha concertado con vosotros.

Sal 49. Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza.

Jn 11,19-27. Creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios.

o bien:

Lc 10,38-42. Marta, Marta, andas inquieta y preocupada por muchas cosas.


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