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¿Dónde estás Señor?

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Isaías 58, 1-9a

Sal 50, 3-4. 5-6a. 18-19

san Mateo 9, 14-15

Recordamos la actitud de Jesús contra escribas y fariseos, llamándolos hipócritas. También podría dirigirse contra ti y contra mí, seguramente. Sí, sí, mucho hablar, pero todo es de boquilla. Hablo y no cumplo. Mis obras se quedan en la lengua.No soy misericordioso ni practico la justicia. Busco mi interés mientras hablo de ayunar y me comporto cual meticuloso cumplidor de las leyes; muevo la cabeza como si fueras un santo, para que se me vea, o para verme mi mismo en la emoción de lo que soy para mi… ¡qué más da! Y después chillaré escandalizado.

Vivimos en una sociedad que va derecha por esos caminos; caminos de desprecio y de muerte. Nos estamos dando leyes que van por ahí, que no respetan al otro, al enfermo que nada nos aporta si no son menoscabos. En cuanto te descuidas amas la guerra y la violencia, y en ellas piensas primero en tus intereses. ¿No será lo nuestro un quedar bien nosotros mismos y querer engañarnos respecto a lo que el Señor piensa de cada uno? Porque la sociedad somos tú y yo, y otros como tú y yo. No es una carcasa en la que estamos encerrados. Debemos luchar para impregnar nuestra sociedad de valores de vida, de compasión, de amor, de acogida de los que tienen poco o apenas son nada, de los que van a nacer, de los menesterosos a los que todo les falta. Son personas porque nosotros las cuidamos como tales. Con el enorme respeto y amor con que nosotros las tratamos, con la caricia con la que las obsequiamos, les damos eso que les falta: ternura y cariño… Entonces gritarás al Señor, y te responderá: “Aquí estoy”.

¿Cuál es nuestro destino?

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Deuteronomio 30, 15-20

Sal 1, 1-2. 3. 4 y 6

san Lucas 9,22-25

“Que tu gracia inspire, sostenga y acompañe nuestras obras, para que nuestro trabajo comience en ti, como en su fuente, y tienda siempre a ti, como a su fin”. Sí, hacemos obras que agradan a Dios. Lo decisivo es nuestro seguimiento; queremos estar en su estela, aunque desfallecemos en nuestras fuerzas, porque hay demasiadas cosas alteran nuestro deseo, llevando nuestra vista y nuestros pasos a donde no querríamos… ¿Cómo haremos para no dejarnos arrastrar y prosternarnos ante tantos ídolos que nos muestra el mundo? ¿Cómo elegiremos nuestra vida y la de los nuestros amando al Señor, escuchando su voz…?

Resulta sencillo decir: “Tomando la cruz de cada día”. Pero sin Él, ¿no terminaríamos derrengados y echando pestes de nosotros y de los demás? … Quizá no nos faltaría buena voluntad, pero la vida es tan larga y tan compleja.

Hemos pedido, por tanto, que sea su gracia la que nos inspire, sostenga y acompañe, de otro modo nuestros caminos no serán los suyos, aunque de inicio así lo quisiéramos. Hoy le hemos pedido por nuestro trabajo —cada día tiene su afán, es decir, en cada día pedimos que ayude nuestro ser y nuestro quehacer en sus aspectos infinitos—. Sin que el Señor Dios lo sostenga con su gracia, todo se nos caerá de las manos. Y este trabajo, que es el nuestro, pendiente de nuestras acciones, tiene una fuente, solo una: la gracia de Dios. Es nuestro, no cabe duda, pero pende de su gracia, fuente de todo hacer bueno por nuestra parte. Mas ¿eso es todo? No, falta todavía algo esencial. Todas nuestras acciones, y nuestro ser entero, deben tender al Señor Dios como a su fin. Es cosa nuestra, pero la fuente y el fin de todo nuestro bienhacer es el Señor con su gracia. No cabe otra fuente; no cabe otro fin. Todo es gracia que se nos da en Cristo, por Cristo y con Cristo. Queda por ver, pues, en qué consiste esa gracia y cómo transforma nuestro ser y en nuestro quehacer… ¡Dios mío, ayúdame a concretar mi amor en Ti!

 

Un amor que abrasa

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Joel 2, 12-18

Sal 50, 3-4. 5-6a. 12-13. 14 y 17

Corintios 5, 20-6,2

san Mateo 6, 1-6.16-18

“Misericordia, Señor: hemos pecado”. Ésta es la realidad de la condición humana. Ésta es la verdad que puede acercarnos a la auténtica reconciliación… con Dios y con los hombres. No se trata de desacreditar tu autoestima o la mía, sino de penetrar en lo más hondo de nuestro corazón y revelar el misterio del sufrimiento y el dolor que nos ata desde hace siglos, miles de años… desde siempre. Si hay un Salmo en la Sagrada Escritura capaz de escudriñar todas esas raíces ocultas, vergonzosas y, a la vez, llenas de esperanza, ése es el Salmo 50. Junto al reconocimiento de lo que somos, viene también la solución al drama del ser humano: “Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza”.

Y tal como anuncia el Apóstol de los gentiles al pueblo de Corinto: “ahora es el tiempo favorable, ahora es día de salvación”. ¡Sí!, éste es el único mensaje de la Cuaresma, la única verdad que nos puede liberar, lo genuinamente gratificante: hay alguien que verdaderamente me quiere, y es capaz de dar la vida por mí.

En los medios de comunicación hemos visto, durante estos días, el entusiasmo con que se han ido anunciando y celebrando las fiestas del Carnaval en el mundo entero. ¿No resulta curioso el detalle de tanta máscara y disfraz?; ¿de qué ha de esconderse el hombre? Más allá del “divertimento” de lo que puede significar lo grotescamente carnal frente a lo espiritual, hay otra realidad mucho más radical, que también tiene que ver con la carne, y que hoy, Miércoles de Ceniza, se nos recuerda: “Acuérdate que eres polvo y al polvo volverás”… Pero si existe alguien que reverencia verdaderamente a la carne, ése es el cristiano. Nuestra paradoja pasa de reconocer nuestra propia condición a adorar a un Dios encarnado, es decir, de la misma condición que uno de nosotros.

En este Miércoles, por otra parte, se nos invita al ayuno y a la abstinencia. Se nos recuerda, una vez más, que somos deportistas del amor. De la misma manera que un atleta necesita preparación, sacrificio, renuncia, etc., para así resultar vencedor en la alta competición, nosotros también tenemos un torneo particular. Lo curioso, tal y como nos recuerda Jesús en el Evangelio, es que los frutos de nuestro entrenamiento hay que ponerlos en práctica, no delante de los hombres para que nos aplaudan o se admiren de nuestra “musculatura” interior, sino que el único que ha de saber de nuestros esfuerzos es el mismo Dios.

Todo es cuestión de amor. Vamos a recorrer juntos cuarenta días en donde iremos descubriendo lo más entrañable del misterio cristiano: un Dios hecho carne que va a entregarse, día a día, por cada uno de nosotros. Aquello que más nos duele, lo que a veces nos resulta insoportable, el dolor que parece nunca se va de nosotros, la traición que hemos podido sufrir, o la incomprensión que nos agobia en el corazón… ¡todo eso!, y mucho más, es lo que vamos a contemplar en la vida, en las palabras y, sobre todo, en el rostro amabilísimo de un Jesús que sale a tu encuentro y te dice: “¡ánimo!, yo he vencido al mundo”.

Ésta es la esperanza de la que nos alimentamos todos los días, y que nos hace recuperarnos de las cenizas de nuestra vida, lo único trascendente y que tiene valor: el amor que Dios ha depositado en ti y en mí, y que hace que lo carnal entonces sí tenga sentido, porque es la misma carne que llevó Jesús, y aún le acompaña por toda la eternidad.

Ser primeros o últimos

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Eclesiástico 35, 1-15

Sal 49, 5-6. 7-8. 14 y 23

San Marcos 10, 28-31

Muchas veces, y esta es la realidad, nos gustaría que la Iglesia se identificara con nuestros deseos, de la misma manera que, en tantas ocasiones, y dependiendo de las circunstancias, fabricamos un dios a nuestra imagen y semejanza. Somos capaces de exigir, cuando en verdad nos presentamos con las manos vacías, no sólo ante Dios, si no ante los que tengo cerca de mi.  ¿De qué me sirve llorar ante una supuesta “experiencia mística”, cuando, de verdad, lo que Dios me está pidiendo es más docilidad y más normalidad en mi conducta?… ¿Por qué deseo que la Iglesia justifique mis pecados cuando soy incapaz de perdonar al que me ha ofendido?

“Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros”. En ese trastocar (consciente o inconscientemente) lo que le corresponde a Dios y a nosotros, hay, en definitiva, un problema con la verdad. La afectividad se ha apoderado de nuestra razón, y “a ver quién es el guapo” de demostrar lo contrario. Parece que se hubiera puesto un gigantesco cartel en las nubes que dijera: “Todo vale cuando se trata de contradecir la voluntad de Dios, ahora bien, que nadie se atreva a llevarme la contraria”. Pero, ciertamente, más que en las nubes, Dios se encuentra en nuestros corazones, aunque se encuentren un tanto endurecidos… La Virgen los transformará en carne si somos capaces de decir, tal y como dijo un día Ella: “He aquí la esclava del Señor”.

La verdadera entrega

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Eclesiástico 17, 20-28

Sal 31, 1-2. 5. 6. 7

San Marcos 10, 17-27

El relato del evangelio de hoy es una muestra de entendimiento de lo que somos nosotros y de lo que es nuestra relación con el Señor. Cuando el joven sale al camino, nosotros salimos corriendo con él y nos arrodillamos, preguntándole por la vida eterna. En Jesús hay un reproche; ¿Por qué me llamas bueno? Es como decirle: “fíjate en mí, ¿es que todavía no lo has hecho?”…  “Todo eso lo he cumplido desde pequeño”. Enternece la mirada de Jesús, que nos rodea de su cariño. Sin embargo, “una cosa te falta”. Seguramente nos acercábamos a él, nos habíamos puesto bajo su mirada, para que nos reconociera en nuestra bondad… Pero una cosa te falta. ¿Cómo, si todo lo he cumplido desde pequeño? Entendimos nosotros con el joven tan rico que todo iba a ser cuestión de “cumplimientos”,  de lo que muchos poseen, o que muchos creen poseer. Pero, no. Falta algo…  Anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, y sígueme. Se nos frunce el ceño y nos alejamos, porque éramos demasiado ricos para seguir al Señor.

Las palabras con que Jesús continúa diciendo son bestiales; de entre las más fuertes de los evangelios. Incompatibilidad con la riqueza. Sí, claro, diremos que las agujas eran no sé qué pináculos del templo, por los cuales no un camello, pero sí un burro pequeño. Si al menos fuéramos nosotros un borriquillo, como el pollino que le acompañará en la procesión del Domingo de Ramos.

¿Qué, pues?, ¿no podremos siquiera acercarnos al Señor. Mejor será, ¿no? Pero hay un acercamiento maravilloso, el del pequeño Zaqueo que debe subirse a la higuera para ver a Jesús, porque era pequeño. Ni corre, como no sea para adelantarse y trepar al árbol. Mira desde lejos, se sabe tan indigno. Ha cumplido tan poco, ha trasgredido tanto. Lo suyo es mirar al Señor entre lágrimas de melancolía por las cosas de Dios, de las que tan lejos vive.

¿Cómo habremos de acercarnos al Señor? Con sencillez absoluta, sabiendo que el Señor miró la humildad de su esclava, su Madre, la Virgen María. Conociendo muy bien quiénes somos, no en general, sino en el detalle de nuestra vida. Con ansia de las cosas de Dios.

Entender los signos de Dios

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Isaías 7,10-14

Sal 23, 1–2 3-4ab. 5-6

san Pablo a los Romanos 1, 1-7

San Mateo 1, 18-24

“En aquellos días, el Señor habló a Acaz: -«Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo.» Respondió Acaz: – «No la pido, no quiero tentar al Señor.» Entonces dijo Dios: – «Escucha, casa de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal.” El pobre Acaz que no quiere molestar y Dios decide molestarse. Seguro que tu y yo en el lugar de Acaz hubiéramos pedido alguna otra señal “desinteresada”: “Que gire el sol alrededor de la luna, que nos toque la lotería, que se enamore de nosotros el/la (según los casos) más hermoso/a del mundo, que nos hiciéramos famosos,….” cualquier tontería de esas. Pero cuando Dios hace las cosas por su cuenta las hace muy bien. Quedan unos pocos días para que celebremos el Misterio de la Navidad. No sé que dirá la RAE pero es un Misterio con mayúsculas. Dios en su infinita liberalidad ha querido encarnarse de las entrañas purísimas de una Virgen y ha querido contar con la participación de los hombres. Hoy es José el protagonista. Hoy es José al que le toca participar en ese Misterio y dice que sí. Seguramente esta semana estemos poniendo el nacimiento en nuestras casas y en nuestras parroquias (o en el despacho y que se fastidie el colega ateo). Más o menos lleno de figuritas cada una de ellas tiene que participar en este Misterio. Unos dirán que sí, otros dirán que no, pero ni la lavandera ni el que lleva la brazada de leña puede quedarse indiferente. Y ni tu ni yo podemos quedarnos indiferentes. Tal vez no entendamos los  signos y señales de Dios. Seguramente nos quede mucho por entender y por profundizar. Seguramente toda una vida sea poco para darnos cuenta que “Este Evangelio, prometido ya por sus profetas en las Escrituras santas, se refiere a su Hijo, nacido, según la carne, de la estirpe de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios, con pleno pode por su resurrección de la muerte: Jesucristo, nuestro Señor.” Pero tenemos que tomar parte en el Misterio de Dios, aceptar su señal y contestar con un sí o un no. Cuando el Señor vuelva (seguimos en Adviento), tiene que encontrarnos en una postura o en otra, pero a los indiferentes les dará una patada en el trasero.

Los signos, en ocasiones, son difíciles de entender. Cuando te cueste entender a Dios, recurre a la Virgen y confía.

Los antepasados de Jesús

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Génesis 49,1-2.8-10

Sal 71, 1-2. 3-4ab. 7-8. 17

San Mateo 1,1-17

Hoy, sin ser fiesta alguna, se celebra el 17 de diciembre. Comenzamos a contar los ocho días que faltan para la Navidad. Mateo nos ofrece la genealogía de Jesús, hasta llegar a la encarnación del Hijo en el seno de María, siempre Virgen. Suplicamos a Dios que Cristo, su Unigénito, hecho hombre por nosotros, se digne hacernos partícipes de su condición divina. ¿Os acordáis aquel seréis como dioses, las palabras del engaño primigenio que nos robo tanto de la imagen y la semejanza con la que fuimos creados? Pues bien, pedimos hoy a Dios que por la encarnación de su Hijo nos devuelva la condición divina que entonces extraviamos. No es que él nos la enturbiara, sino que nosotros nos dejamos convencer de que ese era nuestro excelso destino, desgraciado destino: ponernos contra Dios, hacernos dioses por nosotros mismos. Abandonamos la entereza de nuestro ser creado para hacernos hijos del engaño, quedándonos sumidos en el océano del pecado y de la muerte. ¡Qué infidelidad! Pero no, llevamos un largo tiempo en el que se nos dice: Mirad, mirad que ya viene. ¿Quién viene? Nuestra salvación. Quien nos va a restaurar con creces en nuestra imagen y semejanza del comienzo creador. Y nuestra salvación es una persona, un niño que nos va a nacer, que pasa sus últimos siete días en el seno inmaculado de María. Un niño que nos viene de parte de Dios, que fue engendrado cuando la sombra del Altísimo cubrió con sus alas a María. Ahí tenemos su genealogía. No es un niño que vista su inmensa guapez fuera adoptado por Dios para hacer de él jugador de lo nuestro. La encarnación del Hijo estaba pensada desde antiguo. Dios quería probar el ser de carne, y por ello la Trinidad Santísima envió al Hijo para que él, que era la Palabra, se hiciera carne como la nuestra en el seno virginal de María, haciéndonos partícipes de su propia divinidad. Actuación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. No elección desde lejos que recaiga en el más bello de los hombres, sino un modelar carne nueva para que en su seguimiento, viendo quién es, sabiendo quién es, el Hijo enviado del Padre y del Espíritu a nosotros en la carne inmaculada de María, por su gracia y su misericordia, que le llevarán hasta el infierno de la cruz, se rehaga en nosotros la imagen y la semejanza. No la primitiva, como si lo nuestro fuera una vuelta atrás, sino la que viene a nosotros desde el futuro de plenitud, haciéndonos hoy mismo partícipes de su divinidad.

Ya viene aquel a quien le está reservado el cetro y el bastón de mando. Cantamos con el salmo que en estos sus días florece la justicia y la paz abunda por la eternidad. Los montes traen paz, los collados justicia. Es él quien defiende a los humildes del pueblo. Siempre los humildes. Siempre los hijos de los pobres. Así pues, siempre nosotros. Siempre nuestro: Jesucristo, nuestro Señor

La genealogía, ‘documento escrito del origen’, era esencial para los judíos. Abrahán, nuestro padre en la fe, está en el comienzo, él recibió las promesa mesiánicas: se afirma implícitamente que Jesús es verdadera criatura humana; el esperado del pueblo, el Mesías. La genealogía de Jesús es propiamente la de José, su padre legal, por quien pasa la descendencia de David; la descendencia era más legal que biológica.

¿Para qué?

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Isaías 56, 1-3a. 6-8

Sal 66, 2-3. 5. 7-8

san Juan 5,33-36

Estamos en la época de los para qué. A veces me preguntan jóvenes (y no tan jóvenes): ¿Para qué ir a Misa? ¿Para qué rezar?. Les parece mucho más útil dedicar su tiempo a otras cosas (o no dedicarlo a nada y perderlo miserablemente sentados en un banco de la calle alrededor de una cerveza). Ahora tenemos tantas “innovaciones tecnológicas” de esas que muchas veces nos preguntamos para qué valen las cosas. Sin duda hay cosas que no sirven para nada (muchos de los regalos que hacemos en las próximas fiestas), pero hay algunas cosas que son útiles y otras son imprescindibles.

Las imprescindibles no suelen ser cosas materiales, aparte de algo de alimento y bebida. Pero cultivar el espíritu, el dar sentido a la vida que tenemos, el aprender a amar y ser amado, el vivir en paz -cosas que no se pueden envolver en papel de regalo-, son imprescindibles.

“Si digo esto es para que vosotros os salvéis.” Mientras esperamos al Señor que viene y vendrá, escuchamos hoy estas palabras, centrales en toda la Biblia. El Señor viene a salvarnos. No le hace falta el testimonio de ningún hombre, no le hace falta el consenso de la humanidad para decidir si queremos o no ser salvados. Lo cierto es que el hombre necesitaba (y necesita), la salvación. Sin Cristo a los hombres les falta lo imprescindible. Muchas veces se habla de los cristianos como si tuviésemos una afición, un hobby. Nos puede gustar Cristo como gustarnos el Villarreal Club de Fútbol. Pero no es así. Al igual que al hombre no quiere comer pensamos que está enfermo y, si persiste en su actitud, puede acarrearle la muerte, al igual todos la humanidad está necesitada de Cristo, aunque la falta de fe se haya convertido en una pandemia mundial.

La encarnación de Cristo no fue un acontecimiento para sus amigos o simplemente para algunos escogidos. Es para todos: “No diga el extranjero que se ha dado al Señor: “El Señor me excluirá de su pueblo” A los extranjeros que se han dado al Señor, para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, que guardan el sábado sin profanarlo y perseveran en mi alianza, los traeré a mi monte santo, los alegraré en mi casa de oración, aceptaré sobre mi altar sus holocaustos y sacrificios; porque mi casa es casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos.” No podemos vivir como un club cerrado, o como un ghetto vuelto sobre sí mismo. Tal vez te hayas devanado los sesos pensando qué regalarle a tu marido, a tus hijos, a ese compañero de trabajo o al amigo de toda la vida. Además de algo material, que seguro que le gusta, pero que es superfluo, ¿has pensado en regalarle un poco de esperanza, una palabra de vida que le ayude a volverse hacia Dios?. ¿Por qué no le invitas a hacer una buena confesión, a regularizar su situación matrimonial, a asistir a Misa el domingo? Seguro que te lo agradecerá.

“Guardad el derecho, practicad la justicia, que mi salvación está para llegar, y se va a revelar mi victoria.” Que nadie se pueda encontrar estos días repleto de cosas inútiles, de papeles de colores, pero sin la paz que nace de la verdad de la salvación de Cristo. María, nuestra Madre, sabe bien el precio de ese regalo, pídele a ella que te ayude a distribuirlo en tu entorno.

“¿Eres tú el que ha de venir?”

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Isaías 54, 1-10

Sal 29, 2 y 4. 5-6. 11-12a y 13b

San Lucas 7, 24-30

Este segundo Isaías, largo y reposado, tan distinto del primero, breve y rompiente, poeta señero, nos llama de parte de Dios a la alegría. Eras estéril, pues bien, ahora tendrás que alargar tu tienda para que quepa tu descendencia. El Señor estará contigo. Futuro, siempre futuro. Heredarás la tierra entera, De nada tendrás que avergonzarte. Ya no serás soltera ni viuda, sino que quien te hizo te tomará por esposa. En tu abandono y abatimiento, el Señor te volverá a llamar, como a esposa de juventud. El arrebato de ira de tu Señor, que te abandonó, pasará pronto. Podrán vacilar los cimientos de la tierra, mas no se retirará de ti mi misericordia. Tal es el anuncio profético. Futuro. Siempre futuro. No se retirará de ti mi misericordia, ni mi alianza de paz vacilará. Porque el Señor te quiere. Nótese el futuro en el que nos encontrábamos de pronto transformado en presente: el Señor te quiere, ahora mismo te está queriendo. El suyo es un amor de presente. Un amor de presencia.

El salmo salta de júbilo, porque el Señor nos ha librado, ahora, en nuestro presente. ¿Qué ha acontecido para que el futuro venga a nosotros de modo que nuestro pasado de luto se haya convertido para siempre en presente de gracia? El futuro se está haciendo realidad en nuestro día de hoy. De nuevo el bucle que, viniendo del pasado profético, el cual señalaba el futuro en el que todo se colmará, hace que todo se nos cumpla en el hoy que estamos viviendo.

Es Jesús el bucle de esa presencia anunciada en el pasado profético para que se cumpliera en el futuro del Señor. Él es la prueba de que el Señor Dios te quiere, que nos está queriendo desde ahora en nuestra frágil carnalidad. ¿Quién eres, Señor, dinos quién eres?

Cuando marchan los mensajeros de Juan, quienes habían comparecido para obtener una respuesta a la acuciante pregunta: ¿eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?, Jesús, con mirada soñadora, se dirige a la gente. No buscamos a nadie vestido de lujo, representantes de quienes nos dominan; quienes se han llenado de méritos y de poder hasta cubrirles la cabeza. No es eso lo que nos atrae. No es a esos a los que buscamos. Buscamos a un profeta que nos haga ver el futuro consolador que nos viene de Dios. Buscamos el consuelo de poder mirar a un presente que se dirige a grandes pasos a ese futuro en el que el Señor Dios nos quiera, como de su parte nos señalaba el profeta. Buscábamos al profeta de la consolación. Por eso leíamos al segundo Isaías. Él nos traía de parte del Dios de Israel un mensaje de consuelo y esperanza, no de condenación, por habernos dejado arrastrar lejos de él por quienes son los poderosos del imperio. Buscábamos un profeta de conversión. Por eso nos dirigimos al desierto, al encuentro de Juan el Bautista. Su bautismo de agua era una llamada a orientar nuestra vida no hacia los poderosos, sino hacia el Señor. A vivir la conversión de nuestro pecados tal como nos gritaban los antiguos profetas.

Es temeroso ver el modo en que, tras las palabras de Jesús, las aguas se dividen en dos. Quienes, incluso publicanos, habían recibido el bautismo de Juan, y los poderosos, fariseos y maestros de la Ley, que no lo habían aceptado, haciendo fracasar el designio de Dios para con ellos.

¿Frustraremos el designio de Dios para con nosotros?

¿Dónde se hace presente Jesús?

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Isaías 45 y 6b-8. 18. 21b-25 

Sal 84, 9ab-10. 11-12. 13-14

San Lucas 7, 19-23

Juan no está seguro y envía a dos de sus discípulos: ¿tenemos que esperar a otro? Vieron cómo Jesús curaba a muchos, y luego, en su respuesta, les habla del cumplimiento. Mirad cómo lo que los profetas predijeron se cumple ante vuestros ojos. Los ciegos ven, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. Hoy es el día que ellos señalaron. Ante vosotros tenéis las pruebas. Lo que se anunciaba para aquellos días del final se realiza hoy entre nosotros. El futuro se hace presente ante vuestros ojos. Parecía una línea que iba derecha del pasado profético al futuro de los últimos tempos, pero ahora vemos que ese futuro se hace presente entre nosotros en la persona de Jesús. Dichoso el que no se escandalice de mí. En él se inaugura un bucle decisivo, el cual, naciendo en el pasado profético que habla de un futuro por llegar cuando sea el final de los tiempos, se presenta a nosotros en este hoy de su presencia. La salvación final se nos hace patente en él, en la carne de Jesús, enviado a nuestro hoy desde el futuro indeclinable de Dios. Mirad que ya está aquí. A las pruebas nos remite. Las profecías se cumplen en él, que viene del futuro de Dios para hacerse presente entre nosotros. Este es el bucle de nuestra salvación: del pasado profético al futuro de la promesa, para llegar al presente del cumplimiento. Pasado y futuro se cumplen en el presente. Id, pues, y anunciad a Juan lo que habéis visto.

Así, la obra de la salvación se lleva a cabo en nosotros en el sacrificio que ofrecemos hoy. En él se expresa nuestra propia entrega, de modo que el sacramento que él nos dio se cumpla en nosotros. Ya desde hoy, pues, estamos en el tiempo de la encarnación y, por eso, en el tiempo de la cruz. Este es nuestro presente, con el que caminamos al encuentro definitivo de nuestro futuro. Escuchemos lo que nos dice el Señor, quien nos anuncia la paz y la salvación. Ved el que está entre nosotros, y ved lo que hace. Ved cómo es él, su persona, la Buena Noticia del reinado de Dios. En él la misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan. Ved cómo en él se nos da el futuro de Dios. En su carne. En sus acciones. En sus palabras. En el seno de María, su madre. En la cruz y en la resurrección. En la subida a los cielos para aposentarse en el futuro indeclinable de su Padre. Razón tenía el viejo poeta cuando nos decía estas palabras proféticas: Yo soy Dios, y no hay otro. Tómese el ‘Yo soy’ con la fuerza con la que, desde el episodio de la zarza ardiente, nos dice quién es Dios. El Dios de Israel. El Dios de Jesucristo.

Vemos de qué manera Jesús se hace realidad en nuestro presente, en el hoy de nuestras vidas, enviado por parte de quien es Yo soy Dios. No hay posibilidad alguna de desconcierto. No hay modo de que nos confundamos, dirigiéndonos a otros dioses. Porque estamos asistiendo al bucle de nuestra salvación, y esta procede del Yo soy Dios que viene de su futuro indeclinable, para hacerse presente en nosotros. Presente en la carne de Jesús. Ved que ya viene, ved que ya comienza a estar acá, entre nosotros, en el seno carnal de María, su madre. Mirándole a ella, veremos nacer al Hijo de Dios.

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