EN EL NOMBRE DEL PADRE

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Libro de los Reyes 8, 22-23. 27-30; Sal 83, 3. 4. 5 y 10. 11; San Marcos 7, 1-13

Así se titula una película sobre un joven irlandés que por distintas situaciones de su vida descubrirá la fortaleza y valía de su padre cuando ambos comparten presidio acusados de ser miembros terroristas del I.R.A. La realidad es que el hijo es un vividor que engaña a su padre al que cree demasiado estricto, duro y “poco moderno”, que no está en “la onda” y mantiene unos principios que hoy por hoy están fuera de lugar. En la cárcel, cuando no tienen nada y no son nada, mas que un número, descubrirá que para su padre él nunca ha dejado de ser su hijo y le ayudará a superar las dificultades y la dureza de la vida privada de dignidad. ¡Qué hijo tan ingrato al principio de la película!, y eso que el sentimiento inicial es de simpatía por el chico “hijo de su tiempo” y de cierta prevención contra el padre que es contracultural, carca, anticuado y demasiado severo y orgulloso.
“El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”. “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”. Hoy, y creo que siempre, surge una pléyade de intérpretes de la voluntad de Dios que, sin tener vela en este entierro y hasta sin fe, juzgan, interpretan, deciden y opinan sobre el misterio de la salvación en Cristo. Es mejor lavarse las manos y fregar las ollas que compartir la comida con el hambriento (y estoy convencido que si los apóstoles se lanzaron sobre la comida sin purificarse antes no fue por dar en el morro a los letrados, sino porque tenían más hambre que el perro de un ciego); es mejor salvar a las focas y ser muy comprensivos con todo tipo de “uniones de hecho” antes que defender a la familia y valorar el amor humano como reflejo del amor de Dios que es tierno, fiel, constante, más fuerte que la muerte. Pero ¡hala!, todos a fregar cacerolas, aunque tengamos retortijones de hambre vamos a lavarnos bien las manitas para “que no digan”, vamos a ser más modernos que el hijo de la película y vamos a “vacilar” a nuestro Padre Dios (al que decimos querer mucho, le mandamos un dinerito a casa y le pasamos por las narices nuestra “situación de bien-estar”) hasta que verdaderamente descubrimos que sufrimos. El infiel a su amor sufre, las mujeres (y hombres) maltratadas sufren, los matrimonios rotos sufren, los hijos de divorciados sufren, los que no guardan la castidad y se entregan a cualquiera sufren, los abortistas sufren. La Iglesia, que tiene la asistencia del Espíritu Santo para interpretar los signos de los tiempos, está con los que sufren y no esperan que les den un lavado de cara para, en nombre de Dios eso sí, hacer lo que quiera con su vida, porque quien de verdad sufre descubre a la Iglesia, con todas sus exigencias, como Madre buena que le saca del charco fangoso en que ha convertido su vida de hijo de Dios.
Según termino de escribir se acaba de imprimir el directorio de la pastoral familiar de la Iglesia en España (he estado de ejercicios y ahora me entero que se ha publicado y se ha armado tanto revuelo), son casi noventa folios (en letra pequeña), ahora le hincaré el diente y si hay tantos que se lo han leído ¡bendito sea Dios!.
Y lo leeré con gusto y lo meditaré porque cuando habla la Iglesia me fío, como María de Jesús, aunque no lo entienda.

ESTAR DONDE HAY QUE ESTAR

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Libro de los Reyes 8, 1-7. 9-13; Sal 131, 6-7. 8-10 ; San Marcos 6, 53-56

Acabo de volver de unos días de retiro. Me hacía falta (me hace falta todos los años, espero no estar mal hecho) y he disfrutado como un enano (no se a qué viene esa expresión, mis amigos bajitos disfrutan y sufren como todo hijo de Dios).
Cuando te planteas a principio de curso en qué fecha ir de curso de retiro parece que no hay días, siempre hay “imprevistos” previsibles, reuniones a las que no puedes faltar aunque no seas necesario, compromisos que no comprometen, etc., etc., y tiene uno la tentación de irlo retrasando “un poquito” hasta que pasa un año y vuelves a hacerte el mismo planteamiento. Volvemos a Adán y Eva, queremos ser como dioses y estar en todas partes, pero realmente hay que estar donde hay que estar que, a lo mejor, no es el sitio que nos parece más “urgente” aunque sea el más necesario.
Salomón piensa: “El Señor quiere habitar en las tinieblas; y yo te he construido un palacio, un sitio donde vivas para siempre.” ¡Qué pretencioso es Salomón!, se ve que se le dio la sabiduría pero la humildad la olvidó por el camino. De la casa de cedro que le iba a construir su padre David al Señor él ha hecho un palacio que deslumbrará a la reina de Saba, pero Dios no necesita de ese templo, no le es necesario.
Durante cinco días no he tenido noticias de la parroquia, ni de mi familia (gracias a Dios, la ausencia de noticias son buenas noticias), no he leído un periódico ni escuchado la radio. Sí, he visto la televisión – qué remedio, estaba en el salón de la casa- pero nunca encendida. A la vuelta me encuentro con que no ha pasado nada que no hubiera pasado si yo hubiera estado. La fecha que me parecía tan difícil de fijar ahora se demuestra que no era tan complicado ponerla en estos momentos: podría haber estado fuera otros cinco días sin que fuese necesario o urgente mi presencia porque el mundo no hubiera cambiado si yo hubiera estado sentado en el despacho parroquial. Somos tan “necesarios” como el templo de Salomón, “un sitio donde vivas para siempre” y del que unos años después no queda piedra sobre piedra. Sin embargo para cada uno de nosotros sí es necesario el Señor, nosotros somos su verdadero templo pues la segunda persona de la Santísima Trinidad quiso hacerse hombre y por esto Jesús no se cansa de atender a todos “en la aldea o pueblo o caserío donde llegaba” pues él mantiene en pie nuestra vida. Si no pasas la I.T.E. (Inspección Técnica de Edificios) de tu alma empezarás a resquebrajarte, aparecerá una pequeña grieta, una piedrecilla que se desprende, una tubería que se atasca y tu vida que es “templo del Espíritu Santo” acabará como el templo de Salomón, no quedará piedra sobre piedra.
A lo mejor (a lo peor) un día te levantas y encuentras que tu vida no tiene sentido y no descubres a Jesucristo en tu interior (no es un caso raro, conozco a muchos) y te preguntarás “¿Por qué?, si he gastado mi vida trabajando…”, pero has trabajado para ti- aunque sea en nombre de Dios-, y no has estado donde tenías que estar, no has bebido donde tenías que beber, te has cansado mucho pero en balde.
María no dejará que eso ocurra. Trátala de cerca y verás que te indica dónde está la mansión del Señor. ¿Vas a dejar este año también el irte de retiro para mejor ocasión?

REMA MAR ADENTRO

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Isaías 6, 1-2a. 3-8; Sal 137, 1-2a. 2bc-3. 4-5. 7c-8 ; Corintios 15, 1-11; San Lucas 5, 1 -11

Cuando terminó el gran Jubileo del año 2000 el Santo Padre el Papa quiso regalar a la Iglesia y al mundo un documento que fuera como un punto de partida. Muchos podrían haber pensado que después de todo el esfuerzo por festejar esos dos milenios ya se había agotado toda la pólvora en salvas. Y no. Después de 2000 años de cristianismo la Iglesia es eternamente joven y se presenta libre de arrugas ante el mundo, dispuesta a mostrarle el verdadero rostro del hombre. Era un documento lleno de un optimismo sobrenatural, y cargado de una esperanza firme lejos de todo toque ilusorio. Tertio millenio ineunte. Al comienzo del tercer milenio. ¿Qué es lo que ha hecho el Papa en estos 25 años de pontificado sino esto: devolverle a la Iglesia, al hombre, al mundo el verdadero rostro en quien mirarse: Cristo? Y eso encaminándola con paso firme a este tercer milenio donde Cristo ha de tener cada vez más voz propia.
Al comienzo del tercer milenio, según algunos la modernidad habría dado ya el toque de gracia a todo lo que sonase a retrógrado, oscurantista, pasado, y todo tipo de etcéteras. El hombre liberado y sin ataduras era el que parecía presentarse como vencedor. Sin embargo, el Papa, un hombre ya anciano, proponía de nuevo algo que ya propuso Cristo, aquella tarde inmensa con una multitud deseosa de llenarse de sentido: “rema mar adentro”. La Iglesia ahora, como Cristo con sus apóstoles, tiene que remar mar adentro, no es bueno quedarse a la orilla, no estamos para pasear por la playa viendo el horizonte estallar de luz frente a nosotros, y quedarnos encogidos de hombros. Hay que mojarse, y para eso hay que remar. Lo que ha hecho siempre la Iglesia, navegar en las procelosas aguas del mundo para vivir y hacer vivir.
Los hijos de la Iglesia tenemos esa honrosa preocupación: no podemos quedarnos como encogidos ante los retos que se presentan en nuestro mundo. Hemos de aceptarlos y no tener miedo a mojarnos “hasta las cachas”, remando mar adentro. ¿Acaso podemos contemplar las cosas que no van resignadamente y decir que es una pena, y ya está? ¿Hemos de hacer de coros de aquellos que llevan la voz cantante porque en un determinado momento han subido al estrado e intentan por ello imponer su “sinfonía”? ¿Hay que aplaudir sin más lo que dice todo el mundo, sencillamente porque lo dice todo el mundo y no vamos nosotros a desentonar…?
La Iglesia tiene sobre sus hombros ese encargo importante de ser la conciencia de nuestra sociedad, y no puede hacer dejación de ello, por distintas razones: porque obedece a un encargo de Cristo, porque hace un servicio al hombre y, entre otras muchas más, porque le asiste la libertad de plantear las cosas según su criterio. Para ello se sabe apartar de la orilla, para objetivamente ver las cosas, y luego remar mar adentro.
En aquella ocasión se trataba (como ahora) de pescar. Y no se trata tanto de acomodarse a lo que a uno puede, sin más, sino a lo que uno está llamado a dar, con Dios. Si el Señor le hubiera hecho caso a los planteamientos humanos de Pedro aquella noche no hubieran tenido la alegría de llenar la barca. Si la Iglesia no tuviera la audacia de proponer ese espejo en el que ha de mirarse el hombre: Cristo, dejaría a la propia humanidad herida de muerte, en su condición más precaria.
Estamos demasiado acostumbrados a lo facilón, a las inercias que nos imponen, a golpe de moda, de modernidad, de lo políticamente correcto. Y la obediencia en Cristo, parece que termina escociendo. ¿Tiene la Iglesia que callar y hacer dejación de ese construir humanidad? Muchos, incluso de otras barcas están deseosos de echar una mano, porque es una empresa que, a la larga, beneficia no sólo a los del “gremio”, sino a todo hombre. ¿Por qué no nos daremos cuenta?
Pídele a Nuestra Madre la Virgen que te dé un amor inmenso a la Iglesia, que sepamos sentirnos contentos en esa barca que navega por el mundo para llevar a muchos, a los más que pueda, a puerto seguro.

CUANDO DIOS NOS INVITA A PEDIR

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Reyes 3, 4-13; Sal 118, 9. 10. 11. 12. 13. 14; San Marcos 6, 30-34

Ayer era el rey Herodes el que invitaba a Salomé a pedirle lo que quisiera después de bailar ante él. Ahora, sin embargo, es el Señor el que dice a Salomón: “Pídeme lo que quieras”… ¿Cómo pedir a Dios lo que necesitamos? Quizás no se trate de “la pregunta del millón”, pero sí algo que tiene que ver con las cosas que valoramos, y de qué manera contamos con Dios a la hora de tomar decisiones.

Salomón lo tenía aparentemente todo: poder, fama, riquezas, vasallos, etc. Tú y yo podríamos murmurar: “¡ojalá tuviéramos lo mismo, y entonces no nos importaría pedir otras cosas!”. Sin embargo, el nuevo rey de Israel no es que pida “otra cosa”, sino que suplica a Dios le conceda la sabiduría del discernimiento. Por otro lado, si nos fijamos con atención, son pocos los que, en nuestros respectivos ambientes, ponen la preocupación en “lo que son”, más bien son capaces de dar hasta la propia vida por “lo que tienen”. Porque, no es que exista una distinción sutil, es que no tiene nada que ver el “ser” con el “tener”.

A veces podemos imaginarnos el Cielo como una especie de “Supermercado” en donde es posible obtener de todo (materialmente hablando), y en el que Dios, dependiendo de lo bien que nos hemos portado, nos concede esto o lo otro. Incluso, en ocasiones, somos capaces de decir: “Dios mío, si me das esto que te pido, te prometo que haré un sacrificio extraordinario” (donde pone “sacrificio extraordinario”, cada uno ponga lo más extravagante que crea oportuno). Sin embargo, Dios no necesita nunca (como ya se decía en algún comentario anterior), que hagamos nada por Él, sino que siempre espera a que le pidamos lo que realmente nos conviene para ser “lo que somos”: hijos Suyos.

Cuando Ángel (que, si Dios quiere, se casará hoy), me comentaba que durante tiempo había pedido al Señor le pusiera ante sí a la mujer de su vida, seguro que en lo que pensaba era en lo feliz que sería con alguien que compartiera su vida, que pudieran tener hijos, formar una familia, etc. Todo razonablemente legítimo. Pero lo curioso, y esto también me lo comentaba el propio Ángel, es que conforme fue conociendo más a su novia, y se acercaba el día de la boda, ya no le preocupaba tanto lo bueno que ganaría con ella, sino cómo podría hacerla verdaderamente feliz. Ya no pensaba en “tener para sí”, sino en “ser para ella”. Lo que empieza a ser maravillosamente sobrenatural.

Éste es el cambio. Y esto es lo que también observamos en la vida de Jesús. El Evangelio de hoy nos dice que después de una jornada agotadora, el Señor se dispone a descansar con sus discípulos, pero: “Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma”. Resulta fascinante observar, sobre todo en la vida de muchos santos, que cuánto más pendientes están de los demás, menos problemas personales tienen.

Yo, sin embargo, hoy sí le pediré al Señor dos cosas muy concretas. En primer lugar, que Ángel y Mar sean muy felices, y que su amor sea un referente para todos nosotros. En segundo lugar, que me enseñe de esa calma con la que se dispuso a enseñar a los que le escuchaban… Él ya sabe a lo que me refiero.

¡PÍDEME LO QUE QUIERAS!

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Eclesiástico 47, 2-13; Sal 17, 31. 47 y 50. 51 ; San Marcos 6, 14-29

Hace unos días la Conferencia Episcopal Española ha presentado el “Directorio de Pastoral Familiar”. Se trata de un documento valiente que analiza los problemas de fondo de nuestra sociedad (el olvido de Dios, la supuesta superación del cristianismo, la falta de valores trascendentes, el relativismo moral, etc.). En él se denuncia el profundo “reduccionismo” del significado de la sexualidad, donde el cuerpo humano queda sometido a la mera biología, contraponiéndolo a la idea cristiana de la unidad personal de cuerpo y alma. En definitiva, la constatación de que la visión utilitarista del ser humano conduce a un debilitamiento social del matrimonio y la familia.

Pues bien, de inmediato han empezado a saltar las voces en los medios de comunicación denunciando, no sólo el pesimismo que late en dicho documento, sino la injerencia de la Iglesia en el ámbito de lo privado. Sin embargo, lo primero que habría que destacar es que trata de un texto dirigido a los católicos; textualmente: “para poder ofrecer a la Iglesia en España un cauce unitario de directrices para la configuración de la pastoral familiar”. El esquema del Directorio sería el siguiente: “Después de situar la urgencia de la pastoral familiar en nuestro contexto socio-cultural (Introducción), se presenta el matrimonio y la familia a la luz del plan de Dios (capítulo I), se analizan las etapas y el sentido de la preparación al matrimonio (capítulo II), que finalizan en la celebración del sacramento (capítulo III). Es entonces cuando se ha constituido una nueva familia y se considera el modo de vida cristiano que esto supone (capítulo IV), teniendo en cuenta los problemas planteados por algunas situaciones especiales (capítulo V). A continuación se presenta la participación y la misión de la familia en la sociedad y en la Iglesia (capítulo VI); y, por último, se trata de las estructuras y responsables de la pastoral matrimonial y familiar (capítulo VII)”.

En segundo lugar, para aquellos que se quejan de que la Iglesia asume un papel que no le corresponde, habría que señalar que si hay algo que le debe la sociedad europea al cristianismo, en cuanto a valores se refiere, es precisamente su activo humanista y cultural, algo que muchos no sólo piensan está superado, sino que niegan desde su raíz. Ésta es la gran mentira de nuestra sociedad, que apela a una autodeterminación que en absoluto le corresponde, cuando en verdad el único garante de lo que le corresponde al ser humano se encuentra en el cristianismo. Precisamente, aquellos que muestran su más encarnizado odio y recelo hacia la Iglesia, son aquellos que viven en la moral consensuada y en el interés puramente político, donde el hombre es manipulado hacia fines ideológicos, aunque ello comporte, en ocasiones, su propia destrucción, como es el ejemplo de la familia.

¿Y el comentario de hoy?… “El rey se puso muy triste; pero, por el juramento y los convidados, no quiso desairarla” (El baile de Salomé y todo lo que trajo consigo). Uno de los dramas por el que podemos pasar los cristianos es dejarnos invadir por los “respetos humanos”. Ejemplos los tenemos a cientos. Cada uno revísese y haga examen. Pero… ¡cuánto nos cuesta el quedar mal ante otros, y lo que puedan pensar de nosotros!

“¡Pídeme lo que quieras!”, dijo el rey Herodes a la hija de Herodías, y he aquí que bien valió dicha promesa la cabeza de un hombre justo. Quizás también nos embelesen a nosotros otros “bailes” (con velos o sin ellos), pero lo que sí es seguro es que, cuando Dios desaparece de nuestra vida, siempre nos toca “bailar con la más fea”. Para mi la Iglesia, además de Madre, es la más guapa.

NUESTRA RELACIÓN CON DIOS

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Libro de los Reyes 2, 1-4. 10-12; l Cro 29, 10. 1lab. 11d-12a. 12bcd ; San Marcos 6, 7-13

“¡Ánimo, sé un hombre!”. En el libro de los Reyes cuando David anima a su hijo a que sea un hombre, se ve que lo que quiere decir va más allá de un mero comportamiento humano. Se trata de una verdadera llamada de atención de lo que comporta una sincera relación del hombre con Dios.

Así pues, recordemos, una vez más, lo que el rey David recomienda a su hijo para discernir su propia vocación: “Guarda las consignas del Señor, tu Dios, caminando por sus sendas, guardando sus preceptos, mandatos, decretos y normas”. ¿Puede existir algo más natural y auténtico que esto?

CUANDO LOS NÚMEROS NO SON CUESTIÓN DE PITÁGORAS

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Samuel 24, 2. 9-17; Sal 31, 1-2. 5. 6. 7 ; San Marcos 6, 1-6

Hoy en día estamos tan acostumbrados a las estadísticas y a los sondeos de opinión que todo lo que sean números suele ser un referente importante para tomar decisiones. Así, por ejemplo, son esenciales los estudios de audiencia, tanto en la televisión como en otros medios de comunicación, para garantizar que los ingresos publicitarios hagan rentable la empresa mediática. Otro ejemplo es el estudio (sea oficial u “oficioso”) que los partidos políticos piden para valorar sus índices de voto; aunque, curiosamente, todos salen beneficiados de sus resultados.

Parece ser, sin embargo, que en el Antiguo Testamento eran de otra opinión. Tal y como nos relata hoy el segundo libro de Samuel estaba muy “mal visto” a los ojos de Dios eso de hacer números y censos poblacionales. Era una muestra de soberbia y orgullo el presumir ante todos de la cantidad de gente que uno tenía, y que consideraba como suya, cuando en realidad el único poseedor del orden creado era Dios… Esa fue la tentación que le llegó a David. ¡Y vaya la que le cayó al pobre rey de Israel! A pesar de todo, nos admira su espíritu de compunción y arrepentimiento, pues fue capaz de acusarse como único responsable de lo ocurrido, y reconoció que el castigo no lo debían sufrir otros, sino él mismo.

¿Seremos capaces de encontrar semejante rectitud de intención entre nuestros contemporáneos? Pero, ¡ojo!, no se trata de echar las culpas al político de turno o al comentarista del telediario de la noche. Más bien, hemos de empezar hacer nuestro propio examen personal, y cara a Dios decir a una sola voz con David: “Soy yo el que ha pecado! ¡Soy yo el culpable!”. Y más allá de cualquier sentimiento falso de culpabilidad se trata de asumir nuestra verdadera condición: hijos de Dios, pero hijos que necesitan del cuidado paternal de Dios. Así, de la misma manera que un padre, amorosamente pero con diligencia, impide que el “mocoso” de cuatro años meta los dedos en el enchufe de la corriente eléctrica, la providencia divina actúa en nuestra vida mucho más de lo que podemos imaginar (ese disgusto nada más levantarte porque no ha sonado el despertador -o eso has pensado-; el coche puesto en doble fila y que no te deja salir a ti; el vecino al que has saludado por tercera vez y ni siquiera te ha dirigido la mirada…). ¡Sí!, Dios nos habla mucho más de lo que sospechamos.

Ayer mi amigo Miguel me ha dicho que está “cabreado” con Dios. Y se ha puesto a “hacer números”. Ha empezado a relatarme todo lo que ha hecho por Dios y por los demás, y lo poco que ha recibido a cambio. Intenté razonarle con sus mismos argumentos; pero todo resultaba inútil. Incluso llegué a decirle que Dios no espera nada de nosotros, que todo lo que tenemos lo hemos recibido gratis de Él. Pero Miguel seguía hablando con números y cantidades. Ése es el problema; pero no sólo de mi amigo, sino de cada uno de nosotros. De alguna manera seguimos razonando a lo “pitagórico”, como nuestro buen rey David (aunque aún no hubiera nacido el célebre pensador griego). Lo nuestro parece que son los resultados. Sin embargo, los esquemas de Dios son otros muy distintos.

¿Por qué no ves que Dios haga algún milagro en tu vida?… Recuerda el Evangelio de hoy: “No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe”. Así pues, los números en Dios no se encierran en teoremas, sino que se incrementan por la confianza puesta en Él, y la carga de amor que pongamos en cada una de nuestras acciones.

¡QUE NO ME TOQUEN!

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Samuel 18,9-10. 14b. 24-25a. 30-19,3; Sal 85, 1-2. 3-4. 5-6 ; San Marcos 5, 21-43

“Inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy un pobre desamparado”. Acudir a Dios en todo momento es tan necesario como el respirar. ¡Qué importante sería dar un sentido divino a las cosas más normales, o esas otras que nos contrarían cada jornada! El mero hecho de levantarnos por la mañana, o cuando nos importuna el vecino de arriba, o ese esperar la cola del autobús, o el conductor que ha hecho una maniobra que nos exaspera… ¡Pues sí!, todos esos son instantes en los que cabe Dios. Y es que cuando el salmista apela a la atención de Dios, nos está recordando que por mucho que hagamos o valgamos, nada podremos hacer verdaderamente bueno si no es contando con que somos hijos de Dios… “pobres desamparados”, y que necesitan la ayuda de Aquél que lo puede todo. No se trata de falsas humildades, sino del reconocimiento de lo que somos.

“¿Quién me ha tocado?”. Cuántas veces en el metro o en el autobús, por la mañana temprano, y de camino al trabajo o a la escuela, vamos apretujados… y cada uno a lo suyo. Unos leyendo un libro o el periódico, otros con los ojos aún cargados de sueño, y la mayoría con la mirada perdida en sus preocupaciones o en su imaginación. A veces, una parada brusca o una curva cerrada, nos hace perder el equilibrio y molestamos (o nos molestan) al que tenemos al lado. A pesar del correspondiente “perdón” o “disculpe”, a uno en su interior se le escapa: “¡que no me toquen! Somos tan “nuestros” que hay momentos o situaciones que nos fastidian de manera especial. La susceptibilidad que hemos adquirido parece que nos la ganamos a pulso. Sin embargo, nos es algo que podamos llamar, precisamente evangélico. No nos imaginamos al Señor, por ejemplo, con esos remilgos hacia su persona, más bien lo contrario: Él sabe “sintonizar” con el dolor, el sufrimiento o la necesidad de quien tiene junto a sí.

Resulta maravilloso observar, por otra parte, con qué naturalidad responden los discípulos de Jesús a la pregunta de quién le ha tocado. Incluso, podríamos imaginarnos a Pedro buscando al responsable de semejante atropello contra el Señor. Sin embargo, ¡no se enteran! No han adquirido aún la sensibilidad de lo que supone poseer la gracia de Dios “a flor de piel”. Es necesario recordar que, a pesar de nuestra pobreza, y que necesitamos constantemente de la ayuda de Dios, poseemos un tesoro maravilloso: su Gracia. ¡Sí!, en mayúsculas porque es un regalo verdadero que procede de Él. Podríamos reírnos de la conocida frase “que la fuerza te acompañe” de la Guerra de las Galaxias, si alcanzáramos a comprender el poder de la gracia de Dios… aunque sólo fuera con la fe de un grano de mostaza.

“No temas; basta que tengas fe”. Éste es el secreto. Pero la fe no se adquiere ni en los libros, ni en las revistas, ni en las recetas. Viene por otro camino. Aquí sí que es preciso gritar: “¡Que me toquen!”; que la gracia de Dios inunde todos los poros de mi ser y “toque” las durezas que entorpecen mi corazón.

Yo se lo pido a Dios todos los días. Es la mejor manera de llegar a Él. Ya verás cómo en algún momento tendrás la posibilidad, aunque sólo sea rozándolo, de tocar el manto de Jesús (una sonrisa a tiempo, un no protestar ante lo ingrato, un callar ante la crítica injusta,…). Entonces sentirás la fuerza de Dios, y aunque los demás se rían sentirás la caricia de Dios que, volviéndote a tocar, te dirá: “¡ánimo, levántate!”.

A LA HORA DEL SUFRIMIENTO

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Malaquías 3, 1-4; Sal 23, 7. 8. 9. 10 ; Hebreos 2, 14-18; San Lucas 2, 22-32

“Como él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella”. Uno de los dramas más grandes de la humanidad es el del sufrimiento. Se trata de un misterio al que se ha intentado dar respuesta de mil maneras a lo largo de los siglos. Nos interrogamos acerca de aquellos que, sin merecerlo, sufren persecución, hambre, injusticia, dolor… o muerte. Incluso, en ocasiones, somos capaces de preguntarnos cómo puede Dios permitir semejantes situaciones. Sin embargo, no hace falta que indaguemos mucho en la vida de Jesús para descubrir que si alguien verdaderamente sufrió fue Él. Entonces, ¿cómo Dios permitió que trataran a su Hijo de semejante manera?

Casi todas las mañanas suelo desayunar en la misma cafetería; y casi todos esos días se acerca una mujer mayor a pedir una limosna. Se aproxima con su viejo cazo de hojalata en el que hay algunas pequeñas monedas, y con la mano temblorosa da las gracias cuando mi amigo Paco le ofrece unos céntimos. Sientes en tu interior una sensación de impotencia, y a la vez no desearías que se te acercara, sobre todo cuando sorbes el café caliente o muerdes la barra de pan con tomate y aceite… Pero también está Mario, un joven delincuente que ha estado varias veces en la cárcel, y que ahora se pasea por nuestra plaza: “¡Hola Padre, hoy me toca!”; y le das el euro correspondiente, o bien, “hoy no llevo, mañana te daré”. Estas escenas se repiten constantemente, y uno se pregunta: ¿qué puedo hacer?, ¿no se lo habrán merecido?, o murmullas un “¡que me dejen en paz!

Es importante ver al Señor y observar de qué manera atendía a todos aquellos que acudían a Él. Es evidente que hizo muchos milagros, curó enfermedades y dio de comer a miles de personas en la multiplicación de los panes y de los peces. Pero, ¿fueron curados todos los hombres?, ¿desapareció el problema del hambre en la tierra?… Más bien, Jesús recordó a sus discípulos que “pobres” los habría siempre. Y el primer ejemplo fue Él mismo: fue considerado como un criminal, sufrió cuarenta azotes menos uno, y murió crucificado de forma ignominiosa.

“Porque mis ojos han visto a tu Salvador”. Jesús recordará a sus discípulos, una vez hubo resucitado, que era necesario que ocurriese todo eso, y que quizás ahora no lo entenderían, pero llegaría el momento de saberlo. ¿Tú y yo lo hemos comprendido?… ¿Somos capaces de entender la provisionalidad de todo lo que poseemos?

A la hora del sufrimiento nos evitaremos multitud de problemas cuando seamos capaces de aceptar la invitación del Señor: “Venid a mi los que estáis cansados y agobiados”. No existe otro camino. Así pues, tanto en el dolor ajeno como en el personal la única medida es Cristo: ¡Él ha pasado por ello antes que nosotros!; ¡Él ha asumido nuestra condición hasta dar la vida por ti y por mí!

… Y mañana, cuando Paco vuelva a darle una moneda a esa pobre anciana, o me encuentre una vez más con Mario, sabré que además del sufrimiento humano existe un silencio divino que grita a través de esos rostros: ¡almas!, ¡almas!; Dios tiene sed de almas.

LAS PALABRAS SE GASTAN

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Jeremías 1, 4-5. 17-19; Sal 70, 1-2. 3-4a. 5-6ab. l5ab y 17 ; Corintios 12, 31-13, 13; San Lucas 4, 21-30

Mientras escribo este comentario una pareja está contrayendo matrimonio en la parroquia. No se si leerán la segunda lectura de este domingo pues la ceremonia es en polaco y, aunque sea sacerdote, no me entero “de la Misa la mitad”. Sea en polaco, en perfecto castellano o en latín clásico, no es sencillo comprender la profundidad de la carta de San Pablo a los Corintios; la palabra amor se usa tanto y tan mal que parece que pierde su sentido, su profundidad, su hondura, es como si por tan repetida se gastase. El amor del que habla el apóstol es el Amor (con mayúsculas) que tiene su medida en el Amor de Cristo que es el amor sin medida.
Las palabras se gastan de usarlas demasiado, el usar palabras con demasiada frecuencia y para excesivas cosas, hace que las perdamos el respeto, el cariño y al final pierdan el sentido, es como el chaval de mi parroquia que para casi todo dice “guay” (que ya lo admite el diccionario) y al final no sabes si cuando te dice “guay” está diciendo estupendo, de cuerdo, fenomenal o simplemente paso. Los habitantes de Cafarnaún también gastaron el nombre de Jesús, le conocían demasiado, le habían visto crecer, habrían jugado con él, le encargarían cosas para el taller de José y, por eso mismo, querían algo espectacular, algo que se saliese de lo normal, le escuchaban atentamente pero esperando que les diese la razón, que se “luciese” especialmente en su pueblo y cuando les niega el espectáculo se sienten defraudados, enfadados y querían despeñarlo por un barranco (en aquél entonces no se andaban con remilgos).
A veces nos puede pasar algo parecido, tenemos el nombre de Jesús muchísimas veces en los labios, usamos el nombre de Dios continuamente y se nos hace tan familiar que, al final, esperamos algo espectacular de él y pasamos por alto el amor continuo de Dios por nosotros. “Antes de formarte en el vientre te escogí, antes de que salieras del seno materno te consagré”, ¡que amor tan grande el de Dios!, desde siempre te ha escogido como hijo, cada día puedes hablar con Él en tu oración personal, puedes recibirlo en la Eucaristía, leer su palabra que se dirige a ti especialmente y sentir la ternura de su perdón en el sacramento de la reconciliación. ¿Qué mas espectacular que ese amor diario de Dios?, si esperas “otras cosas” de Dios te sentirás decepcionado o lo relegarás a un puesto muy secundario en tu vida.
Hoy, domingo, dedícale el tiempo que Él se merece. Trátale como le trataría su madre, nuestra madre, María, con ese amor agradecido que jamás pasa, que disfruta de estar junto al amado, con el que no hay tiempo, ni prisas, ni se espera que haga nada más especial que quererte. Repítetelo hoy y siempre; Sé que Dios me quiere, sé que él es el Amor y que me llama a amar, y entonces descubrirás lo espectacular que Dios hace en cada instante en tu vida.

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