LOS AZULEJOS Y “LAS MENINAS”

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San Juan 4, 7-10; Sal 71, 1-2. 3-4ab. 7-8; San Marcos 6, 34-44

Uno de los grandes peligros de la vida es el acostumbramiento, la rutina. Si un bedel del Museo del Prado, a fuerza de pasear delante de las Meninas acaba viéndolo como el azulejo de su cuarto de baño, es evidente que no es por demérito de Velázquez, sino más bien por falta de sensibilidad del ujier, que ha terminado insensibilizándose ante lo sublime que le acompaña diariamente.

Lo normal, lo de todos los días, eso que se cruza en nuestro camino casi sin darnos cuenta, no tiene por qué ser siempre lo vulgar. A veces también lo cotidiano, puede estar tocado de algo maravilloso, aunque la grandeza está, por descontado, en saber descubrirlo. Todo un reto: afinar en la distinción.

“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó”. ¿Por qué será que cuando escuchamos estas palabras, es como si abriéramos el paraguas? Todo muy bonito pero casi insustancial: ya ves tú, hablar del amor a estas alturas. Lo de siempre, lo que, a base de manido, casi llega a cansarnos.

Igual es que nos hemos acabado acostumbrando a que Dios nos quiera y nos parece que es algo normal. Como el cuadro de las Meninas que está allí porque tiene que estar, a ver si no. Como el sol que sale todos los días, porque si no ya ve usted qué lío se armaría. Y sin embargo, Dios nos quiere y eso ha transformado el mundo. Hasta tal punto que sólo hace falta que nos demos cuenta y que, dándonos cuenta, miremos las Meninas de forma distinta al azulejo del cuarto de baño.

Y ahí estamos, metiendo la rutina en las cosas de Dios. ¿Por qué? Pues por eso, porque son las cosas de Dios, que ya sabemos: que Dios es bueno, que Dios nos quiere, que esto y que lo otro. Y mientras tanto Dios ¿qué? Pues queriéndonos de verdad, a pesar de nuestras tonterías, y haciendo que esa “normalidad rutinaria” sea una maravillosa esplendidez.

Mira la forma sencilla con que nos presenta el Evangelio esa “rutina de Dios”: “Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor”. ¿Tú de verdad te imaginas a Jesús diciendo para sus adentros: “hoy toca milagro”? Ya se ve que no. Dios hecho hombre se vale de la normalidad de una mirada, una mirada que va más allá, que se da cuenta de algo tan sencillo como la necesidad de llenar el estómago, como también hay que llenar el alma. Y hace, con normalidad una cosa y la otra. Porque ama. Dios conoce cada una de nuestras necesidades, sabe cuáles son nuestros defectos y cualidades, nuestro gran defecto es que nos empeñamos en mirar “con nuestra mirada” de rutina, lo que Dios, si le dejáramos podría convertir en sublime.

DÍSELO CON FLORES

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San Juan 3, 22-4, 6; Sal 2, 7-8. 10-12a ; San Mateo 4, 12-17. 23-25

“Cuanto pidamos lo recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada “. Si hemos estado atentos a las lecturas de estos días de Navidad, no deja de resultar curioso, al hilo de las cartas del apóstol San Juan, cómo se nos insiste, casi machaconamente, en que nos fiemos de Jesús. La existencia del maligno es algo cierto, pero podemos vencerle “fácilmente” si somos fieles. Y lo pongo entre comillas, porque esa facilidad no depende de ninguna varita mágica, sino de nuestra predisposición interior a que el Espíritu Santo, verdaderamente, actúe. Por tanto, esa eficacia tampoco se subordina a nuestro estado de ánimo, ni siquiera a que gocemos de buena salud. En este orden de cosas, un rato de oración, hacer eso que quizá nadie vea con rectitud de intención, o sencillamente una sonrisa a tiempo (situaciones en las que, en muchas ocasiones, actuamos a “contrapelo”, es decir, sin gana ninguna), son un claro síntoma de que hacemos lo que agrada a Dios.

“Queridos: no os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo”. Mi amigo Juan me comentaba el otro día el singular brindis de Nochevieja. Reunidos en familia (son ocho hermanos con sus respectivas mujeres e hijos), y llegado el momento de levantar las copas por el año nuevo, Juan alzó la suya diciendo: “Quiero que brindemos, no por algo que dejamos en manos de Dios, sino por aquello que espera Él de nosotros: que vivamos en amor”. Comentaba mi amigo que el silencio se apoderó de todos, y no sabían cómo salir de la situación; sobre todo, cuando antes se habían producido otros brindis en un tono muy distinto. La palabra “amor” en ese contexto especial de una reunión familiar adquirió una connotación singular: el que las cosas cambien en el mundo depende, muy en primer lugar, de cuál sea nuestra aptitud personal ante ellas… lo demás ya lo ha hecho Cristo por nosotros.

“Quien conoce a Dios nos escucha, quien no es de Dios no nos escucha. En esto conocemos el espíritu de la verdad y el espíritu del error”. No tengamos, por tanto, miedo a decir las cosas como son. Siempre, por supuesto, contando con la prudencia y el tacto necesario en nuestras relaciones personales; pero lo esencial nunca puede callarse, empezando con nuestro propio ejemplo. A lo mejor no será lo más aplaudido, ni lo que más apetezca oír, pero hemos de tener la absoluta certeza de que, a pesar de lo criticados que seamos por nuestras convicciones, siempre nos tendrán como amigos de la verdad, y que la mentira poco puede hacer en nuestros juicios y valoraciones.

“Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”. Es un error pensar que ese espíritu de conversión al que nos anima la Iglesia lo releguemos para el Adviento o la Cuaresma. Cada día, que nos trae un nuevo afán, ha de tener también nuestra propia aportación, que ha de empezar con el pequeño propósito de cambiar, y ha de culminar con un verdadero espíritu de agradecimiento a todo lo que Dios nos concede… O, como dice mi amigo Juan, “cada mañana me pregunto seriamente qué puedo hacer hoy para que sea un día grande”. Curiosamente, cuando se trata de pequeños detalles (como el llevar una flor a su mujer, o rezar juntos durante unos minutos, aunque no sea el aniversario de nada), todo resulta agradablemente especial. Y es que Dios trata muy bien a sus amigos.

EL SEÑOR DE LAS BARBAS

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Isaías 60, 1-6; Sal 71, 1-2. 7-8. 10-11. 12-13 ; Efesios 3, 2-3a. 5-6; San Mateo 2, 1-12

“Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti”. Hace poco, mis padres me enseñaron una fotografía, de hace ya unos cuantos años, en la que aparezco junto a un rey mago, con larga barba blanca (el rey), y con un sobre en la mano (yo). Allí estoy, con poco más de cuatro años, el rostro lleno de lágrimas y cara de pocos amigos. Me contaba mi madre que nunca más pudieron llevarme a entregar la carta de los reyes magos porque me ponía furioso y no quería saber nada del “señor de las barbas”. Pero al llegar la noche del día cinco de enero todo eran nervios y expectación. Después de que mi padre dejara los vasos de leche y la bandeja de turrones junto al balcón, nos invitaban a irnos a la cama y esperar la sorpresa del día siguiente. Y, aunque nos prometíamos pillar “in fraganti” a los reyes magos dejando nuestros juguetes, nunca lo conseguíamos y, sin embargo, allí estaba maravillosa la sorpresa al despertarnos…

Esta historieta personal seguro que se asemeja a la de tantos miles de niños que han pasado por lo mismo o algo parecido. No obstante, da la impresión de que, a veces, se ha perdido la ingenuidad de lo que antes se celebraba con otro entusiasmo. Hoy día en vez de “señor de las barbas”, vamos al cine a ver “El Señor de los Anillos” (por cierto, que discrepo acerca de la última entrega, “El retorno del Rey”, y no me parece tan buena, sobre todo el final, o mejor dicho los seis finales de la película), a la vez que Papa Noel hace su hueco en el calendario católico a golpe de reno y “superproducciones” americanas. También nos han complicado la vida con la oferta juguetera, y de la ilusión hemos pasado al capricho por la muñeca más sofisticada, o el último juego de aventuras para la “Gameboy”.

“También los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio”. La Epifanía, o manifestación de Dios a todas las gentes, nos da la oportunidad, cada 6 de enero, de avivar en nuestros corazones el deseo por llevar a todos un único mensaje: “Dios quiere que todos los hombres se salven”. Y, curiosamente, la tradición cristiana se ha servido de la imagen de los “reyes magos” llevando regalos a los niños para que cale en todas las familias lo gratuito del amor de Dios. ¡Qué gran don el saber que hemos sido queridos por lo que somos, no por lo que tenemos!… ¡hijos en el Hijo! Semejante herencia jamás ha sido soñada por nadie en la historia de la humanidad. A pesar de todo, hemos dado por supuestas tantas cosas, que apenas valoramos el gran regalo de Dios.

“Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con Maria, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron”. Aquellos magos de Oriente debieron planear con sumo cuidado y detalle el viaje que emprenderían tras la Estrella. Lo curioso del relato es que no mostraron estupor ante la imagen de una familia que se alojaba dentro de una gruta porque carecía del bienestar más elemental. Todo lo contrario, el evangelista nos dice que “cayendo de rodillas lo adoraron”. Para aquellos que saben buscarla, es evidente que la gloria de Dios es capaz de darse a conocer entre lo más pobre y humilde.

Con todo, como cada año por estas fechas, aún tendré la duda de si el Niño Jesús lloraría al ver al “señor de las barbas”.

UNA COMIDA CON SANTA TERESA Y EL MUNDO. AHÍ ES NADA

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San Juan 3, 11-21; Sal 99, 1-2. 3. 4. 5; San Juan 1, 43-51

“No os sorprenda, hermanos, que el mundo os odie; nosotros hemos pasado de la muerte a la vida: lo sabemos porque amamos a los hermanos”. El otro día estuve comiendo con Alfonso, un compañero sacerdote. Como siempre, hablamos de todo; pero quizás, esta vez nos paramos un poco más en consideraciones hondas. Incluso nos preguntamos por qué tuvo que esperar Santa Teresa de Jesús cerca de cuarenta años para entender lo que era la unión con Dios. Concluimos que, como siempre, la piedra de toque sigue siendo el mundo: da la impresión de existir una predisposición negativa, un odio larvado en el ambiente, que se bate a muerte contra los que buscan sinceramente a Dios. ¡Sí!, es cierto que en todas las épocas han existido sombras y persecuciones, pero tal vez ahora sea más sutil. La sombra de lo “políticamente correcto” se impone como “dogma” irrenunciable, y todo lo que no sea consensuado ideológicamente no interesa y, por eso mismo, es perseguido.

“Queridos, si la conciencia no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios”. Teresa de Ávila suspiraba, ya desde jovencita, por ir al Cielo porque allí sería feliz “para siempre”. Hoy día, cuando hablas de las realidades escatológicas (el cielo, el infierno o el purgatorio), te miran de reojo, como a un bicho raro, y aseguran que estás anclado en la Edad Media. Hemos perdido el gusto por lo sobrenatural, creyendo que aquí, entre las realidades terrenas, encontraremos la piedra filosofal. La fama, el dinero fácil, el poder… asoman sus narices apoderándose del corazón del hombre, e invitándole a que no entre en otro tipo de consideraciones. En definitiva, nos hemos cargado la conciencia del ser humano, sustituyéndola por las “noticias” de la televisión, o la sonrisa de la astróloga de turno, que nos augura un nuevo año de bienes si confiamos en sus “cartas”.

“Has de ver cosas mayores. Y le añadió: Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre”. Una vez más, mis conversaciones con Alfonso terminan en alguna consideración espiritual. Dios puede más, Cristo ha vencido al pecado y la muerte, se trata de tener paciencia y vivir en la confianza del “saber esperar”. Cuando Jesús asegura a Natanael que “verá cosas mayores”, no alude a que va triunfar en el mundo y que la gente reconocerá su valía, siendo adulado por todos. Más bien, y éste es el lenguaje de Dios, hace referencia a lo que tendrá que sufrir por su nombre en el mundo, quizás muriendo mártir, y que la única recompensa la tendrá viviendo de Dios, y viendo a Dios en todo, ya aquí en la tierra y después viviendo de Dios, y viendo a Dios, sin velos, cara a cara, definitivamente en el Cielo. ¿No fue esa misma visión la que tuvo el protomártir San Esteban cuando fue lapidado?

Y todo esto no es pesimismo, ni “¡qué duras son las cosas!”; todo lo contrario: si aprendemos a poner el corazón en Dios, lo que tú hagas, pienses o digas, tendrá un valor muy distinto al que puedas obtener por el reconocimiento de los hombres. ¡Sólo Dios basta! – decía, una vez más, Santa Teresa-, y en esa afirmación gozosa también se encuentran encerrados todos tus afanes humanos: familia, trabajo, amigos, diversión… la única diferencia, es que con Él todas esas cosas pueden hacernos muy felices. Verás cosas mayores.

UN DIOS QUE “ENTRA A SACO”

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Eclesiástico 24, 1-2. 8-12; Sal 147, 12-13. 14-15. 19-20 ; Efesios 1, 3-6. 15-18; San Juan 1, 1-18

“La sabiduría se alaba a si misma, se gloría en medio de su pueblo, abre la boca en la asamblea del Altísimo y se gloría delante de sus Potestades”. Hay lenguajes que pueden resultar sutiles o, más bien, se necesita una sensibilidad especial para captar su hondo significado. Esto nos puede ocurrir al leer la Sagrada Escritura. Por un lado, nos encontramos con esas narraciones históricas que nos hablan de patriarcas, profetas o reyes, y que nos muestran crudamente su lado humano: la falta de confianza de Moisés en Dios cuando sacude la piedra con su vara para obtener agua; la debilidad del rey David al encapricharse con la mujer de uno de sus generales; un par de prostitutas que habrán de pertenecer a la genealogía de Jesús; etc. Todos estos escritos nos ayudan a captar que, detrás de la pobre condición humana, se encuentra la mano misericordiosa de Dios dirigiéndolo todo al plan establecido por Él.

Por otro lado, existen otros textos, como los contenidos en los libros sapienciales, que merecen por nuestra parte otro tipo de atención. Podríamos decir (empleando un término tosco), que Dios “entra a saco” en todas las dimensiones, físicas y psicológicas, del hombre. De esta forma, por ejemplo, la Sabiduría, tal y como se nos presenta en la primera lectura, puede referirse perfectamente al Espíritu Santo, o también al mismo Jesucristo que, como se nos dice en el Evangelio de San Juan, es la Palabra que se hace carne. Lo importante, sin embargo, no es entrar en disquisiciones literarias o de interpretación, sino saber que se trata de la propia Revelación de Dios que, pedagógicamente, se va mostrando en la historia hasta llegar a su plena manifestación en Cristo. Un Dios que “entra a saco”.

“El Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y redunde en alabanza suya”. Lo maravilloso es saber que también nosotros podemos participar de esa misma sabiduría divina. Pero este saber no es, ni mucho menos, el que se nos presenta al modo humano. Aquí no se trata de descubrir al “Pitagorín” de turno y concederle el premio Nobel correspondiente; más bien, se refiere al saber de Dios, y que se les invita a poseer a los sencillos y humildes de corazón. Estoy plenamente convencido de que el más insignificante pastorcillo que acudió al Pesebre por indicación del ángel, posee una sabiduría mayor que el conjunto de investigadores que descubrieron la estructura del ADN. Y es que la sabiduría de este mundo (más aún hoy día) necesita especializarse, estar sometida constantemente al estudio científico y a la constatación de hechos materiales. En cambio, la sabiduría de Dios, que tiene una mayor amplitud de miras, y que trasciende el orden natural, sólo la captan aquellos “pequeños” a los que se refiere Jesús en el Evangelio.

“A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado ha conocer”. He aquí, una vez más, el verdadero conocimiento. En el Antiguo Testamento existían figuras y representaciones, más o menos acertadas, de lo que podía ser Dios. En Jesucristo encontramos, de manera definitiva, el rostro amabilísimo del Padre, que nos da a conocer la esencia misma de Dios: el Amor. No tengamos miedo, por tanto, a alimentarnos demasiado de esta sabiduría… Que tú y yo sepamos, nadie se arrepintió de amar a Dios cuando con un “sí”, auténtico y generoso, le conoció de verdad. ¿No es esa la sabiduría de la Virgen María? De nuevo en ella vemos a todo un Dios que “entra a saco” en un alma y le da la verdadera sabiduría.

NUESTRA CONDICIÓN DE HIJOS

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San Juan 2,29-3,6; Sal 97,1-2ab.3cd-4.5–6; San Juan 1,29-34

“Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!”. Quizás sea ésta la más grande afirmación que se ha podido decir acerca de ti y de mí: ser hijos de Dios. Llegar a comprender en qué consiste semejante filiación sería desentrañar, en definitiva, el por qué Dios se ha hecho carne. Se trata de considerar el Misterio que hemos ido contemplando (¡y tocando!) durante estos días. Lo inaccesible, lo omnipotente, lo eterno e infinito se ha vuelto de nuestra condición… ¡para siempre!

La filiación divina no es un apellido, o un título sin más, se trata de nuestra radical pertenencia a Dios alcanzada en el Bautismo. Un día dimos nuestro sí (o lo dieron nuestros padres en nuestro nombre), para que se estableciera la alianza entre lo divino y lo humano gracias a los méritos de Cristo. Ese día, verdadero nacimiento a la vida de Dios, fuimos encumbrados a lo más alto; quedamos incorporados a una realidad que supera totalmente el orden material. Es más, se nos dieron los instrumentos necesarios para que cualquier situación vivida en el mundo la selláramos con el nombre y la presencia de Cristo. Esa dignidad no significa otra cosa que llevar a cabo la obra creadora de Dios en el mundo… y, ¡tú y yo estamos llamados a realizar semejantes acciones! No importa que a los ojos de otros dichos actos sean más o menos “llamativos”; lo único necesario es que Dios sea testigo del amor que ponemos en ellos.

“Sabéis que él se manifestó para quitar los pecados, y en él no hay pecado. Todo el que permanece en él no peca. Todo el que peca no le ha visto ni conocido”. Nuestra fragilidad nunca será óbice para que, tal y como nos dirá San Pablo, seamos templo del Espíritu Santo. Sólo el pecado es capaz de romper esa armonía querida por Dios: sólo un “non serviam!” (¡no serviré!), puede provocarnos un aislamiento de lo que es esa realidad sobrenatural que, en último término, nos sostiene y alimenta. ¡No te importen tus debilidades y tus fracasos!, ¡nunca digas: “no puedo más”! Cualquier padre comprende que su hijo le necesita a pesar de sus negativas. ¡Cuánto más entenderá Dios que sin Él nada podemos! Nunca nos humille tomar la actitud de aquel hijo pródigo que volvió a la casa del padre después de haber dilapidado su vida, aunque tengamos que volver todos los días, todas las horas, todos los minutos. Lo importante, lo verdaderamente significativo, es saber que somos hijos, y que nuestro Padre nos espera con los brazos abiertos… porque Él sí nos ama.

“Yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios”. San Juan Bautista fue un testigo cualificado de la divinidad de Cristo. Él había sido elegido para ser precursor del Mesías, el heraldo de la Verdad. Tú y yo no estuvimos en el Jordán para ver ese signo prodigioso que revelaría la Misión de Jesús, pero sí podemos manifestar, jornada tras jornada, las maravillas que realiza Dios en nuestras vidas (incluso a pesar nuestro en ocasiones) y en las de los demás. ¿No es éste un motivo que va más allá del agradecimiento?

El beso de “buenos días” que recibas en la frente mañana al levantarte, y que Dios Padre te dará, te hará sentir verdaderamente hijo suyo una vez más… ¡Bendito “endiosamiento” el de los hijos de Dios!

LA VOZ DEL PASTOR

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San Juan 2,22-28; Sal 97, 1-2ab. 2cd-3ab. 3cd-4; San Juan 1, 19-28

“Si permanece en vosotros lo que habéis oído desde el principio, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre; y ésta es la promesa que él mismo nos hizo: la vida eterna”. Los medios de comunicación parecen ejercer una gran influencia en nuestra sociedad actual. Además, uno de los factores que han hecho que el mundo mediático prolifere, y resulte más ágil y rápido, es el uso de las nuevas tecnologías, en especial internet. Sin olvidar los beneficios que se pueden obtener con el uso de estos medios, existe también el peligro de su manipulación, o el empleo interesado y sesgado, que van más allá del mero hecho de informar. Os contaré un ejemplo.

El domingo pasado, fiesta de la Sagrada Familia, el Cardenal Arzobispo de Madrid, D. Antonio María Rouco, pronunció una homilía (que podéis obtener en la siguiente dirección de la página web de la Archidiócesis de Madrid: http://www.archimadrid.es/princi/menu/vozcar/framecar/homilias/2003/28122003.htm ) en la Catedral de la Almudena con motivo de dicha festividad. Es uno de los párrafos de la homilía se lee lo siguiente: “Al pretender equiparar a la familia, nacida y entrañada en el matrimonio indisoluble del varón y la mujer, a uniones de todo tipo, incluso, a las incapaces por naturaleza para tener hijos, se termina por la destrucción institucional sistemática de la célula primera de la sociedad. Las dramáticas consecuencias del rechazo del modelo de Dios no se han hecho esperar. Están a la vista de cualquier observador y conocedor objetivo de lo que está pasando en el momento actual de Europa: sociedades avejentadas, amenazadas por una más que probable quiebra de los sistemas de su seguridad social, crecientemente insensibles a las exigencias de la solidaridad mutua, nacional e internacional, hoscas y sin pulso creador, en las que se multiplica el dolor y sufrimiento de los niños y de los jóvenes por las rupturas de sus padres y la pérdida del insustituible ambiente familiar que se crea y se recrea al calor del hogar paterno”.

Pues bien, los medios de comunicación (radio, televisión, prensa, publicaciones en internet,…), han dado el pábulo suficiente para que colectivos de “parejas de hecho”, no sólo se hayan sentido discriminados, sino que han visto en dichas declaraciones del Cardenal una ofensa directa a sus derechos más fundamentales, como puede ser el que los homosexuales “tengan” hijos.

“Yo soy la voz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor”. Más allá de entrar en un debate acerca de la condición sexual del ser humano, se trata de que los cristianos no perdamos nunca de vista ese camino que, iniciado por Cristo, nos lleva a entender que una de las cosas que nos pueden ayudar a clarificar la verdad es saber estar unidos a nuestros pastores (incluso interviniendo en los medios de comunicación antes aludidos), sobre todo cuando éstos dan la cara por proteger y defender aspectos que son realmente esenciales para nosotros, como puede ser el auténtico sentido de la familia…. Quien tenga oídos para oír, ya sabrá como aplicar estas palabras.

EL AMOR DE UNA MADRE

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Números 6, 22-27; Sal 66, 2-3. 5. 6 y 8 ; Gálatas 4, 4-7; San Lucas 2, 16-21

“Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer”. ¡Qué hermosos son los ojos de una madre!… ¡Sí!, mirar el rostro de una madre es mirarse a uno mismo. No hay nada que podamos esconderle, tú y yo que estuvimos en sus entrañas, nada que explicar, ni nada que dudar. Nada como una simple mirada de una madre que entiende todo… y perdona todo. Cuando estuviste en el lecho del dolor, y ella estuvo velando por tu enfermedad… ¿qué otro remedio necesitabas? Su compañía, su entrega y su calor eran la única medicina que aliviaba tu dolor y tu angustia. ¡Qué gran significado adquiere la palabra amor en el corazón de una madre!… ¡y cuánto me gusta esta fiesta (primer día del año), dedicada a la Madre de Dios, y madre mía… Madre del amor hermoso!

“Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: «¡Abba!Padre”. Aún recuerdo aquel viejo cuento de un hijo desagradecido que, embrujado por el amor de una mujer malvada (y a petición de ésta), arrancó el corazón de su madre para entregárselo en una bandeja a la supuesta amada. Ése joven, corriendo por los caminos, desesperado, tropezó, cayendo herido y maltrecho… Cuenta la leyenda, que desde aquel corazón sangrante de la madre, que había rodado también por tierra, salió una voz: “¡hijo mío, ¿te has hecho daño?!

Si el amor humano de una madre puede contarse hasta estos extremos, ¿cuánto más puede significar el amor de Dios? La respuesta la tenemos en el hermoso regalo que nos ha dado en su Madre, la Virgen María. Son miles las anécdotas e historias que corren a lo largo de la historia, y que nos explican los favores recibidos por mediación de María. Abogada e intercesora nuestra que, desde la eternidad, suplica e implora ante Dios y su Hijo por nuestra salvación. Ella entendió como nadie lo que supone vivir en el servicio a Dios y a sus semejantes (¡es la llena de gracia!). Desde aquel primer “sí”, dado al enviado de Dios en Nazaret, pasando por el detalle de que no faltara vino a aquellos recién casados, hasta permanecer, angustiada y rota de dolor, pero firmemente anclada al pie de la Cruz de su Hijo…¡Cuánto nos ama Dios, y cuánto nos queda por agradecer!

“Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho”. Pero ahora, en este comienzo de año nuevo, aún queremos ver a la Virgen cambiando pañales a su Hijo y acariciando su rostro, a la vez que enjugamos también nuestras lágrimas (por tantas cosas que hemos de cambiar en nuestras vidas) con el borde su manto. ¡Todo ha sido tal y como se nos dijo!… Lo hemos visto y lo hemos oído: A ese Niño que fija su mirada en los hermosos ojos de su Madre, y también las palabras de aliento que salen de los labios de la Virgen y se dirigen a cada uno de nosotros: “¡anda, ve y haz lo que Él te diga!”

HORA DE HACER EXAMEN.

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San Juan 2, 18-21; Sal 95, 1-2. 11-12. 13-14; San Juan 1, 1-18

“Hijos míos, es el momento final”. Estas palabras del apóstol San Juan no aluden precisamente a la llegada del fin de año en la que nos encontramos. El evangelista se refiere, más bien, a un personaje en nada mencionado por nuestra sociedad moderna, que cree superados toda una serie de tabúes y mitos del pasado. Así pues, perdonadme que en este día, lleno de burbujas de champán, turrones y uvas contadas, toque de soslayo la figura del demonio.

“Os he escrito, no porque desconozcáis la verdad, sino porque la conocéis, y porque ninguna mentira viene de la verdad”. Siempre se ha dicho que el diablo es el príncipe de la mentira y el engaño. También los últimos papas nos han recordado que uno de los triunfos del demonio es precisamente hacer pensar que no existe o, lo que es lo mismo, el olvido del sentido del pecado incitado por él. No se trata de ponernos melodramáticos, ni de incurrir en fatalismos; simplemente, se trata de invitarte a que en este día tan significativo del fin de año hagas examen de conciencia. ¡Seamos realistas!… En cualquier empresa, que se digne ser medianamente seria, el concepto de “balance” es algo necesario para situarse al término de un ejercicio económico; es importante comprobar los “pros” y los “contras”, los beneficios y las pérdidas que se han obtenido y, así, reajustarse de cara al próximo curso. Mucho más importante, como podemos suponer, es hacer balance de nuestra alma y, como nos recuerda San Juan, ya que conocemos la verdad, ésta, ayudada por la gracia, ha de ser la medida de nuestras acciones pasadas y el fundamento de las futuras.

“Cantad al Señor, bendecid su nombre, proclamad día tras día su victoria”. Éste es el grito de los que sabemos que Cristo, con su nacimiento, muerte y resurrección, ha vencido al demonio y al pecado. Ésta es, en definitiva, la suerte que corremos los hijos de Dios que, dando el adiós al año que acaba, somos capaces de entonar un “Te Deum” en acción de gracias por los beneficios obtenidos, a la vez que pedimos perdón por nuestras infidelidades pasadas, pero con el firme propósito (aunque sea uno pequeño), de cambiar para el año entrante.

“A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer”. El Niño del Pesebre nos enseña, una vez más, que Dios se nos muestra en lo más humilde y sencillo del corazón del hombre… que la fidelidad nuestra consiste en permanecer, junto a aquellos pobres pastores de Belén, en actitud de contemplación y adoración…, aunque no comprendamos ni entendamos nada. Lo importante es permanecer. ¡He aquí el secreto de la perseverancia!

“La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió”¿Crees acaso que puede hacer algo el demonio frente a tanta debilidad aparente que pueda haber en el Portal de Belén? Ese esplendor no lo puede soportar el que anda en tinieblas. Así pues, estar junto a luz es seguir estando en gracia de Dios que, en definitiva, es lo único que nos importa… ¡Ah!, ¡feliz año 2004!, y que el Niño Dios os bendiga y acompañe siempre.

LA BENDITA NORMALIDAD.

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San Juan 2,12-17; Sal 95, 7-8a. 8b-9. 10 ; San Lucas 2, 36-40

“Os repito, jóvenes, que sois fuertes y que la palabra de Dios permanece en vosotros, y que ya habéis vencido al Maligno”. Más de una vez el Papa ha utilizado estas palabras para espolear las conciencias de los jóvenes y lanzarles un reto, el reto de amor de hacer de Dios el centro de sus vidas. Porque a los jóvenes no hay que adularlos, sino exigirles. Es el reto de ponerles frente a lo que son: fuertes y capaces de amar, y exigirles que estén acordes con esa condición suya.

Juan sabía bastante de esto ¿Cuántos años tendría cuando se cruzó con el Señor? Sería poco más que un adolescente imberbe y quedó deslumbrado. La pasión le desbordaba por dentro. Sentía bullir en sus venas, como todos los jóvenes, las ganas de vivir, un afán noble de abrazarse a los grandes ideales, el entusiasmo por enfrentarse con valentía a las dificultades. El Papa también ha experimentado esa juventud pletórica de entrega, porque “es un joven de 83 años”. Por eso, cuando esas palabras de Juan, han resonado en sus labios lanzándolas a gente que se está abriendo a la vida, se le han iluminado los ojos porque veía en ellos lo mismo: un mundo de posibilidades.

Sin embargo, ¿es ése el “retrato tipo” del joven actual? ¿Se da cuenta la juventud, y los que no son tan jóvenes, de ese mundo abierto que guardan en su interior, se dan cuenta de que son verdaderamente fuertes? ¡Cuántas veces vemos a jóvenes que parecen haber envejecido a destiempo, muchachos que acaban por agotar el elixir de la vida, porque exprimen como un limón todas sus posibilidades sin sacarles su esencia. ¿Qué ha ocurrido? “El que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”. Parece que estas palabras del Señor hubieran perdido fuelle.

¿Te acuerdas del pasaje del Evangelio en que un joven que era rico sale al encuentro con Jesús, porque tiene “afanes de cielo”. ¿Te acuerdas de la respuesta aparentemente anodina del Señor? “Cumple los mandamientos”. “Eso ya lo cumplo desde mi juventud”, dijo satisfecho. Efectivamente se sabía fuerte, sabía sus posibilidades, pero el Señor lo que le va a pedir es algo más grande: que las ponga en marcha. Por eso se acabará dibujando la decepción en el rostro de aquel chaval que era bueno pero al que le costaba admitir que eso que cumplía tenía una coda: hacerlo con todas las consecuencias. La bendita normalidad, que se convierte en reto de amor.

“El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba”. El Niño-Dios quiere someterse a las leyes de los hombres, a la bendita normalidad del crecimiento humano. El domingo pasado considerábamos, en la fiesta de la Sagrada Familia, estas mismas palabras, la fuerza interior que vence al Maligno y que pasa ineludiblemente por hacer que crezca Dios en nosotros. Y eso a través de esa bendita normalidad de hacer lo que hay que hacer. Hay que hablar a los jóvenes de normalidad, y hay que hacerlo desde las familias, y desde el propio ejemplo. Porque la bendita normalidad de lo cotidiano es una aventura apasionante donde se fraguan no ya los héroes, sino los santos. Y hay victorias, que saben a gloria, porque es Dios el que vence en esos afanes nobles, en esas audacias santas, en esas entregas calladas, que son la trama con que se construye la vida.

Mayo 2017
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