LA VERDAD QUE ESCANDALIZA

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Jeremías 26, 1-9; Sal 68, 5. 8-10. 14 ; san Mateo 13, 54-58

“A ver si escuchan y se convierte cada cual de su mala conducta, y me arrepiento del mal que medito hacerles a causa de sus malas acciones”. Jeremías pasa a la acción. Como un guión de una gran película, llega el momento del desenlace. Ya no vemos al profeta quejarse, ni resulta timorato ante “lo que se le viene encima”. Sabe que Dios está con él y, como obediente mensajero, ha de transmitir al rey y los sacerdotes de Judá la denuncia de Yahvé por su falta de fidelidad.

“Y, cuando terminó Jeremías de decir cuanto el Señor le había mandado decir al pueblo, lo agarraron los sacerdotes y los profetas y el pueblo”. Mientras que en el cine las escenas de la película son observadas desde una butaca, la realidad es muy distinta. Este es el problema. Podemos imaginarnos cientos de situaciones distintas, incluso “vivir” ese montaje, creación de nuestra “cabecita loca”, como algo real, pero cuando alguien te dice: “¡Oye!, o estás de nuestro lado, o te largas”, entonces las cosas parecen cambiar. ¡Cuánto nos puede la opinión ajena! Ya sé que puedo ser un poco pesado redundando en estas consideraciones, pero son fundamentales… sobre todo para ti y para mí, que nos decimos cristianos, y que luchamos por ser coherentes.

“Eres reo de muerte. ¿Por qué profetizas en nombre del Señor?”. Alguna vez se nos ha podido pasar por la cabeza: “¿Es que vale la pena dar el pellejo por algo en que nadie cree?”, o, “¿pueden equivocarse tantos, cuando me dicen que eso de tener fe es algo trasnochado y pasado de moda, y que lo que importa es “vivir el momento?”. Si me preguntas qué es lo que nos ayuda a discernir si en algo estamos actuando correctamente o no, te respondería con otras preguntas: ¿Son los demás los que te salvan, o es Dios?, ¿viven coherentemente su fe aquellos que tratan de ayudarte, o proyectan sus frustraciones en ti para que les acompañes en sus fracasos?, ¿se encuentra Dios en esa recomendación por “vivir el momento”?

“¿De dónde saca éste esa sabiduría y esos milagros?”. No es que fueran unos ignorantes los que formulaban esta pregunta acerca de Jesús, sino que no podían soportar la verdad. ¡Sí!, la Verdad escandaliza, porque no se trata de “matar el tiempo”, o de: “ya vendrá otro mañana que nos contará una historia más divertida”. Se trata “simplemente” de comprender que, para vivir con sentido y ser feliz de verdad, hay que tener fe, y vivir en verdad.

“Y no hizo allí muchos milagros, porque les faltaba fe”. Me he encontrado con muchas personas que aseguraban tenerme envidia al observar mi fe. La fe ni se observa, ni se la tiene envidia. O se tiene, o no se tiene. Y para tenerla, como don gratuito que es de Dios, hay que pedirla. Dios la concede a todos que se la piden con confianza y humildad. Decía san Pablo: “Dios quiere que todos los hombres se salven, y lleguen al conocimiento de la verdad”. No está diciendo “los más guapos”, “los más altos”, o “los más listos”. Cuando hace alusión a “todos”, se refiere a todos sin excepción, empezando por ti y por mí. Tener fe es saber que la verdad está en Dios, y no en nosotros. Tener fe es descubrir que la humildad no es vivir en el apocamiento, sino en la valentía de abandonarnos definitivamente en Dios. Tener fe no es vivir sin pecados, sino de limpiarlos con el agua de la misericordia de Dios. Tener fe es remover las montañas de la mentira, y asentar nuestro entendimiento y nuestra voluntad en la única e irrepetible Verdad: Cristo.

“¿No es su madre María”. Sí que lo es. Además, es también nuestra madre. Todo lo anteriormente dicho acerca de la fe le corresponde, de una manera preeminente, a la Virgen. ¿Se siente por ello más importante que las demás criaturas? Si miras los ojos de la Virgen descubrirás por qué Dios se fijo en la humillación de su esclava. Ella nunca tuvo vergüenza de confesar su fe, y aún menos a los pies de la Cruz de su Hijo… Y que los demás nos digan lo que quieran, aunque se escandalicen por tanto Amor de Dios.

UNA LECCIÓN BIEN APRENDIDA

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Jeremías 18, 1-6; Sal 145, lb-2. 3-4. 5-6 ; san Juan 11, 19-27

Comprendo muy bien a las madres y las abuelas en verano. Después del curso, después de un año de trabajo, llegan las vacaciones y hay un afán grande, grandísimo, por descansar.
Los niños tienen que descansar de sus profesores y de los libros, los profesores tienen que descansar de los niños. Los subordinados tienen que descansar de sus jefes, los jefes tienen que descansar de los subordinados. Todo entra en una especie de necesidad por la vida plácida para que se pueda tomar el libro que se había ido dejando para tiempos mejores, para que se puedan cultivar los rosales que estaban un poco descuidados, para mirar con fruición la sierra que está preciosa con lo que ha llovido este año, y esto y lo otro y lo de más allá. Pero la casa no se hace sola, curiosamente hay que seguir poniendo la mesa y haciendo la comida y, como cada cual se relaja un poco (o un demasiado), el desorden tiene que ir entrando en el orden que alguien tiene que ir haciendo prevalecer. Se puede adivinar quiénes. Total, que las madres y las abuelas padecen, muchas veces, el veraneo del resto de la familia y, a veces también, los demás “gorronean” su placidez y su descanso a costa de las sufridas madres y abuelas que se lo siguen trabajando de lo lindo para que todo esté a punto y no domine el caos.
Marta era del gremio. Y salió, como todas las madres y abuelas llegado determinado momento, reivindicadora. Era ella la que se multiplicaba para que Jesús y sus acompañantes pudieran descansar, estar a gusto, tomar nuevas fuerzas y emprender otra vez, con nuevos bríos, la labor cotidiana, pero mientras tanto María a lo suyo, a escuchar a Jesús. No había derecho. Le damos toda la razón, por lo menos compartir un poco las obligaciones, división de funciones para poder llegar a todo y terminar antes y poder descansar también.
Pero he aquí que el Señor rompe el saque. El Señor siempre rompe el saque. Le dice que María ha escogido la mejor parte. Ya ves tú, María, que está allí escuchando y escurriendo el bulto…
No entra el Hijo de Dios en la dinámica de si María se estaba “escaqueando” de su obligación de servir o no, va más allá: como siempre hace, resuelve las cosas por elevación. Le hace ver a Marta que la cosa no está tanto en pensar en uno, en si llega o no a hacer lo que tiene que hacer, y pensar en los demás, para ver si trabajan o no, comparando si es más o menos de lo que uno trabaja, la cosa apunta en otra dirección: el quid de la cuestión no reside tanto en “hacer” sino en “ser”. La cuestión no es hacer las cosas que creemos que le agradan a Dios, cuantas más mejor, sino en amar a ese Dios que está en las cosas y detrás de las cosas. Dicho con otras palabras: la eficacia verdadera no reside en el movimiento, reside en el amor. Y el amor pasa por la contemplación. ¿Y qué es contemplar? Hacerse uno con la persona a la que se quiere.
Es una lección maravillosa de Jesús. Pero al cabo del tiempo muere Lázaro y Jesús vuelve a Betania. María se queda esta vez en casa, mientras Marta sale al encuentro de Jesús. Ahora su activismo es otro: le hace salir corriendo un amor que ha comprendido ya muchas cosas. “Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano”. Y Jesús le habla de cosas grandes, elevadas: la resurrección, y apela a algo igualmente grande, grandioso: su fe. Marta responde. Claro que cree, cómo no va a creer, si sabe (la contemplación la ha hecho ya reaccionar) quién es el que tiene delante: el Mesías. Es entonces cuando el Señor se vuelca con ella y con María, con las dos hermanas, porque saben amar, y Él no se deja ganar en esa generosidad. El amor de aquella familia por Jesús hace que el Señor, conmovido, resucite a un muerto, Lázaro.
Pídele a Nuestra Madre la Virgen que también tú, yo se lo pido para mí, seamos capaces de poner nuestra eficacia en un amor entregado, que sabe contemplar, y si tiene que moverse se mueve mucho y bien, pero no sin sentido sino con el empuje del que ama.

¡ESTÁS PARA COMERTE!

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Jeremías 15, 10. 16-21; Sal 58, 2-3. 4-5a. 10-11. 17. 18; san Mateo 13, 44-46

“Cuando encontraba palabras tuyas, las devoraba; tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón”. Estaba preparando este comentario de hoy, cuando alguien me advirtió acerca de estas palabras de Jeremías. Su observación era la siguiente: “Siempre he oído que la Palabra de Dios era alimento para el alma. Pero, de ahí a devorarla, me parece un tanto exagerado”. Así que tuve que cambiar el discurso.
Muchas veces he visto a mi madre “embobada” con sus nietos (he de deciros que tengo ocho sobrinos). Sobre todo cuando apenas tenían unos meses, cogiéndoles entre los brazos les decía: “¡Estás para comerte!”. Conociendo a mi madre, puedo aseguraros que tiene muy poco de antropófaga. Más bien, todo lo contrario. Dentro del contexto en que os narro esta anécdota, hay tal calado de ternura, que uno también queda presa de semejante espectáculo. La abuela con sus carantoñas, y la criatura correspondiendo con balbuceos y sonrisas, es digno de contemplar.
De esta manera también entiendo la relación con Dios en cada uno de nosotros… pero, al revés. Dios es misterio, pero tan íntimamente cercano a nosotros que se manifiesta a través de las cosas más cotidianas. Esa intimidad necesita ser tan extraordinariamente asequible que, incluso corporalmente, podamos “asimilarla”. Es Dios quien nos invita a devorarle. En el Antiguo Testamento, a pesar de lo que digan algunos sabios exegetas, Dios se mostraba verdaderamente próximo. Dentro de la gran pedagogía divina, es decir, al hilo de lo que suponía el hombre hace algunos miles años, los recursos empleados por Dios iban muy de la mano de la naturaleza: el fuego, el viento, el agua, la lluvia… Así, empezando por Abrahán, y terminado por el último de los profetas menores, todos tuvieron una experiencia inefable con Dios. Y eso, sin tener en cuenta la amistad de Moisés, por ejemplo, con Yahvé, al que veía cara a cara. No nos extraña, por tanto, los sentimientos del profeta Jeremías que, encontrándose con una verdad en la Palabra de Dios, tuviera esas ansias, hasta el punto de querer “comerla”.
“…lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo”. Pero no queda ahí la cosa. Llega el Hijo de Dios, y empieza a escandalizar a diestro y siniestro, porque les habla de la necesidad de comer su carne para alcanzar la vida eterna. Incluso llega a decir a sus discípulos que, si ellos no están convencidos de lo que les dice, pueden marcharse también. Llevo unos cuantos años de sacerdocio, y puedo aseguraros que cada vez que pronuncio, en el momento de la consagración, “Tomad y comed…”, siento un escalofrío al que no llego acostumbrarme. Me gustaría llorar, al modo de Jeremías, pero no de rabia, sino por lo que supone tener a un “ser vivo” (divinamente vivo) entre mis manos: a pesar de mis múltiples debilidades y pecados, Cristo sigue comprometiéndose, en cada Eucaristía, y se hace Cuerpo y Sangre… para que le comamos. ¿Puede alguien dar más?
No existen tesoros en el mundo que sean capaces de satisfacer lo que en cada Comunión recibimos. Mientras las riquezas, la fama y el poder son pasajeros, la eternidad se abre paso a “empujones” en nuestra alma en cada Hostia Sagrada que recibimos, y así calmar todas nuestras ansias y deseos… para siempre.
Pues sí. Me imagino a la Virgen estrechando a Jesús entre sus brazos y diciéndole: “¡Estás para comerte!”. Y si aún me apuráis (y que Dios me perdone por este atrevimiento de hijo, que mira “abobado” semejante escena), Cristo rememoraría tales palabras de su Madre al instituir el sacramento de la Eucaristía en la Última Cena. Hoy, cuando vayas a comulgar, díselo a Jesús: ¡Estás para comerte!

CUANDO HAY QUE TOMAR DECISIONES

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Jeremías 14, 17-22; Sal 78, 8. 9. 11 y 13 ; san Mateo 13, 36-43

“Mis ojos se deshacen en lágrimas, día y noche no cesan”. El don de lágrimas no es algo exclusivo de los santos, también los que somos “de a pie” tenemos el derecho a llorar. Ya hemos dicho en alguna ocasión que Jeremías eran un tanto llorón. Dios no se queja de esa debilidad humana, sino de que en ocasiones no terminemos de confiar plenamente en Él. El profeta llegará a denunciar al Pueblo de Israel su falta de fidelidad y lealtad ante las promesas de Dios, y acabará siendo mal visto por aquellos que sólo ponían el corazón en sus ambiciones… Jeremías no sólo soportó estoicamente las injurias, sino que le importaba poco todo aquello que no tuviera que ver con la voluntad de Dios.

También nosotros podemos caer en la tentación de buscar la aprobación ajena. ¿No te ha pasado a veces que viendo claramente lo que Dios te pedía, en un momento muy concreto de tu vida, te has dejado “seducir” por la opinión de otros?: “Aún eres demasiado joven”, “piensa la carga que puede suponer para tu familia”, “siempre tendrás tiempo para tomar esa decisión”… Todo son excusas para posponer u olvidar lo que Dios nos habla de una manera tan personal en el corazón, y las “sabias” razones de los demás nos parecen de lo más lógicas y coherentes. Pero, ¿es eso lo que realmente quiere Dios de ti? Ya sabes que cuando hablamos del corazón nos estamos refiriendo a lo más íntimo de uno mismo. También sabrás que hay un templo sagrado, denominado “conciencia”, al que sólo puedes acceder tú y Dios… nadie más.

“¿No eres, Señor, Dios nuestro, nuestra esperanza, porque tú lo hiciste todo?”. ¿Te parece poco todo este proyecto de Dios para ti? A veces vamos por la vida con las orejeras que nos calan hasta la barbilla, y somos torpes para ver lo que Dios es capaz de realizar por amor nuestro. No es que nos quedemos cortos, es que, “no tenemos ni idea”. Cuando uno se empeña en hacer las cosas a su manera, y se ha encontrado con dificultades o imposibles, suele echarle la culpa a Dios. Lo que ocurre es que hemos olvidado que Dios no arregla imposibles, nos hace ver que determinados problemas no existen. Los problemas los fabricamos nosotros (en el libro del Eclesiastés se dice: “Dios hizo al hombre sencillo, pero éste se complicó con razonamientos”), Dios, en cambio, nos da su gracia para que vayamos “a su paso”. Y una vez emprendido el camino junto a Él, descubrimos que no solamente va junto a nosotros, sino que, en la mayoría de las ocasiones, nos lleva en sus brazos. ¿Es difícil tomar decisiones? Todo lo que lleve la impronta de lo divino resulta “una gozada”.

“Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre”. Así se llamaban entre sí los primeros cristianos: justos. En medio de tantas persecuciones, no esperaban una recompensa del mundo. Habían tomado una decisión, y ese era su premio. Los que llevaron al suplicio a los que después fueron mártires, les embargaba una extraña sensación, mezcla de odio y admiración, por la actitud que mostraban los cristianos antes de morir: alegría por seguir a Cristo, y perdón hacia sus verdugos.
Entender esto en nuestros días puede parecer de locos, pero mayor “irracionalidad” es actuar contra la fuerza del amor Dios. Por mucho que algunos lo intenten se darán de bruces con su infinita misericordia… y aún quedarán perplejos.

La Virgen María también tomó una decisión que le llevó a unirse de una manera inefable al misterio de Dios. ¿Cómo sería la mirada de su Hijo desde la Cruz?… Él también te mira… y te quiere con locura. ¿No oyes a la Virgen que te dice: “¡Anda, haz lo que Él te diga!”.

PARA MAYOR GLORIA DE DIOS

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Jeremías 13, 1-11 ; Dt 32, 18-19. 20. 21 ; san Mateo 13, 31-35

Muchos de los que leen estos comentarios han escrito correos electrónicos pidiendo la identidad de los sacerdotes que los realizamos (incluso alguien ha llamando telefónicamente desde el otro lado del “charco”). La dirección que se facilita es la de blanca@planalfa.es. Pues bien, Blanca es la secretaria del Departamento de Internet del Arzobispado de Madrid. Ella ha estado desde los inicios de la web y, gracias a su eficacia, generosidad y discreción, nos ha sacado de más de un apuro, pues os puedo asegurar que el ritmo de trabajo del departamento es un tanto trepidante. Casada y con dos hijas guapísimas, se siente servidora de la Iglesia en tiempo, dedicación y esfuerzo.

Los mensajes que recibe Blanca son distribuidos a los dos sacerdotes que elaboran los comentarios (os avisamos que, de cara a este verano que ya comienza, tendremos un nuevo fichaje, así que seremos tres los sacerdotes). Tanto en el ánimo, los agradecimientos, las sugerencias o las críticas, todo es recibido como gracia de Dios. Algunos nos piden consejos, o dirección espiritual, pero para ello el Arzobispado de Madrid brinda un servicio de asesoramiento, que se sugirió desde la RIIAL (Red Informática de la Iglesia en América Latina). Son también dos sacerdotes los que realizan esta asistencia: D. Alfonso y D. Jesús. Son sus nombres reales, y los correos respectivos: asesor2@planalfa.es y asesor3@planalfa.es. Os puedo asegurar que la labor que realizan (escondida, oculta, y sin brillo aparente), es de los que más frutos se recogen.

Y, ¿qué ocurre con los que hacemos los comentarios? Decía San Ignacio de Loyola: “Ad maiorem Dei gloriam” (“Para mayor gloria de Dios”). Y os aseguramos que es lo único que nos motiva a desempeñar esta tarea. D. Fernando Rey, con sus cientos de comentarios elaborados años atrás, inauguró una etapa que, verdaderamente, resultó ímproba. Su estilo inició una manera de comentar los Evangelios, que también ha hecho huella en nosotros, sus continuadores. Los que ahora estamos “al pie del cañón”, nos preguntamos cómo podía D. Fernando hacer ese trabajo, y diariamente, él solo. Ya se ve que la gracia de Dios hace auténticos milagros. ¡Gracias, Fernando! (escribo esto porque sé que, al leer él estas líneas, le resultará una verdadera bofetada tanto halago… pero se lo merece. Seguro que cuando me vea me dirá en su lenguaje tan personal: “¡menos chorradas, y más rezar!).

“El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas”. Los que sembramos sabemos que el incremento viene exclusivamente de Dios… y cuando le parezca más oportuno. Así pues, no existe ninguna pretensión a la hora de ocultar nuestros nombres. Hoy seremos unos, mañana Dios dirá. Lo importante es que la Palabra de Dios resuene en todos los rincones de la tierra. Lo mismo que ocurre en la televisión, o en cualquier otro medio de comunicación, los que hacen que las cosas “salgan” están “detrás de las cámaras”: Blanca, Ángel Luis, Joaquín…. A todos ellos gracias por tanto “tostón”, y tantas horas “secuestradas” a sus familias.

Nuestra madre la Virgen también sonreirá desde el Cielo. Ella sabe lo que verdaderamente nos anima a continuar con este trabajo: la Gloria de Dios… Por cierto, hoy es mi cumpleaños, y os pido un Avemaría por mis intenciones. En ellas estáis también cada uno de vosotros… y, ¡basta ya de tanta milonga!

Hasta mañana.

¡QUÉ HERMOSA ES LA IGLESIA!

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Hechos de los apóstoles 4, 33; 5, 12. 27-33; 12, 2; Sal 66, 2-3. 5. 7-8 ; san Pablo a los Corintios 4, 7-15; san Mateo 20, 20-28

Estoy persuadido de que soplan vientos difíciles contra la Iglesia. Sólo hay que palpar el ambiente para darse cuenta de que “alguien” anda suelto (algunos lo llaman “príncipe” de este mundo)… y va a dar de verdad la lata. Hoy, sin ir más lejos, me encontraba en la calle, junto a la catedral de la Almudena de Madrid, conversando con un sacerdote cuando, de pronto, un joven que pasa junto a nosotros, en tono desafiante nos dice: “¡Somos más fuertes que vosotros, y os venceremos”! Esto lo dijo añadiendo su condición de homosexual. Si hay una institución que respeta la dignidad de la persona es, precisamente, la Iglesia.

Durante esta semana la Conferencia Episcopal Española ha publicado un documento donde recuerda el respeto que merecen los homosexuales. No hace otra cosa, sino recoger lo que ya publicó en su día el Catecismo de la Iglesia Católica en su número 2358: “Un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales profundamente radicadas. Esta inclinación, objetivamente desordenada, constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor, las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición”. Pasar de ese respeto debido a toda persona (estado, condición, sexo, raza….), al de equipar el matrimonio cristiano (“La sexualidad está ordenada al amor conyugal del hombre y de la mujer”) al de los homosexuales va un abismo. Dios nunca puede contradecirse a sí mismo, y menos cuando hablamos del orden natural de las cosas.

“Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor y hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo”. ¡Pues sí!, es necesario bastante valor para soportar “carros y carretas” y, además, con alegría y optimismo. El caso relatado anteriormente es simplemente una anécdota, la raíz del problema es más profunda y amarga. Sabemos que la Iglesia es santa porque está asistida por el Espíritu Santo, pero también los que la constituimos (hombres y mujeres del mundo entero), estamos hechos de una “pasta” no precisamente de diamante, sino quebradiza y escurridiza. Escandalizarse de algunos hechos que pueden acontecer en la Iglesia, ciertamente no es algo ajeno a nosotros, pero sí exige por nuestra parte una gran dosis de compasión (sea el caso que sea). Me gusta recordar la imagen que daba un hombre de Dios acerca de la Iglesia: “Es un gran hospital donde sólo son bienvenidos los enfermos… los sanos no interesan”. Se trata de las mismas palabras de Jesús: “No he venido a salvar a los justos, sino a los pecadores”.

“Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mi concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre”. ¿Por qué se desata tanto odio contra la Iglesia? En primer lugar, por aquel “príncipe” (arriba mencionado), que instiga contra la belleza de nuestra bendita madre la Iglesia. En segundo lugar, por aquellos que no pueden soportar que la Iglesia sea la única capaz de alcanzar el sosiego y la reconciliación a las almas. En tercer lugar… bueno, podríamos hablar también de un cuarto, un quinto, y así “ad infinitum”. Pero lo que verdaderamente nos importa es la invitación de Jesús a beber de su cáliz… lo demás, da igual.

Cuentan que San Francisco de Asís sufría mucho cuando eran delatados los estigmas de sus pies, manos y costado ante los demás. Intentaba ocultarlos, pero en ocasiones resultaba imposible. Cuando alguien le preguntaba qué manchas de sangre eran aquellas que llevaba en la túnica, respondía Francisco: “Pregunta qué es un ojo cuando no puedas mirar con él”. Mira a la Virgen cómo besa las llagas de su Hijo cuando le descienden de la Cruz. Esa misma ternura se nos exige a cada uno de nosotros cuando descubramos alguna “desnudez” que pueda escandalizarnos… y la Iglesia, con mayor motivo, será mucho más hermosa.

CUANDO SEAS BUENO HABLAREMOS

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Jeremías 7, 1-11 ; Sal 83, 3. 4. 5-6a y 8a. 11 ; san Mateo 13, 24-30

“Mirad: Vosotros os fiáis de palabras engañosas que no sirven de nada”. Hablaba ayer con un amigo que me confesaba su falta de fe. En un primer momento intenté persuadirle de que ese tipo de consideraciones se debían al cansancio y a la necesidad de unas buenas vacaciones. Él volvió a insistir, hasta el punto que empezaron a asomarse unas lágrimas en sus ojos, que me hablaban de lo sincero de su convencimiento. Intentando “escarbar” en las verdaderas motivaciones le insinué que, en ocasiones, nos dejamos engañar por las apariencias de determinaciones éxitos humanos hasta que llega la hora de la contradicción. Llegados a este punto, mi amigo se puso serio y me dijo: “¿Es que acaso me estás sugiriendo que hago las cosas por motivos egoístas?”.

Recuerdo a un sacerdote anciano, años atrás, que asegurándome de la inexistencia de recetas para ser santo, me dijo que, ante momentos de oscuridad de no ver claramente si Dios era el sentido auténtico de su ministerio, tenía un sabio remedio: “Pepe (se decía así mismo), cuando seas bueno hablaremos”… y las dudas se alejaban en ese preciso instante. Esto recordaba teniendo frente a mí a ese amigo con sus “grandes” problemas de fe. Echamos la culpa a Dios de lo que corresponde únicamente a nuestro comportamiento. Hacemos fuente de nuestras creencias lo que baratamente nos ofrecen: “Eres un tipo extraordinario… lástima que malgastes tu tiempo con tantos hijos”, “Tienes todo un futuro por delante… lástima que te ate tanto tu familia”, “Tu poder de convicción podría ser mucho más útil y provechosa si no estuvieras condicionado por tu moral cristiana”… Etc.

Todas estas palabras engañosas “embadurnan” nuestros pensamientos, y llegamos a actuar en contra del más elemental sentido común. ¿Cuál es el problema?: que en el interior de toda mentira anida un aspecto de la verdad… pero sólo un aspecto, no toda la verdad. Y lo que más nos duele es que, confesándonos pobres, miserables y faltos de fe, nos digan que somos unos soberbios. ¡Cuánta autocompasión nos reclamamos! ¿No recuerdas las palabras de Jesús al joven rico?: “¿Por qué me llamas bueno?… sólo Dios es bueno”. Si no logramos ver en Cristo al Hijo de Dios, simplemente nos quedaremos con el “ajuar”: las flores del campo, lo espectacular de sus milagros…

“Dejadlos crecer juntos hasta la siega”. Decidir en aquellas cosas que sólo le corresponden a Dios tiene muchos riesgos: “no tengo fe”, “que mal me tratan”, “no hay remedio”… Nos cuesta una enormidad dejar que el tiempo de Dios actúe en nosotros. Olvidamos que la santidad no es incompatible con nuestros defectos y pecados, y nos empeñamos en construir castillos en el aire. Dios cuenta con lo que eres, y de esa manera te quiere. ¡Por supuesto que es necesaria la lucha ascética! Pero no puedes cifrar el camino hacia Dios como una realización meramente personal. Escucha: Menos autocompasión, y más acudir al sacramento de la confesión, que es donde Dios abre los brazos de su amor para que te vuelques sin temor alguno. Ya vendrá el tiempo de la siega… Mientras tanto: a ti, ¿qué?

La Virgen siente un respeto reverencial por la hora de Dios. Ese entrar lo divino en la historia es un misterio que nos supera, y del que no podemos apropiarnos como si fuera una golosina. Y cuando te vengan dudas de fe, respóndete como aquel anciano sacerdote: “Cuando seas bueno hablaremos”.

LA CONCIENCIA, GARANTÍA DE LA LIBERTAD

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san Pablo a los Gálatas 2, 19-20; Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9. 10-11; san Juan 15, 1-8

Escuchaba el otro día en la radio una encuesta que planteaba un locutor sobre la credibilidad de los ciudadanos hacia sus respectivos partidos políticos. No se pedía una valoración en general, se preguntaba la opinión acerca de si las propuestas del ideario político les parecían o no veraces a los propios votantes. Lo curioso del resultado, fue que muy pocos apostaban por la credibilidad. Entonces, ¿en qué consiste el juego de la política?, ¿vale la pena gastar el tiempo, el dinero y el esfuerzo en vender imágenes de la “verdad”?

Siempre se ha dicho que la democracia es el menos malo de los sistemas políticos. El Santo Padre también lo ha señalado en más de una ocasión. Depositar la soberanía de una nación en el pueblo no es algo nuevo, ha sido una disquisición planteada a lo largo de muchos siglos. Considerar la equidad, la justicia y el bien común como derechos de toda persona, parece ser algo inalienable y propio de la naturaleza humana. El problema radica en el uso que damos a determinados instrumentos para el ejercicio de una justa distribución. Resulta evidente que un individuo nunca será idéntico a otro. Cada uno poseemos unas características y personalidad propias, que son también intransferibles. ¿Cómo respetar esas identidades peculiares, a la vez que se pueda velar por una auténtica actuación en pro del bien común?

“Para la Ley yo estoy muerto, porque la Ley me ha dado muerte; pero así vivo para Dios”. ¿Hace referencia san Pablo a la ley de los hombres, o a la de Dios? Si, posteriormente, nos habla de vivir de la fe en el Hijo de Dios, que le amó hasta entregarse por él, ya se ve que los “tiros” van en la línea de no tener como un absoluto la ley del mundo. Sin olvidar el respeto que se debe al poder establecido (también Jesús estableció ese “dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”), el apóstol de los gentiles siempre ejerció lo que en la modernidad se ha denominado “principio de subsidiariedad”. Es decir, todo gobernante ha de velar por la autonomía y libertad de sus ciudadanos, pues les corresponde a éstos el poner en práctica ese ejercicio del bien común.

No estamos hablando de otra cosa, sino de la libertad de cada conciencia. Este respeto exquisito por el interior de la persona, es la verdadera garantía de que se actúa buscando el auténtico bien. Escuchaba una homilía de un sacerdote hace unos días al hilo de las palabras del Señor: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Esta seguridad que poseemos los cristianos, decía el sacerdote, nos da una libertad de espíritu impresionante. Tenemos la obligación de respetar otras conciencias, pero eso no nos priva de algo esencial: vivir con la determinación de que seguimos a la Verdad, Cristo.

“Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mi no podéis hacer nada”. ¿Lo queremos más claro? Sin el Señor no podemos hacer nada… absolutamente nada. Este convencimiento no es fruto de ninguna ideología, ni de ningún tipo de falso triunfalismo. Recordarás que Cristo murió en la Cruz para alcanzar tu libertad. Para muchos hombres de hoy, eso no fue otra cosa sino el fracaso de una persona y una doctrina. Los que luchamos, día tras día (aunque, a veces, con barro hasta “las narices”), por vivir la fidelidad a ese Crucificado, sabemos que la mentira no produce ninguna satisfacción plena, y que para alcanzar la verdad hay que estar muy cerca de esa Cruz.

Una vez más, miramos a María, junto al pie de ese patíbulo, y le pedimos que nos haga verdaderos discípulos de su Hijo… y que ardan las conciencias con el fuego del Espíritu Santo.

EL AMOR DE NUESTRA ALMA

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Cantar de los cantares 3, 1-4a; Sal 62, 2. 3-4. 5-6. 8-9 ; san Juan 20, 1. 11-18

“¿Visteis al amor de mi alma?”. Cuando dos personas se aman el tiempo y el espacio resultan relativos. Pueden acortarse las horas cuando el amado está junto a la amada, y resultan excesivamente largas cuando viven separados el uno del otro. También un lugar puede resultar especialmente entrañable cuando los que se aman han vivido momentos intensos o, por el contrario, puede parecer extraño un sitio donde no se encuentra a quien se ama. Éste es también el lenguaje de Dios. El libro del Cantar de los Cantares nos cuenta una historia de amor que, al modo humano, refleja lo que supone la relación de dos seres que se aman y no pueden vivir el uno sin el otro. Cuando la amada pregunta por el amor de su alma, está hablándonos de la necesidad de cada uno de nosotros por encontrarnos con Dios, nuestro amor por excelencia.

Podemos “matar” el tiempo con todo tipo de distracciones y quehaceres “urgentes”, pero si Dios no tiene cabida en ellos, este activismo puede resultarnos, tarde o temprano, una agobiante losa, pues no reconoceremos lo que verdaderamente amamos. También podemos huir de un lugar a otro (física o moralmente), con el pretexto de que no nos encontramos a “nosotros mismos”, pero la soledad siempre nos seguirá, allá donde vayamos, si no nos dejamos acompañar por Dios.

“Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua”. Cuando, ante el altar, un hombre y una mujer se prometen amor para siempre, en la salud y en la enfermedad, para lo bueno y lo malo…, saben que más que un contrato, el matrimonio es la historia de dos almas que, contando con sus limitaciones y defectos, prolongan su amor por encima del tiempo y del espacio, para constituirse en el reflejo del amor de Dios por cada una de sus criaturas. El salmista nos habla de las continuas restricciones que supone nuestro acontecer diario: madrugar, tener sed, pasar hambre…, pero todas estas dificultades no son obstáculo para amar, sino acicates para que la esencia del amor se mantenga viva para siempre. ¡Con qué poco se conforman los que se aman, y cuánto reciben a cambio por su correspondencia y generosidad!

“Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?”. María Magdalena había perdido al amor de sus amores, el sentido de su vida y la razón de su existir. Nadie mejor que ella, que había experimentado en su propia carne el perdón y la misericordia de Dios, sabía el significado de la separación de aquel a quien amaba por encima de su propia vida. Jesús interroga a la Magdalena acerca de sus sollozos y, también a nosotros, nos pregunta el motivo de nuestras continuas búsquedas. Experimentar el amor de Dios, ¡de verdad!, es vivir el gozo de lo que uno jamás desea renunciar, a la vez que descubre en su interior la paz de quien ha encontrado lo que buscaba… definitivamente. Esto no es óbice para que las circunstancias, e incluso nosotros mismos, siembren de pequeños (o grandes) obstáculos esta trayectoria de amor. Lo importante es que el camino que recorramos lo hagamos junto Aquel a quien amamos, y que nunca nos abandonará. Incluso todas esas dificultades se transformarán en nuevas motivaciones para intensificar nuestra pertenencia a quien le debemos todo.

María es la esposa del Espíritu Santo. Su amor tuvo como fruto al Hijo de Dios. Aprendamos de ella a no desfallecer en medio de lo que nos duele o nos hace sufrir. Ella perseveró hasta el fin, porque vivió de una manera inaudita el amor de Dios en su corazón. La Virgen es Madre del Amor Hermoso, y esa misma belleza brilla en tu interior cada vez que le dices a Dios: “Encontré al amor de mi alma”.

EL SENTIDO DE LA RESPONSABILIDAD

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Jeremías 1, 1. 4-10; Sal 70, 1-2. 3-4a. 5-6ab. l5ab y 17 ; san Mateo 13, 1-9

“Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te consagré”. Hay pasajes del Antiguo Testamento que resultan entrañables. El respeto que siente Dios hacia todo lo creado nos demuestra que, verdaderamente, ha salido de sus manos. Si tuviéramos el mismo trato con aquello que depende de nuestras acciones, no nos dejaríamos llevar por tantas improvisaciones, ni quedarían las cosas a medias. Quizás hemos olvidado algo tan evidente como es el sentido de la responsabilidad. El acto creador de Dios es el acto responsable por excelencia. Y la creación del hombre, en concreto, lo más bello que Dios ha hecho en el universo. Si la belleza de Dios “se mide” por su simplicidad, y su consecuencia inmediata es que el ser humano ha sido creado a su imagen y semejanza, entonces nos da a entender cuál ha sido la pretensión divina: crear un ser que participe de su propia belleza y simplicidad. Pero lo simple aquí no es lo burdo o lo indiferente, sino aquello que está lejos de cualquier complejidad o superficialidad, es decir, lo más perfecto que cabe en la mente de Dios.

Estas consideraciones, que pueden parecer algo teológicas, nos deberían ayudar a entender en qué ciframos nuestro sentido de la responsabilidad. Si nuestra “medida” es la eficacia y lo útil, entonces no hemos comprendido el alcance de nuestro origen, ni de nuestro fin. Cuando nos viene la queja al modo del profeta Jeremías: “¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho”, entonces deberíamos de hacer lo mismo que el mensajero de Dios: ponernos en sus manos. Aquí es donde empieza el ejercicio de nuestra responsabilidad. Hemos sido creados por Dios para llevar a término su obra creadora. Sólo desde la sencillez y la falta de complicación podemos cooperar en esa ingente tarea. Sabernos queridos por Dios nos hace vivir en la seguridad de que no estamos huérfanos, y que nuestras acciones tienen un sentido, aunque en ocasiones vayan contracorriente, es decir, estén lejos de lo que el mundo pretende (la fama, el honor, la vanagloria, el triunfo…).

“Dios mío, me instruiste desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas”. Dejarse enseñar y formar no va en contra de nuestra libertad, sino que la afianza y la consolida. También esto es sentido de la responsabilidad. Educar a los hijos en la verdad, por ejemplo, es algo más que una obra de caridad (“enseñar al que no sabe”), es una grave responsabilidad. Medios los tenemos y los conocemos. Lo duro (aparentemente), es el esfuerzo que hay que poner en ello, y los sacrificios que conlleva, pero la satisfacción por el bien realizado supera en mucho a cualquier otra complacencia, porque lleva el sello de lo divino. Creer que nuestra misión es otra, puede resultar todo lo bohemia que se quiera, o incluso ilusionante, pero dejar a un lado lo que Dios pretende de nosotros es darle una bofetada a la verdadera felicidad. Los sueños son importantes, pero han de encarnarse en el sudor de nuestra frente, y en el día a día. Olvidar lo que Dios nos pide en cada momento, es dar la razón al sinsentido y a la contradicción.

“El que tenga oídos que oiga”. Cristo enseñaba mediante parábolas. Algunas de ellas las tenía que explicar, ya que muchos eran “duros de oído”. Nosotros las hemos escuchado o leído multitud de veces, y aún nos sorprenden. Ésta es la sabiduría de Dios, que su Palabra resulta siempre novedosa y atrayente. Entrar en la escuela del Evangelio es algo que deberíamos ejercitar de manera innata los que hemos sido bautizados en la Iglesia. No podemos dar por supuesto lo que de pequeños nos enseñaron o aprendimos, ya que es necesario rememorar en nuestra vida cotidiana cada una de las enseñanzas de Jesús, haciéndolas carne de nuestra carne, y espíritu de nuestro espíritu. También esto es una grave responsabilidad que no hemos de olvidar.

La Virgen María es la más sencilla y humilde de todas las criaturas. Por eso, su sabiduría es superior a la de cualquier criatura humana. Estoy seguro de que, cuando Dios tuvo en sus manos la primera criatura humana, pensó en la belleza de la Virgen… y se recreó en tu felicidad y en la mía.

diciembre 2017
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