san Marcos 16, 15-20; Sal 65, 1-3a. 4-5. 6-7a. 16 y 20; san Pedro 3, 115 18; san Juan 14, 15-21

A lo mejor ha habido una noticia que haga viejo este comentario, pero debo escribirlos unos días antes pues no estoy en Madrid. Si Dios quiere hoy estoy en Fátima y esta tarde celebraremos la Misa en la capilla de la Virgen. Venimos ochenta y un feligreses de la parroquia, pero en ese momento quiero pedir especialmente un milagro. Es un milagro egoísta, pues es para mí, pero no sólo me afecta a mí.
Quiero pedirle a la Virgen el milagro de la conversión, el ser capaz de “estar siempre pronto para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere; pero con mansedumbre, respeto y buena conciencia, para que en aquello mismo en que sois calumniados queden confundidos los que denigran vuestra conducta en Cristo.” Lo que pido para mí lo pediré para mis dieciocho mil feligreses y para cada lector de estos comentarios, pero dejarme ser egoísta y que lo pida primero para mí.
¿Por qué no me convierto? ¿Por qué pongo todavía reticencias a Dios en mi vida y me guardo mis cosas, mis asuntos, mis gustos y me aferro a mi “hombre viejo” con más razones que feligreses tengo?. Me aferro con angustia al mundo y “el mundo no puede recibirlo (al Espíritu de la verdad), porque no lo ve ni lo conoce.” Tal vez me guste ser ciego e ignorante. Tal vez te ocurra a ti lo mismo como nos decía el Papa en las últimas líneas de su primera homilía como Obispo de Roma. Tememos perder cosas cuando sólo podemos ganar la salvación, la alegría de Cristo, es decir la alegría del hombre.
“No os dejaré desamparados, volveré.” Esta frase tan rotunda de Cristo tiene que entrar en nuestro corazón y afianzarse hasta los cimientos de nuestro corazón. No sé lo que os pasará a vosotros, yo necesito que me lo recuerden cada día y necesito que lo grabe en mi vida nuestra madre la Virgen. Yo puedo darme cien mil razones para aguar mi vida de fe, pero cuando mire a los ojos a la Virgen se me caerán todas esas razones por los suelos. Puedo mentirme a mí mismo pero no puedo mentir a mi madre, a la que nunca se sintió desamparada pues sabía que su Hijo volvería, que estaba y está con nosotros. Podría pedir ese milagro hoy, ahora, según escribo. Tal vez sea mi pereza lo que me hace retrasarlo, hasta el momento de estar ante la imagen de la Virgen de Fátima, pero los humanos necesitamos nuestros momentos, nuestra historia personal. ¿Por qué a la Virgen de Fátima y no a la Virgen de Atocha, si es la misma? No lo sé.
¿Se ha cumplido el milagro? Tendrás que esperar para saberlo. Volvemos de Fátima el lunes por la noche (el comentario del lunes también es “en diferido”). ¿Lo sabrás el martes?. Creo que no lo sabré ni yo. Tal vez la Virgen me diga al corazón: “Lo sabes, vívelo día a día.” Y mañana lo viviré y pasado se me olvidará.
Después de tanto hablar de mí en este comentario, ¿qué tal si pensases que lo has escrito tú?. Tal vez no vayas a Fátima, pero seguro que tienes una imagen de la Virgen cerca, hasta allí puede ser tu peregrinación. ¿No querrías tu también pedir este milagro?. Vamos a hacerlo y tal vez pase como en tiempos de Felipe: “La ciudad se llenó de alegría.” Ni Dios Padre, Hijo ni Espíritu Santo, ni nuestra madre la Virgen nos defrauda.