Cualquiera que escuche por primera vez  este breve pasaje evangélico, teniendo ciertas nociones de la doctrina católica, puede llevarse las manos a la cabeza. “¿Jesús tenía hermanos?” La pregunta no es baladí porque la traducción del original en griego dice así: “tu madre y tus hermanos”. Pero ya sabemos por los especialistas en filología griega antigua que la palabra “adelfos” significa hermano de sangre, pero también puede designar un conjunto más amplio dentro de los círculos familiares, esto es, “primos hermanos”, “hermanastros”, etc. Por otra parte, esta interpretación filológica vendría apoyada por una tradición venerable en la que san José, podría haber sido viudo antes de estar casado con la Virgen y haber tenido hijos de un matrimonio anterior, con lo cual Jesús podría haber tenido “hermanos” por parte de padre terrenal. No podemos olvidar estos datos para la razón de nuestra fe.

Ahora bien, lo más importante en la escena es la enseñanza desconcertante de Jesús. Consiste en cómo da un salto de elevación en la comprensión de las relaciones de intimidad entre las personas. Mirándolo en amplitud, ¿cuáles son las personas en el mundo que puedo decir que son más importantes en mi vida?¿Cuáles son las personas que puedo considerar más próximas, más dignas de ser amadas y a las que me siento más unido? La respuesta”lógica” sería las personas que más quiero, y dentro de mi familia: madre, padre, los hermanos, el marido, los hijos, etc. Parece obvio. Pero Jesús amplifica esta lógica.

Los que le interrumpen,  le anuncian que las personas lógicamente más valoradas, queridas e importantes para él (su madre y sus hermanos) están allí y quieren verle. Y la respuesta habitual hubiera sido hacerles esperar, o dejar el discurso y atenderles inmediatamente. Pero Jesús hace otra cosa, aprovecha la circunstancia y pregunta a sus oyentes: “¿quiénes son mi madre y mis hermanos?”. Esta pregunta puede incluir estas tres: ” Desde Dios, ¿ el ser familia se reduce a los lazos establecidos por la genealogía? ¿con quién puedo estar realmente unido en este mundo? ¿en quién puedo poner mi total confianza?

En tiempos de Jesús también se podía hablar de “hermanos” además de como hijos de un mismo padre, también como miembros de un mismo clan y de una misma patria. Ahora Jesús habla de “hermanos” por la Palabra de Dios: “quien escucha la palabra de Dios y la pone por obra” -dice.  ¡Y así es! Ocurre cómo los que siguen a Cristo -palabra encarnada de Dios- y viven como él, cuando se encuentran, rápidamente se establece entre ellos una atmósfera de familiaridad que trasciende las diferencias sociales, culturales o personales. Y se pueden llegar a establecer lazos de amor tan fuertes y sólidos que permanecen en el tiempo con más relevancia que los propiamente familiares.  Es así, un nuevo sentirse “en familia”, hermanos en Cristo, sobrenatural y realmente.

Igualmente se da una experiencia muy dolorosa en los padres que no pueden compartir la fe con sus hijos o de los hermanos entre sus hermanos de sangre. Muchas veces por esta carencia de vivencia juntos de la fe, se pueden dar sentimientos de lejanía y división. Ahora bien, cuando puedes compartir totalmente tu fe con tus propios padres o hermanos, se produce un fenómeno milagroso: los sientes más íntimamente unidos a tí, más “padres” que nunca, más “hermanos” que nunca. Como un anticipo precioso de lo que puede ser la unidad del Cielo. ¿No es esta vuestra experiencia? La promesa de Cristo otra vez vuelve a cumplirse.